22 diciembre, 2020

La casa como espacio productivo

por Rosalba González Loyde | @LaManchaGris_

 

En la literatura académica sobre la vivienda parece haber cierto conscenso sobre la función de esta, si bien esta terminología es diversa y abordada de manera multidisciplinaria, los puntos en común están vinculados a su función de resguardo, es decir, la capacidad para albergar a sus habitantes y protegerlos de la interperie y las inclemencias del clima, sin embargo, con el paso del tiempo se ha abonado a este debate, incluyendo variables que permitan dar una definición, si bien no más precisa, sí más rica sobre lo que es considerado vivienda y cómo participa en las dinámicas de los territorios, a través de elementos como su configuración, su características cualitativas y, por su puesto, su ubicación y relación con otros elementos.

En la historia de las ciudades, la vivienda ocupa un elemento central en su configuración, pues es esta la que provoca en esencia una de las características fundamentales de las ciudades: la concentración de personas. La vivienda representa la mayor parte del suelo de las ciudades, por tanto, el cómo pensamos su evolución, uso y aprovechamiento es el también, el cómo pensamos el funcionamiento de las urbes.

De acuerdo con Robert Braidwood, citado por Mumford (1961), la vivienda más primitiva de la que se tiene registro fue descubierta en Mesopotamia y se trataba de un agujero en el suelo que hacía de ‘recipiente’ para los humanos, no obstante, la casa siempre ha sido algo más que un lugar para cubrirse, era el espacio de reproducción de los valores, centro de ceremonias, el espacio de la producción y consumo de comida, entre otras cosas.

Las casas evolucionaron con la humanidad misma, su valor como bien estaba vinculado predominantemente a su valor de uso, pues la relación trabajo-hogar estaba intrínsecamente relacionada. De acuerdo con Mumford en las ciudades medievales, por ejemplo, no existía una separación entre lo doméstico y lo productivo, y la vivienda era el soporte de las actividades en ambos campos:

El taller era una familia; y otro tanto puede decirse respecto de las oficinas del mercader. Los miembros comían juntos a la misma mesa, trabajaban en los mismos cuartos, dormían en el mismo salón común, que se convertía por la noche en dormitorio, participaban de las oraciones familiares y de las mismas diversiones en común. (Mumford, 1961, pág. 203)

Entonces la vivienda era vista como un espacio para salvaguardarse de la interperie, pero también como un espacio donde se llevaban a cabo labores productivas (por supuesto, también reproductivas) y por tanto su valor radicaba en su capacidad no solo para albergar esta multiplicidad de actividades de todos los integrantes del hogar, sino por su capacidad de hacer estas actividades más eficientes. 

“Las casas actuaban como unidades económicas integradas” dicen Madden y Marcuse (2018), para exponer que las viviendas coloniales norteamericanas se configuraban con espacios para el trabajo de artesanos y de los habitantes que se dedicaban al trabajo doméstico, incluso para los esclavos.

En México, para las clases bajas de las periferias, las actividades productivas al interior de la vivienda se han convertido en un soporte para incrementar sus recursos. Si bien las actividades productivas al interior de la vivienda no son el ingreso principal de las familias, sí se convierten en una entrada relevante para su sustento. 

Los resultados de la EVUV [Encuesta sobre Valores Uso de la Vivienda] permiten afirmar que en 36.7% de las viviendas populares hay al menos una persona mayor de 12 años realizando actividades económicas en la vivienda. De manera similar resalta, si se considera a los miembros del hogar mayores de 12 años como unidad de análisis, que 1 de cada 2 individuos que realiza una actividad secundaria, lo hace en su vivienda. (Salazar & Sánchez, 2018, pág. 32)

En este sentido la vivienda cumple una doble función como resguardo y como espacio productivo, que permite a las clases bajas realizar actividades con fines económicos para aumentar sus ingresos. Cabe resaltar, el papel que cumple este escenario para las mujeres en los hogares, pues son estas las que buscan fuentes de ingresos extras que les permitan permanecer en su hogar y no desvincularse de sus labores reproductivas.

Por otro lado, aunque pareciera que las actividades productivas al interior del hogar estarían restringidas predominantemente a las clases bajas, también se han integrado a este modelo las clases medias. La tecnología ha provocado cambios profundos en la configuración de los espacios de trabajo y ha permitido movilizar actividades productivas parcial o completamente hacia el hogar. Esto ha sido agravado con la pandemia que ha forzado este proceso de teletrabajo a un sector importante de la sociedad. 

Lo anterior, sin duda ha traido consigo cambios interesantes como la flexibilización de los horarios laborales y la disminución del tiempo de movilización hacia los espacios de trabajo tradicionales, sin embargo, también ha contribuido a una difuminación del diferencial de los espacios de descanso y los espacios productivos, permitiendo que los trabajadores sujetos a estos esquemas flexibes sean susceptibles de trabajar incluso más tiempo que en el esquema tradicional (López, Pérez-Simon, Vázquez-Ubago, & Edwige Nagham-Ngwessitcheu, 2014). 

Los críticos del teletrabajo exponen también que este formato de producción se trata de una estrategia neoliberal para “trasladar sobre los asalariados, así com sobre los subcontratistas y otros prestadores de servicios, el peso de la incertidumbre del mercado” (Boltanski & Chiapello, 2002, pág. 300), es decir, el mantenimiento de la infraestuctura espacial y de capital humano recae sobre el trabajador.

[…] el teletrabajo puede suponer una variación de los tres tiempos que regían el día a día del ser humano: ocho horas de trabajo, ocho de ocio y ocho de descanso. Esta nueva organización del trabajo diluye las fronteras entre tiempo libre y tiempo laboral, al quebrantar también los límites del hogar y del trabajo, de la vida privada y de la pública. (Bustos, 2012)

La pandemia forzó a un sector de la sociedad a trasladar los espacios productivos al hogar, para algunos esto ha sido un gran impacto, la pregunta es ¿cómo equilibrar las actividades productivas, reproductivas y de descanso cuando estas se estan llevando a cabo en el mismo espacio? ¿Las viviendas deberán adaptarse para adecuar estas formas de habitar?


Referencias:

López, N., Pérez-Simon, C., Vázquez-Ubago, M., & Edwige Nagham-Ngwessitcheu, M. (2014). Teletrabajo, un enfoque desde la perspectiva de la salud laboral. Medicina y seguridad del trabajo, 60(236).

Boltanski, L., & Chiapello, È. (2002). El nuevo espíritu del capitalismo. Madrid: Akal.

Bustos, D. (2012). Sobre subjetividad y (tele)trabajo. Una revisión crítica. Revista de Estudios Sociales(44).

Maden, D., & Marcuse, P. (2018). En defensa de la vivienda. Madrid: Capitan Swing.

Mumford, L. (1961). The city in History. Houghton Mifflin Harcourt.

Salazar, C., & Sánchez, L. (2018). Valores de uso de la vivienda popular: Alternativas para la políticas de vivienda. Ciudad de México: Colegio de México.

ARTÍCULOS DEL MISMO AUTOR./

Publica

Lo global y lo local de la vivienda

Cuando hablamos de vivienda y de problemas habitacionales en áreas centrales de la ciudad o de ciudades turísticas, ya no nos enfrentamos a problemas únicamente de orden local, sino también global y esto, claramente, requiere de un abordaje distinto en materia de políticas públicas. 

Ver más
Publica

El mapa como discurso

Un dilema constante en los estudios urbanos está en la representación del espacio que tiene que ver, otra vez, con esquemas normativos con los que se constituyó la representación espacial como concepto y como objeto. Desde el punto de vista de varios autores, los mapas son discursos de representación y dominio o, al menos, así fue como surgieron y buena parte de su reproducción se ha dado en esta línea. 

Ver más