29 diciembre, 2018

La biblioteca de Aalto en Oregón

por Juan Manuel Heredia | @guk_camello

Alvar Aalto, biblioteca de la abadía de Mount Angel, 1963-70, anteproyecto.

 

El arquitecto finlandés Alvar Aalto realizó cuatro obras en el continente americano, las cuatro en Estados Unidos. La primera fue el ya desparecido pabellón finlandés de la Feria de Nueva York de 1939. La más famosa es sin duda Baker House, el dormitorio de estudiantes en MIT, diseñado en 1946. La menos conocida —que en realidad es un trabajo de interiorismo— es el salón de conferencias Kaufmann del Instituto Internacional de Educación (IIE) en Nueva York, de 1964. El cuarto y último de sus encargos en ese país fue la biblioteca del monasterio benedictino de Mount Angel en el estado de Oregón. Más conocido que el último proyecto, pero menos que los dos primeros, este edificio es una verdadera joya qué debido a lo relativamente remoto de su ubicación no ha sido suficientemente apreciada. Si bien Portland, la ciudad más cercana al lugar, es hoy en día una urbe de gran atractivo para arquitectos y planeadores, la ciudad no cuenta en realidad con un gran repertorio de edificios modernos de calidad y hay que trasladarse a Mount Angel para darse cuenta que una cosa es “hacer ciudad” con arquitectura eficiente y decorosa y otra hacer buena o gran arquitectura.

 

 

Alvar Aalto, biblioteca de la abadía de Mount Angel, 1963-70 (foto: Federico de Matteis)

 

Localizado a unos sesenta kilómetros al sur de Portland, el monasterio y el pueblo a él adyacente llevan ese nombre debido a que los monjes que lo fundaron decidieron bautizarlo en honor al monasterio de donde provenían: la abadía de Engelberg, en Suiza. Fundado en 1888 sobre una colina dominando el valle de la región, el nuevo monasterio contó desde sus inicios con una buena biblioteca pero alojada en construcciones improvisadas y muy vulnerables. Dos trágicos incendios ocurridos durante sus primeros cincuenta años de vida, y la adquisición —después de la segunda guerra mundial— de una invaluable colección de 15,000 volúmenes provenientes de Alemania (muchos de ellos del siglo XVI), provocaron que a finales de los años cincuenta se tomara la decisión de construir un edificio más seguro y adecuado para resguardarla. La historia de la construcción tiene algún parecido con los encargos a Le Corbusier para Ronchamp y La Tourette. Como en esas dos obras, religiosos ilustrados y de gran visión buscaron a un arquitecto moderno para diseñar edificios que rompieran con las convenciones y respondieran a los aires de renovación que venían imponiéndose dentro de la Iglesia Católica y que culminarían en el Concilio Vaticano Segundo. En cierta forma lo que el padre Marie-Alain Couturier fue para Le Corbusier, el padre Barnabas Reasoner fue para Aalto. Primer bibliotecario profesional del monasterio, Reasoner se dedicó a buscar perfiles de arquitectos idóneos para el proyecto considerando, además de a Aalto, a I.M. Pei y a Louis I. Kahn como posibles candidatos. Reasoner finalmente se decidió por Aalto dada su amplia experiencia y la calidad de sus bibliotecas. Una vez contando con el aval del abad, el bibliotecario se comunicó por escrito con el arquitecto en marzo de 1963 para ofrecerle el proyecto. A pesar de estar inundado de trabajo y de tener problemas de salud, Aalto recibió la oferta con agrado ya que las bibliotecas constituían según él uno de sus encargos favoritos. Habrá que recordar que Aalto proyectó al menos otras siete bibliotecas, varias de ellas clásicas, desde la pionera de Viipuri, a las de Reinajoki, Rovaniemi y Otaniemi, a las incluidas en los complejos de Säynätsalo, Wolfsburg y el Instituto de Pensiones de Helsinki, al proyecto para el poblado de Kokkola. La biblioteca de Mount Angel fue de hecho la última biblioteca proyectada por Aalto y según mi opinión una de las mejores y más influyentes (es cosa de ver el interior de la biblioteca Virgilio Barco de Rogelio Salmona en Bogotá, para apreciar su impacto en otras latitudes).

 

El diseño fue concebido y realizado en Helsinki, pero debido a que Aalto no contaba con una licencia profesional en Estados Unidos, el proyecto ejecutivo fue ajustado, dibujado y firmado en la oficina de Vernon de Mars, un arquitecto californiano colega suyo durante sus años en MIT. La realización de los planos y la construcción fueron supervisados por un joven estadounidense de origen finlandés, Erik Vartiainen, quien había sido alumno de De Mars en Berkeley y que al inicio del proyecto se encontraba en Helsinki trabajando al lado de Aalto. El proceso de diseño y construcción duró casi ocho años y fue un tanto complejo debido a la triangulación de información, las contantes correcciones de los monjes a los anteproyectos, la falta de capital para realizar el edificio, y las demoras en la oficina de Aalto que incluyeron las varias fechas pospuestas por el arquitecto para visitar el lugar.(1) Los primeros dibujos fueron enviados en 1964 y a lo largo de cuatro años el proyecto tuvo al menos cinco versiones. En abril de 1967 Aalto finalmente se personó en Mount Angel para aprobar el anteproyecto. Durante su visita Aalto quedó impresionado por la belleza del lugar calificándolo como un “acrópolis […] más bello de lo que había soñado” y en un momento de gran intuición hizo mover el edificio unos metros hacia el este para salvar unos pinos que estaban destinados a desaparecer tras la obra.(2) Reasoner aprovechó la visita del arquitecto para organizar una conferencia que darían Aalto y De Mars juntos, y a la cuál invitó, además de a las comunidades local y profesional, a posibles donadores con el objeto de entusiasmarlos para financiar la empresa. La conferencia dio el resultado esperado y en julio de 1967, una familia de industriales filántropos de Portland, los Vollum, donó un millón de dólares para iniciar la construcción cubriendo el 65% del costo. Concluido tres años más tarde, el edificio fue inaugurado a finales de mayo de 1970 mediante una fastuosa ceremonia que incluyó un concierto de Duke Ellington en el espacio central del edificio. Debido a cuestiones de trabajo Aalto no pudo asistir a la ceremonia, ni de hecho regresar jamás a los Estados Unidos, y murió seis años después sin haber visto su obra concluida.

Abadía de Mount Angel, 1963-70 (foto: Federico de Matteis). La biblioteca de Aalto se aprecia en el fondo, al centro de la imagen. 

 

La biblioteca se sitúa en el lado sur del cuadrángulo de edificios que constituyen el monasterio en el borde de una pendiente pronunciada del terreno. Procurando usar colores similares a los de los edificios, un tanto mediocres, que lo rodean, la biblioteca de Aalto llama la atención únicamente a los peregrinos -en su mayoría arquitectos- que hacen el viaje hasta ese rincón de Oregón. De otra manera el edificio es extremadamente discreto. A la distancia se percibe como un volumen horizontal de un sólo piso mostrando que muestra cierta deferencia hacia sus vecinos, especialmente la iglesia principal. Una vez divisado, sin embargo, el edificio involucra al visitante de una forma muy efectiva mediante una secuencia de espacios cuidadosamente estudiada y que va desde el pórtico de entrada, al vestíbulo principal, a la zona de circulación de libros, a la sala de lectura, a la zona de estantería. En esta secuencia el edificio desciende con el terreno y aumenta su altura, y en la parte posterior se muestra como una imponente estructura de tres niveles.

 

Alvar Aalto, biblioteca de la abadía de Mount Angel, 1963-70 (fotos: Federico de Matteis).

 

Para el proyecto Aalto echó mano de muchos de los recursos formales que venía desarrollando y madurando desde inicios de su carrera. Los más obvios fueron los lucernarios cónicos que aparecieron por primera vez en Viipuri, las celosías de piezas verticales de madera, los desniveles en las salas de lectura y acervo, y la inconfundible planta en abanico contorsionada al máximo. En corte, el edificio no obstante revela algunas de las particularidades del sitio y del programa. Aalto tuvo desde un inicio la idea de aprovechar el desnivel del terreno para crear una sala de lectura hundida y aterrazada que, iluminada por lucernarios, fuera el espacio central del edificio. De los cinco niveles de lectura propuestos, el proyecto final sin embargo sólo conservó dos (más un mezzanine) que aún así fueron suficientes para lograr el efecto de vacío imaginado por Aalto. A pesar de tener un presupuesto relativamente modesto, los monjes lograron incluir mobiliario diseñado por el arquitecto, lo que dio mayor cohesión al interior.

Alvar Aalto, biblioteca de la abadía de Mount Angel, 1963-70, cubículos abiertos.

 

A pesar de la belleza y dramatismo del espacio central, fueron precisamente los pequeños recintos de lectura, desde los escritorios colectivos a los individuales, a los cubículos reservados a los monjes, a los rincones aprovechados por el arquitecto para insertar algún sillón o mesa de estudio, los momentos mejor logrados del proyecto. Para Aalto, el acto de leer era el aspecto más importante a considerar en el diseño de una biblioteca por lo que siempre procuró dotarlo de luz indirecta a través de claristorios, lucernarios y muros y superficies reflejantes. Por esa razón muchas de sus bibliotecas, incluyendo la del monasterio, padecen de cierto hermetismo ofreciendo pocas vistas al exterior. Los monjes de hecho presionaron a Aalto para que la biblioteca gozara de las perspectivas a los viñedos y campos de cultivo que podían tenerse desde el lugar, a lo que el arquitecto alguna vez respondió de forma tajante: “estoy diseñando una biblioteca, no un lounge”. Las únicas concesiones que hizo a sus constantes peticiones fueron precisamente un lounge de grandes ventanales para la consulta de revistas y periódicos, los cubículos privados de los monjes (aunque con luz y vistas controladas por celosías), y unas pequeñas ventanas cuadradas entre los segmentos del abanico para enmarcar el paisaje y los volcanes.

 

Étienne-Louis Boullée, Proyecto para la Biblioteca Real de Francia, 1785.

 

Una de las tipologías arquitectónicas preferidas por la Ilustración, las bibliotecas han tenido una gran carga simbólica que muchas veces se manifiesta, mas allá de las iconografías o inscripciones en sus muros, en sus propias formas y espacios. El proyecto de Boulleé para la Biblioteca Real de Francia es quizá el arquetipo de las bibliotecas de la modernidad ilustrada. Desde Labrouste a McKim Mead and White, los grandes espacios de lectura de estos edificios contaban con amplias perforaciones cenitales o laterales que iluminaban, literal y metafóricamente, a una colectividad que ensanchaba sus horizontes gracias a lo asequible del libro impreso. La vanguardia de principios del siglo XX vino a trastocar -algunas veces de forma negativa- aquella magnanimidad espacial al enfocarse en la eficiencia y la función como aspectos más importantes a considerar que la luz paternalista del Estado. Fue quizás Aalto, más que ningún otro arquitecto, quien reencauzó aquella visión instrumental en una atención más concreta a los actos humanos que dan sentido a esas instituciones. Su arquitectura fue autocalificada y refrendada por muchos como una que pretendía darle un sentido más humanista a la abstracción tecnológica y universalista de la vanguardia. En sus bibliotecas esto se manifiesta en aquellos espacios en los que uno puede ver o imaginarse a alguien sentado frente a un libro recibiendo la luz rasante y tenue ideal para el estudio. Para Kahn, las situaciones humanas constituían la unidad mínima de sentido en la arquitectura. Eran la “forma,” “imagen interna” o esencia de un proyecto, a diferencia del “diseño”, considerado por él como algo circunstancial. Para el arquitecto estadounidense la forma era algo universal enraizado en una actividad arquetípica en la que todo edificio debe encontrar su razón de ser. No es casualidad que su biblioteca en la Academia Exeter, un proyecto contemporáneo a Mount Angel, consideraba al estudio y a la lectura como el origen y finalidad del proyecto.(3) Aquí una serie de cubículos localizados en la periferia del edificio representaban aquella situación irreducible que toda biblioteca debe alojar.

 

De izquierda a derecha y de arriba abajo, San Jerónimo representado por: Maestro del Parral, anónimo, Durero, Van Eyck, Antonello da Messina, Ghirlandaio, Antonio Da Fabriano II, Mathias Stom, Pieter Coecke van Aelst, Carpaccio, Van Steenwijk.

 

El arte renacentista y barroco nos dejó una serie de pinturas que resumen, en la figura San Jerónimo, ese acto básico del estudio y la lectura. Jerónimo fue de los padres latinos de la iglesia, traductor de la Biblia y, según cuenta la leyenda, domesticador de un león tras desenterrarle una espina de la pata. Desde antes del siglo XV este religioso fue representado por una gran variedad de artistas (Van Eyck, Durero, Van Steenwijk, Ghirlandaio, Carpaccio, Antonello de Messina, etcétera) como el prototipo del individuo estudioso. En esas pinturas el religioso aparece en su gabinete, casi siempre en solitario, en una posición de recogimiento o reflexión, rodeado de instrumentos e iconologías relativas al saber, así como el equipamiento instrumental y arquitectónico necesario para su actividad, y el infaltable león a su lado. Podría afirmarse que las bibliotecas de Kahn y de Aalto, recuperan esa discrecionalidad del acto, pero sin abandonar el gesto simbólico de la luz colectiva y cuasi-religiosa de la Ilustración. En la biblioteca de Exeter, la luz cenital y las grandes perforaciones circulares del atrio central hacen las veces de la bóveda y el lucernario de Boulleé, reservando para los cubículos del perímetro los momentos individuales para la elevación del intelecto. En Mount Angel aquella luz ilustrada es menos monumental que en Exeter pero igualmente efectiva en términos de su simbolismo. En este edificio una ranura curva permite que la luz entre al edificio e inmediatamente se refleje en una superficie abovedada para bañar el espacio colectivo de lectura y acervo. Si bien las áreas de estudio de la biblioteca de Aalto se encuentran más dispersas que en la de Kahn, los cubículos reservados a los monjes se localizan igualmente en los bordes del edificio. Aquí, los Jerónimos modernos de Mount Angel, absortos en el estudio, la lectura y la escritura, recrean uno de sus rituales cotidianos.

 

Izquierda: Louis I. Kahn, biblioteca de la academia Exeter, 1965-72, cubículos. (foto: Kathia Shie, https://www.flickr.com/photos/67768217@N00/222251748). Derecha: Alvar Aalto, biblioteca de la abadía de Mount Angel, 1963-70, cubículos privados.

 

 


1. Hasta la fecha la más completa investigación sobre el proyecto y el edificio es Jonathan Felix Gelber, “Alvar Aalto and the Mount Angel Abbey Library”, tesis de maestría, Reed College (1991).

2. Donald Canty, Aalto’s Lasting Masterwork: The Library at Mount Angel Abbey (St. Benedict: Mount Angel Abbey, 1992), p. 26.

3. Un minucioso análisis de los proyectos de bibliotecas de Kahn es Peter Kohane, “Louis I. Kahn and the Library: Genesis and Expression of “Form”, en VIA 10 (1990), pp. 99-131.

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