26 mayo, 2017

La biblioteca del futuro

por Pablo Emilio Aguilar Reyes | @pablochief

 

Lobby area at the Johnson Wax Building, headquarters of the S.C. Johnson and Son Co. The building and its furnishings were designed by Frank Lloyd Wright. YOU DID NOT ID, BUT I ASSUMED WAS MORE JOHNSON WAX

El futuro tiene un problema fundamental –¿ o tal vez virtud?–: no tiene cuerpo. Tiene mente, inclusive tiene alma, pero es imposible encarnarlo porque nunca llega. Cuatrocientos estudiantes de arquitectura de la UNAM participamos a lo largo del curso de este último semestre en un concurso llamado «La biblioteca del futuro». Consistía en proyectar una biblioteca para una dependencia de la misma institución. Uno de los requerimientos era que el diseño debía incluir alguna innovación y el argumento principal era que las bibliotecas deben evolucionar del mismo modo como lo ha hecho la tecnología. Se argumentaba que los préstamos digitales cada vez son más frecuentes y que la biblioteca debe actualizar su diseño para ir de acorde con el acelerado progreso tecnológico. Al plantear estos entrecruces discursivos, la problemática y el reto del concurso, se revela lo siguiente: ¿Cómo se podría resolver –desde la arquitectura– una biblioteca para el futuro sin que ésta se reduzca a una simple base de datos desde la cual descargar archivos digitales?

Aunque una «biblioteca del futuro» pueda ser una idea seductora, es algo que debetomarse con cautela. La arquitectura, desde luego, puede ser complementada con los subsecuentes avances tecnológicos, pero la tipología arquitectónica que representan las bibliotecas no necesariamente tiene que seguir el flujo de estos cambios al pie de la letra. En las disciplinas de las humanidades, el diálogo en torno a la lectura digital ha sido ya rumiado. Lo que aquí quiero expresar es que las llamadas bibliotecas “tradicionales” se mantienen hoy igual de vigentes: La lectura digital y la tradicional no compiten, pues los que acuden a las bibliotecas tienden a preferir la segunda.(1) A diferencia de un archivo digital –del futuro–, un libro físico sí tiene cuerpo: se puede tocar, subrayar, perder. Un texto impreso requiere ser tomado con las manos para leerse, uno digital es una imagen sobre una pantalla.

El medio es el mensaje –dijo Marshall McLuhan– y la lectura digital, en este caso, puede representar la predominancia del medio por encima del mensaje. La lectura digital va muy bien con las noticias, los tuits, algún PDF, columnas como ésta, que se leen moviendo el pulgar de abajo hacia arriba mientras el meñique sostiene el dispositivo electrónico. Los archivos digitales son fáciles de conseguir –cosa a celebrar–, pero una biblioteca siempre ha sido un lugar físico para medios impresos. La lectura digital representa una relación texto-lector por conexión, en la cual el texto debe estar codificado y tener de mediador a un dispositivo electrónico. Por el otro lado, el texto impreso representa una relación por conjunción(2), en la cual el único intermediario es la misma tinta de las letras sobe el papel, es decir, el medio es de nuevo el mensaje mismo. Otra de las grandes virtudes de la biblioteca tradicional es que no sólo es un lugar físico para el conocimiento significante y científico, sino que también lo puede ser para el conocimiento espontáneo y lúdico, cosa que se logra con libros y revistas sobre estantes que, a su vez, se leen en salas y mesas, elementos comunes en dichos edificios.

Éstas son las razones por las cuales las bibliotecas, a diferencia de los edificios de oficinas, los lugares comerciales y los de entretenimiento, no tienen por qué necesariamente proponer innovaciones en el sentido tecnológico. Lo realmente innovador sería asumir el carácter atemporal de las bibliotecas y ponderar la posibilidad de que lo tradicional, en este caso, cobre valor por encima de lo venidero. La tecnología y el medio digital desde luego puede apoyar el funcionamiento de las bibliotecas, pero pretender que trastoquen su esencia pone a éstas y a su arquitectura en jaque. Desde hace siglos, la biblioteca es el espacio dentro del cual las personas interactúan con las ideas por medio de los libros impresos. Hay cosas que mantienen su integridad en la medida en la que prescinden del cambio y la innovación. La biblioteca del presente es la misma del pasado, y puede ser uno de los lugares desde donde intentar darle cuerpo al futuro.


(1) Esta aseveración no es mía, me la comentaron en charlas los doctores en bibliotecología Micaela Chávez, Federico Hernández y Jesús Valdés. 

(2) Hablo de las relaciones por conjunción y por conexión como las trata Franco “Bifo” Berardi. F. Berardi, And: Phenomenology of the End, Aalto University publications, Helsinki, 2014. Pp.9-24

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