3 junio, 2016

La arquitectura es su propia teoría

por Juan Manuel Heredia | @guk_camello

 

Captura de pantalla 2016-06-03 a las 17.42.56Fragmento del manuscrito de De Architectura de Vitruvio, Biblioteca Medicea Laurenziana, Plut. 30.10, fol. 1r.

La arquitectura es su propia teoría.[1] Cuando Vitruvio dedica sus diez “libros” al emperador Augusto lo que hace no es presentarle una “teoría de la arquitectura” como generalmente se entiende el término. No, lo que hace es presentarle la arquitectura misma, es decir su “cuerpo”, el corpus de conocimientos que constituye la disciplina del arquitecto: su ciencia.[2] La arquitectura no son los edificios. Estos (no todos por supuesto) son producto de esa disciplina y adquieren el estatus de “arquitectura” solo por extensión. Antes que cualquier edificio o conjunto de ellos, la arquitectura es un “hacer” y como todo hacer es también un “saber hacer”. Estos dos aspectos fueron expuestos por Vitruvio al inicio de su texto bajo la famosa fórmula Fabrica et Ratiocinatio, e inmediatamente refrendados –para deleite de los nostálgicos de la semiótica- como un asunto de “significante y significado”, es decir la cosa misma y aquello que la explica. Esta dicotomía corresponde a la serie de categorías filosóficas griegas que trataban de explicar tanto los distintos “géneros” o estilos de vida (bios politikos, bios apollastikos, bios thoretikos, etcétera) como sus distintas dimensiones o facetas, ilustradas mediante oposiciones como poiesis/techné, praxis/poiesis, praxis/theoria, etcétera.[3] De gran sutileza y complejidad estas correlaciones se han transformado y en gran medida distorsionado a lo largo de los siglos y hoy en día aparecen bajo la más simple y antagónica fórmula práctica vs. teoría.[4]

En la actualidad y por distintas razones la arquitectura tiende a identificarse con su sola dimensión práctica, mientras que su dimensión teórica se relega a un segundo plano y se considera como algo no tan crucial para la disciplina. Desde sus inicios como concepto, sin embargo, la arquitectura siempre englobó ambos términos y de hecho puede decirse que fue más theoria que praxis. Aunque algo arbitraria la traducción “hacer y saber hacer” deja las cosas suficientemente claras ya que sugiere que toda acción u operación humana implica una cierta reflexión mental ya sea retrospectiva o anticipativa, de lo contrario se trataría de un mero movimiento reflejo o intuición animal. Aquellas y aquellos –profesionales e inclusive docentes- que hoy en día reniegan de la “teoría” (por no decir de la crítica) arquitectónica bajo la típica declaración “yo no soy teórica(o)” lo que hacen es simplemente declarar que solo “hacen” pero que en el fondo no saben lo que hacen.[5]

Es significativo que los “diez libros” de Vitruvio no comiencen con una definición de arquitectura (“la arquitectura es”) sino con la descripción de la “ciencia del arquitecto” (architecti scientia). Se sobreentiende que este concepto de ciencia no corresponde al modelo de las ciencias naturales (que como bien decía Ortega sería mejor llamar “naturalidades” en reciprocidad a las llamadas ciencias humanas o “humanidades”) sino en el sentido de una episteme o conocimiento metódico o sistemático. Los arquitectos son anteriores a la arquitectura. En efecto antes de que este último término apareciera en el léxico cotidiano el término arquitecto ya llevaba varios siglos de existencia. Al parecer su mención más temprana se encuentra en las Historias de Herodoto (440 AC) quien al hablar de los famosos constructores de la isla de Samos -Eupalinos, Reco y Mandrocles- otorga a cada uno de ellos el título architekton.[6] Como es bien sabido la palabra arquitecto deriva de arché (principio) y tekton (constructor o carpintero) y significa algo así como director, supervisor o maestro de obras. Un siglo más tarde Teofrasto transforma el sustantivo en verbo y al referirse a una casa correctamente concebida y ejecutada emplea el término “bien arquitectonizada” (eu architektonisthai).[7] La palabra arquitectura por su lado no es de origen griego sino romano (aunque sus raíces son obviamente griegas) y aparece por primera vez en el año 44 AC. Se trata de un neologismo acuñado por Cicerón ante la necesidad de otorgar un nombre propio al arte que los arquitectos venían lentamente perfeccionando. En efecto en su De Officis (“De oficios”, un libro precisamente dedicado a los “géneros de vida”) el filósofo y político romano introduce el término al hablar de los oficios que considera respetables y los no tanto. Luego de reprobar por “vulgares” las ocupaciones de cobradores de impuestos, usureros, pequeños comerciantes (y de una forma que resultaría más insultante hoy en día), artesanos, carniceros, cocineros, pescadores, actores, bailarines, etcétera, Cicerón afirma:

… pero aquellas artes que suponen mayores talentos y que producen también bastantes utilidades como la arquitectura [architectura], la medicina [medicina] y la enseñanza [doctrina], son de honor y dan estimación a aquellos a quienes les corresponden.[8]

La propuesta de Cicerón de valorar estas tres artes corresponde al deseo de la época (y de Cicerón mismo) de ampliar el número de “artes liberales” (originalmente las siete del trívium –gramática, lógica y retórica- y el quadrivium –aritmética, geometría, astronomía y música) a nueve o diez (este último un número perfecto) mediante la inclusión de disciplinas consideradas menores pero que ayudarían a las élites de la República a conformar un ideal de educación completa o “integral” (enkyklios paideia).[9] Tan solo dos décadas después Vitruvio tomaría en serio el llamado de Cicerón y se abocaría a formalizar por escrito los principios de esa disciplina llamada arquitectura, organizando su obra precisamente en diez libros y afirmando que el arquitecto debe conocer diez disciplinas además de la suya, todas englobadas bajo el término encyclios disciplina. Por supuesto que de lo que estamos hablando es de cierta idea de arquitectura originada en un contexto histórico específico. Bajo una perspectiva más incluyente debería afirmarse que la arquitectura es anterior a su formalización discursiva, y que sus definiciones y principios han variado y variarán dependiendo de la época y el lugar.[10] Con todo, el momento inaugural al que nos referimos –su explicitación vitruviana- se proyecta sobre todas las definiciones y articulaciones posteriores -e inclusive “anteriores”-, además de que -lo queramos o no- lo hace también sobre disciplinas equivalentes en muchas otras culturas. La forma y el grado de pertinencia actual de los principios vitruvianos es una tarea hermenéutica de gran importancia pero solo ocasionalmente asumida con la debida perspicacia y profundidad.[11]

La gran diversidad y boom de trabajos teóricos sobre arquitectura que existe en la actualidad, su no-conformidad a protocolos clásicos, y su creciente identificación con discursos extra-disciplinares (de género, post-estructuralistas, paramétricos, post-coloniales, etcétera) es algo muy enriquecedor aunque no pocas veces desorientador. Esta pluralidad tiene sus orígenes de hecho en la encyclios disciplina vitruviana, la primera y mejor formulación de la “hospitalidad” que la arquitectura muestra –o debería mostrar- hacia otras disciplinas.[12] El problema, sin embargo -y como bien lo advirtió Vitruvio- reside en el hecho de que las incursiones en territorios epistemológicos ajenos pueden hacer creer a las arquitectos que son expertos en ellos cuando a lo más que pueden aspirar es a tener un conocimiento general (“mediocre”) de los mismos.[13] En efecto, dicha advertencia concluye su exposición de la necesidad de que los arquitectos tengan una educación liberal integral; una vez dicho esto Vitruvio se aboca de lleno a definir los principios de la arquitectura, afirmando así la preeminencia de la figura del arquitecto y la autonomía de su disciplina. En este sentido quizá la mejor definición de arquitectura con la que me he topado haya sido la de Max Cetto en su libro sobre arquitectura moderna en México. Luego de amagar a sus lectores (presumiblemente los arquitectos del país) citando la definición del arquitecto de León Battista Alberti con el objeto de recordarles la necesidad de la autorreflexión crítica, Cetto los reconforta diciendo: “Pierdan cuidado: no intento aburrirlos con teorías abstractas, tanto más que yo mismo defino la arquitectura como lo creado por los arquitectos”. [14]


 

[1] El título de este ensayo se inspira en el del texto de David Leatherbarrow, “Architecture is its own Discipline”, en The Discipline of Architecture, Andrzej Piotrowski and Julia Williams Robinson editores (Minneapolis: University of Minnesota Press, 2000), 83-102.

[2] Indra Kagis McEwan, Vitruvius; Writing the Body of Architecture (Cambridge, Mass: MIT Press, 2003).

[3] Nicholas Lobkowickz, Theory and Practice: the History of a Concept from Aristotle to Marx (Notre Dame: Notre Dame University Press, 1967).

[4] Una breve pero iluminadora discusión de estos temas y transformaciones la hace Alejandro Hernández, Sombrillas, Sombreros, Sombras (Puebla: Profética, Conaculta, INBA, 2013), 11-26.

[5] A principios de los noventa aparecieron en medios populares una serie de ensayos muy valiosos de Carlos Ríos Garza abordando desde su propia perspectiva estos problemas, uno de ellos “Arquitectura ¿sin teoría?”, Excélsior (5 de Julio de 1990).

[6] Spiro Kostof, “The Practice of Architecture in the Ancient World: Egypt and Greece”, en The Architect, Spiro Kostof editor (Nueva York: Oxford University Press, 1986), 21-21.

[7] J. J. Coulton, Ancient Greek Architects at Work: Problems of Structure and Design (Ithaca, NY: Cornell Uiversity Press, 1977), 18.

[8] Cicerón, De Officis, 1.42.

[9] Frank Brown, “Vitruvius and the Liberal Art of Architecture” en Bucknell Review 2 (1963), 99-107.

[10] Stephen Parcell, Four Historical Definitions of Architecture (Montreal: McGill-Queens University Press, 2012).

[11] Ver especialmente David Leatherbarrow, The Roots of Architectural Invention (Cambridge: Cambridge University Press, 1993).

[12] La “hospitalidad de la arquitectura” fue el tema de la intervención de Mark Wigley en la conferencia «Discipline Building: A Short History of the Ph.D. in Architecture» llevada a cabo en la Universidad de Princeton en Abril de 2004. La conferencia trataba de discutir el estado, no solo de los estudios doctorales de arquitectura en los Estados Unidos, sino de la idea de teoría que se ha venido imponiendo en muchas partes del mundo gracias a instituciones como esa misma universidad. Una inmodesta visión retrospectiva de dicha idea de teoría la da el propio Wigley en “Flash Theory” en 2000+ The Urgencies of Architectural Theory, James Graham editor (Nueva York: GSAPP Books, 2015) 284-281.

[13] Vitruvio, De Architectura, 1.1.12-18.

[14] Max L. Cetto, Modern Architecture in Mexico (Nueva York: Frederick Praeger, 1961), 10.

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