2 agosto, 2019

La casa del presidente

por Christian Mendoza

Podríamos decir que la casa como tipología goza de una amplia tradición en medios impresos. Aún cuando las publicaciones no estén especializadas en arquitectura, la vivienda privada ha funcionado como una variación del perfil periodístico. Las colecciones privadas de diseño así como de artes visuales hablan de la personalidad de sus habitantes, sin dejar de mencionar que las obras mismas son también credenciales del buen gusto de sus dueños, por tratarse, la mayoría de las veces, de edificios restaurados. Por ello, la fórmula “nos abrió las puertas de su casa” continúa siendo efectiva para las revistas. Por la propia naturaleza de los medios que tratan del lujo —y con ese matiz de que la arquitectura y el diseño escenifican al lujo tanto como la moda y la gastronomía— a la casa se le fotografía profesionalmente, y se le narra, por lo general, con bastante meticulosidad descriptiva. 

Podríamos también formular una hipótesis: esta forma de reportaje se extiende a personajes de la cultura y del poder, y de cierta manera deja a ambas partes en una posición simétrica. Un caso añejo: el 14 de octubre de 1894 se publica el número prospecto de El Mundo Semanario Ilustrado, mejor conocido como El Mundo Ilustrado, fundado por Rafael Reyes Spíndola, editor y empresario. Conviene apuntar algunas cuestiones sobre las publicaciones de Reyes Spíndola. Contrariamente a lo que sucedía con otras revistas con aspiraciones tan aristocráticas como El Mundo Ilustrado —como la Revista Moderna, financiada por Jesús E. Valenzuela—, que contaban únicamente con técnicas bastante rudimentarias de impresión, circunstancia que impedía que fueran de tirajes considerables, Reyes Spíndola pudo acceder a la imprenta rotativa, máquina importada por Porfirio Díaz y que fue unas de las muestras del subsidio de Díaz a Reyes Spíndola, quien fue probablemente el único que tuvo a su servicio esta tecnología. El Mundo Ilustrado es emblemático por su experimentación en el diseño —fue de las primeras publicaciones en imprimir imágenes a color— y por constituirse en constructor del gusto de la aristocracia porfiriana. En sus páginas hay anuncios sobre tiendas de ropa, reportajes sobre exposiciones universales, crítica de teatro y música y artículos de opinión sobre ciudad.

En ese primer número de 1894, dedicaron tres páginas a un artículo titulado “Cómo emplea el tiempo el general Díaz”. Si bien, el texto no identifica la procedencia o la manufactura del mobiliario o abunda en la colección de libros del general, —que, por otro lado, sí aparece en los grabados que ilustran el reportaje—, la sustancia de esta pieza es que posiciona a un cuerpo dentro de un espacio. Los desplazamientos, los tiempos de labor y los de ocio, todos se encuentran desarrollados en interiores o exteriores. “Recibe periódicos en su casa particular, o en Chapultepec en verano, y en Palacio. Comienza a revisarlos de sobremesa y muchas veces los anota con lápiz para llevarlos consigo.” “El General Díaz come poco y alimentos sanos: consomé, carnes asadas, algún platillo especial de su tierra, y legumbres. Después de la sobremesa, que siempre es corta, pasa a la sala de armas (cuyo grabado publicamos hoy) y allí se toma el café y se juega un rato al billar.” Se narran las audiencias de la gente en Palacio bajo un apartado subtitulado “Cómo recibe el presidente”: “Generalmente espera de pie, con la mano derecha apoyada en el sillón cercano, y no se mueve de su lugar hasta que contesta el saludo que se le dirige; otras veces, está sola la sala de recibir, y él llega un minuto después.” ¡Por el artículo nos enteramos también que Díaz se desplaza de su casa a Palacio en un coche-carruaje! ¡Un dictador en la calle! 

Sala de armas de la casa de Porfirio Díaz

 

Entonces, ¿las casas son desplantes de poder? Diría que probablemente lo narren. Las obras y los objetos que merezcan ser incluidas en alguna revista construyen una probable historia política que abarca tanto del gusto de las clases altas como los efectos que esos interiores tuvieron o han tenido en la sociedad. El reportaje dedicado a Díaz tal vez sea leído ahora como un registro único, aunque sesgado, de las rutinas y de los espacios transitados por un hombre definitivo para la historia de México. Pero en las casas sin duda se juega el escrutinio y el escarnio público. Probablemente, hoy en día definan una imagen de lo que debe ser digno —o digamos que austero— ante lo que podía apreciarse como un derroche excesivo, y por lo tanto un signo de corrupción. También hay que insistir que aquellas casas que son muestras de refinamiento por lo general pertenecen a la clase política o a la clase intelectual, un síntoma que tal vez no muestre tanto las aspiraciones en torno a la vivienda —sobre todo en tiempos en los que poder poseer a secas una vivienda es ya un logro— sino las formas de habitar de estos estratos sociales. 

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