10 junio, 2016

La arquitectura necesita crítica, no teoría

por Joaquín Díez Canedo | @joaquindcn

En un texto publicado recientemente en este blog, Juan Manuel Heredia llama la atención sobre la falta de lo que él llama “teoría” en la disciplina arquitectónica. Su preocupación parece responder a una sensación de nostalgia ante esta situación, puesto que contrario a “antes” — un pasado atemporal, indefinido en la ambición del texto, — los arquitectos “ahora” ya no solo hacen, sino que además no saben lo que hacen. Para contrarrestar esto, argumenta Heredia, es importante volver a revisar el espíritu de los diez libros de Vitrubio, conocidos como De Architectura y publicados hace dos mil años, cuyo contenido apela a una serie de reglas lógicas que, de ser seguidas al pie de la letra, darán como resultado una arquitectura bella, sólida y útil. (Ojo, aquí no hablamos de la Biblia, aunque la conexión sea tan incómoda.) Con moderna religiosidad sugiere el autor que este camino, en donde la arquitectura es un ideal más místico que lógico, accesible para aquel hombre iluminado que tenga el temple para descubrirla, dará como resultado una disciplina autónoma y pulcra, que domine con sapiencia su arte.

Pero el autor no solo se queda ahí, sino que argumenta que el reciente boom de trabajos sobre arquitectura que escapan lo que la “arquitectura” es (este savoir faire sacro, grecolatino, lógico; arquitectura con a mayúscula) distrae a los arquitectos de los problemas inherentes a la disciplina, mismos que no explica con claridad. (¿Tendríamos que preocuparnos solo con la forma, o la función, o la belleza?) Al contrario, dice, “las incursiones en territorios epistemológicos ajenos [como discursos de género, poscoloniales, posestructuralistas] pueden hacer creer a las arquitectos que son expertos en ellos cuando a lo más que pueden aspirar es a tener un conocimiento general (mediocre) de los mismos.” Así, pues, en un mundo en donde cada vez hay más interés en trabajos multidisciplinares que rompan las fronteras del conocimiento ilustrado y occidental, lo que la arquitectura debe hacer, según Heredia, es encerrarse en sí misma, para que no se desorienten los arquitectos. ¿Desorienten de qué?, pregunto.

Ahora, mientras no negaré que concuerdo con Heredia en que en la disciplina se discute poco, y que al contrario, se privilegia al espectáculo — la forma— sobre un entendimiento más profundo de las condiciones y posteriores efectos de su producción; me parece que es importante recordar que la historiografía viturviana que propone el autor reduce a la arquitectura a conceptos que la alejan de su rol en el mundo, puesto que responsabiliza de su creación al arquitecto como ente abstracto y universal, como algo trascendente en sí mismo, ajena y por encima de todo. Para subrayar lo absurdo de la postura, diré que esto podría ser válido si el arquitecto trabajara solo, con el único propósito de producir arquitectura en su forma pura. Así, cabe la pregunta ¿qué forma tendría la “arquitectura pura”? ¿Un templo griego, una pirámide maya, una casa corbusiana?

Como esto no es cierto, pues siempre existe un cliente, un territorio a intervenir, una intención de uso, y, sobre todo, gente que terminará usando lo que se construya, la respuesta tal vez no esté en esa historiografía monográfica, sino en una más compleja. Michael Hays dice que la arquitectura no es nada más que otra rama de la representación cultural. Es decir que, por más que cueste aceptarlo, la arquitectura es “un tipo específico de producción social y simbólica, cuya primera tarea, más que la fabricación de cosas, es la construcción de conceptos y posiciones subjetivas.”1 Si tomamos esto por válido, entonces es claro que el rol de los arquitectos es solo una pequeña parte dentro de la generación del significado de la arquitectura. Así, pues, un análisis honesto del quehacer arquitectónico, que además se comprometa con el acelerado entorno contemporáneo, necesariamente revela la compleja serie de relaciones sociales y condiciones materiales que la arquitectura, esa forma abstracta, necesariamente representa.

No, lo que se necesita en arquitectura no es pensar en teoría en abstracto sino en su capacidad de ser crítica y de cuestionar y problematizar el canon y sus formas; pensar en la arquitectura como un terreno de mediación política y conflicto; una disciplina que se encuentra en tensión entre lo que quisiera ser y lo que es. Para lograr esto, por supuesto, tendríamos que romper la barrera que Vitrubio construyó celosamente alrededor de esta disciplina, para así tender puentes hacia otras que nutran la discusión. Esto no significa dejar a la arquitectura detrás, porque es cierto que ésta tiene un lugar. Como dice Dejan Sudjic “puede ser que la arquitectura se encuentre a la orilla de la conversación sobre ciudades, pero tiene una manera de proveer el lenguaje en el cual se conduce.”2 Sin embargo, esto no la exime del hecho de que la arquitectura no es en ningún momento un fin en sí misma, como plantea Heredia. Por esto, es labor de los arquitectos abrir la disciplina hacia otras ramas epistemológicas desde una trinchera crítica, y también de permitir que éstas influyan en la nuestra. No perdemos nada fuera de un romanticismo canónico y, al contrario, con la pluralidad ganamos mucho más.


1 Hays, Michael; Architecture’s Desire. The MIT Press: Cambridge, Massachussetts. 2010
2 Sudjic, Dejan; The Architecture of the Endless City; en Living in the Endless City, (Ricky Burdett y Deyan Sudjic eds.), Phiadon, Londres, 2011.

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