8 julio, 2021

La arquitectura del Reyna

por Honorato Fernando Carrasco Mahr

Carlos Ortega Viramontes, Clínica del Seguro Social

 

Primera época, 1955–1970: los orígenes

El Taller Jorge González Reyna es uno de los talleres con mayor antigüedad y tradición entre los 16 talleres que hoy conforman la diversa Facultad de Arquitectura de la UNAM; sus orígenes se remontan al inicio de las labores educativas en la nueva sede de Ciudad Universitaria en el año de 1954, en donde se concibieron ocho “Edificios Taller”, cada uno asociado a los procesos de enseñanza-aprendizaje de la materia de Taller de Composición. En ese momento y bajo la directriz de Jorge González Reyna surge el Taller de Composición “2”, que poco tiempo después tomaría Carlos Ortega tras asumir el primero el cargo de Director de la Escuela Nacional de Arquitectura (ENA) en 1961. Desde entonces, el grupo de profesores que conforma esta entidad académica ha gestado una verdadera “escuela” de arquitectura con tendencias filosóficas y profesionales claramente identificadas en dos grandes ramas —una de corte racionalista y otra más humanista— y que han evolucionado con el tiempo, transitando por distintas tendencias y a través de la incorporación de nuevos integrantes que llegan con ideas innovadoras, que van sumándose a la genética intelectual de sus antecesores. Es intención de este escrito, el analizar las líneas discursivas y las visiones compartidas de los arquitectos que por generaciones han conformado esta entidad encargada de la enseñanza de la arquitectura en nuestro País.

 

 

El Funcionalismo y la Arquitectura internacional

Al arribar a Ciudad Universitaria, la ENA vivía cambios importantes y simbólicos que significaron salir del antiguo edificio de la Academia de San Carlos —incluida toda su carga formativa insertada en los principios del “academicismo”— y transitar a una nueva y moderna sede, en donde también se actualizó la visión pedagógica y educativa siguiendo los principios del modernismo y la naciente arquitectura internacional, junto con los principios del funcionalismo impulsado por las teorías de José Villagrán García. La primer generación de profesores del Taller se dedicó a transmitir a su alumnado estos principios y aplicarlos a su vez en su propia obra construida, la cual se distinguía por el orden compositivo y funcional con las que se ejecutaban, de la mano de una plástica austera y rigurosa; destacan ejemplos como los laboratorios que diseñaron Jorge González Reyna en sociedad con Jorge Gómez del Valle, así como las clínicas y hospitales de Gutiérrez Camarena, Carlos Ortega y Raúl Kobeh.

Otros notables ejemplos inscritos en el llamado modernismo internacional que dominaba el quehacer de este grupo de maestros son las Torres de la Facultad de Ciencias en C.U, y algunos años después, el Conjunto Aristos —de Eugenio Peshard y José Luis Benlliure, respectivamente—, con elegantes y sobrias soluciones modulares que reflejan la influencia de arquitectos como Mies Van Der Rohe y Walter Gropius, mientras que de México seguían de cerca las ideas de Pani, y de Del Moral.

 

Germán Herrasti, edificio Porfirio Díaz 100

 

La Arquitectura emocional y el Geometrismo estructural

Con el paso del tiempo, la planta de profesores se fue enriqueciendo con nuevos integrantes, algunos de ellos extranjeros exiliados que encontraron en nuestro País un refugio para su creatividad y que abrieron nuevos horizontes en la forma de ver y hacer la arquitectura; en tal sentido, las ideas de Max Cetto y Matías Goeritz sembraron los inicios de una corriente diferente, centrada en el habitador, sus emociones y el respeto a la naturaleza y que se identificaban más con los principios de la arquitectura orgánica de O’Gorman y los valores barraganianos heredados de Ferdinand Bac. A ellos se sumaron algunos profesores como Pedro Medina y René Capdevielle, quienes defendían una arquitectura más “nacionalista” con influencias hispánicas y mozárabes expresadas en el uso de patios, jardines, grandes muros contrastantes con vanos contundentes y un expresivo manejo de la luz. Esas búsquedas fueron permeando al resto de profesores, en combinación con una convivencia cultural llena de acuarela, tauromaquia y música, que le confirieron al Taller una fama y perfil bohemio durante años, en los que fue conocido como el Taller “E”.

Otro extranjero que tuvo una fuerte influencia en el Taller y en la arquitectura mexicana de aquel tiempo, fue Félix Candela, quién innovó la espacialidad y la forma de construir a través del entendimiento de la geometría estructural y la eficiencia en la transmisión de cargas por forma; sus construcciones -como la Iglesia de la Medalla Milagrosa-, basadas en el uso de cascarones ligeros de doble curvatura sorprendieron al mundo y dieron pauta para un diseño con visión sistémica, donde espacialidad, forma y estructura se funden en una solución integral. Siguiendo tales principios, pero bajo otros sistemas estructurales, sobresalen la arquitectura de losas plegadas concéntricas que uso exitosamente Honorato Carrasco Navarrete en iglesias como la Capilla del Seminario Menor en Tlalpan o bien, Alejandro Shoenhofer quién trabajaría junto con Benlliure, Ramírez Vázquez y Chávez de la Mora, en la cubierta colgante de la nueva Basílica de Guadalupe en el Tepeyac.

Con el término de la década de los 60’s, el mundo y México se vieron inmersos en cambios socio-políticos muy intensos que anunciaban una fuerte crisis en torno a los sistemas establecidos; en el caso de la Escuela Nacional de Arquitectura, esto llevó a una discusión sobre las posturas de lo que debía ser la arquitectura y sus procesos de enseñanza, lo que finalizó en una división interna con la creación del Autogobierno y la aplicación de dos planes de estudio totalmente diferentes entre sí; el entonces llamado Taller “E” permaneció en el grupo llamado “Talleres de la Dirección” bajo una formación más conservadora y contraria al autogobierno.

 

Segunda época, 1970–1985: la consolidación

En el Taller “E”, la formación se complementaba con otros saberes como la teoría y la historia, lo que permitía construir una base sólida de conocimientos respecto de los principios estilísticos a lo largo del tiempo y ampliaban la cultura artística del alumnado; son recordadas las clases de María Luisa Mendiola con su desparpajado estilo al narrar sus diapositivas, así como las notables cátedras con impecables croquis de Ricardo Arancón, a los que se sumarían años más tarde Gabriel Mérigo y Alejandro Villalobos. También se impulsaba el dominio de otras habilidades como el dibujo, la pintura y la fotografía —algunos maestros como Capdevielle Licastro, Benlliure y Pedro Medina eran extraordinarios dibujantes—; el gusto por la formación artística y cultural impregnada en las clases, conllevó a que varios estudiantes optaran por la pintura como su labor primordial y ejemplos como Pablo Caso y Lorenza Capdevielle destacan como sobresalientes al convertirse en artistas plásticos consagrados, además de arquitectos prácticos.

 

El Formalismo brutalista y el Minimalismo mediterráneo

Con los años se fueron sumando maestros que continuaban con las enseñanzas de corte más técnico y racionalista heredado de González Reyna y su grupo de maestros y que ahora incursionaban en las nuevas corrientes imperantes en el mundo como la obra de Kenzo Tange en Japón y de Paul Rudolph en Norteamérica; en esta década, los arquitectos del Taller se distinguían por tener un trabajo serio y riguroso, que seguía los principios de un formalismo brutalista, con la presencia de edificios de volumetría contundente y una expresividad que explotaba la riqueza del concreto aparente y de grandes prismas de un único material, como se puede observar en sus respectivas obras del palacio de gobierno de Chiapas de David Muñoz, el edificio de Porfirio Díaz 100 en el parque hundido de Germán Herrasti o bien en el edificio de San Jerónimo 650 de Rodrigo Zorrilla. Ese talentoso grupo influyó a varias generaciones que seguían estas directrices y que se incorporaron a la labor profesional y docente para continuar así con una línea forjada en un abanico que iba desde lo emocional en concordancia con lo nacional, hasta lo técnico- constructivo, centrado en lo racional y con una visión internacionalista.

En esa época y ya con una práctica profesional consolidada -aunque con ciertas diferencias entre sí-, se unen al Taller los arquitectos José María Buendía y unos años después, Antonio Attollini Lack, ambos con una cuidada arquitectura de corte emocional, minimalista y mediterránea, con fuerte influencia barraganiana, guiada por la presencia mínima de elementos y con una especial atención por el detalle y el manejo de la luz, como se puede observar en muchas de sus obras y en especial en la casa Buendía en Coyoacán y en la Iglesia de la Santa Cruz del Pedregal, respectivamente. Mención especial merece la arquitecta italiana Giulia Cardinali, quién comparte el interés por estas ideas y en especial el cuidadoso trabajo con la luz natural en ejemplos como el vitral para la Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe en Azcapotzalco (obra de Germán Herrasti).

 

El Neo-modernismo y la Arquitectura orgánica

A esa generación, le sucedió un preparado grupo de arquitectos egresados del Taller, el cual trasladaba a las aulas su propia experiencia profesional con una visión que combinaba el todavía vigente formalismo brutalista, con una innovadora corriente neo-modernista, fundamentada en alcanzar diseños austeros y elegantes en los que prevalecían los materiales aparentes (acero, concreto, tabique), con composiciones lineales, ordenadas y modulares de cuidadas proporciones; ejemplos como el Instituto de Geografía de Morelia de Ernesto Natarén, la Casa Estudio en gran Jardín en León, Gto. de David Lujan, la Torre Siglum de Miguel Murguía (con Mario Schjetnan), la sede de CENEVAL de Luis F Solís (con Ernesto Velasco), el Museo de Arte Contemporáneo en Tlaxcala de José Rogelio Álvarez N o el corporativo “Endomédica” de Luis Coll M. (con Vicente Alonso), son importantes ejemplos de esta línea de pensamiento arquitectónico prevaleciente en ese grupo de maestros.

Pertenecientes a esta misma generación, pero con líneas de pensamiento más cercanas a la escuela de Goeritz, Cetto y Buendía y bajo la clara influencia de Gaudí, O’Gorman y Barragán, destaca el trabajo y la labor profesional de otro grupo de maestros que optan por una arquitectura más “orgánica” y heredera de algunos de los principios de la arquitectura emocional, en especial la atención al habitador y su

percepción del espacio, así como de una alta sensibilidad en el respeto e inserción dentro de la naturaleza; en tal sentido, es de destacar la obra de Javier Senosiain, quien ha permanecido fiel de ese tiempo a la fecha, en una idea de un irrestricto apego al hombre y a la naturaleza y que alcanza su máxima

representación en el parque “Nido de Quetzalcoatl” en Naucalpan, Edo. de México; así mismo y también con una obra relevante, es necesario mencionar el trabajo de Daniel Arredondo (en sociedad con Senosiáin), en una serie de edificaciones con geometrías puras y coloridos primarios, rodeados de naturaleza y vegetación abundante, como se puede observar en los Laboratorios Senosiain.

 

 

Tercera época, 1985–2000: la reunificación

Con la década de los 80’s, llegaron importantes cambios a la entonces Escuela Nacional de Arquitectura; entre los más importantes citaremos la creación del Doctorado en Arquitectura, lo que le permitió adquirir el carácter de Facultad de Arquitectura (FA), junto con la creación de dos nuevos programas de licenciatura (en Urbanismo y en Arquitectura de Paisaje); pocos años más tarde y apenas iniciada la

década de los 90’s, se logró la reunificación de los Talleres de Arquitectura y la aplicación de un nuevo y único Plan de Estudios. En esa renovación, se acordó modificar las denominaciones que distinguían a los distintos talleres y que se agrupaban en números para el Autogobierno y en letras para los talleres de la Dirección; es ahí que el colectivo de profesores y alumnos decide nombrar al Taller como uno de sus fundadores: “Jorge González Reyna”.

 

El Racionalismo tecnológico y la Arquitectura contemporánea mexicana

Esa época se caracterizó por un replanteamiento de los valores que regían la arquitectura y que postulaban autores como Charles Jencks, Richard Venturi y Michael Graves, y que derivo en el nacimiento del posmodernismo; esta corriente influyó en parte de las generaciones que entonces estudiaban y que se cuestionaban sobre los caminos que debía tomar la profesión. Sin embargo, los profesores de mayor edad veían lejanos los postulados defendidos por los “posmodernos” -Honorato Carrasco Navarrete señalaba que adentrarse en el “posmodernismo” era “pasar del subdesarrollo a la decadencia, sin haber tocado el desarrollo”-; es así que algunos jóvenes profesionales congeniaban en sus primeros trabajos con estas ideas, aunque después conformaron sus propios caminos siguiendo las enseñanzas más racionalistas de sus maestros y que podríamos definir como una segunda generación de neo-modernistas; es así que jóvenes arquitectos de la época como Marcos Mazari, Francisco Ortiz Islas y Ernesto Betancourt, dan muestra de este pensamiento en obras de lograda calidad como “Residencial Bernardo Quintana 105”, el “Hospital del Niño y el Adolescente” o la “Biblioteca de la Preparatoria 5”, respectivamente.

Varios egresados transformaron parte de estas ideas y las maduran aún más, adentrándose en lo que podríamos llamar como un “racionalismo tecnológico”, en donde impera una visión más sistémica del proceso de diseño y en donde se incorporan y desnudan los elementos estructurales y de instalaciones en las soluciones generales; con ciertas ideas compartidas en el “High Tech” de Renzo Piano o bien en la pureza de diseño de Richard Mier; sobresale el trabajo de los Hermanos García del Valle, en ejemplos como el edificio de laboratorios médicos en Lerma, así como la arquitectura de espectáculos de José de Arimatea Moyao en obras como el Auditorio Telmex en Guadalajara. En un renglón aparte y por su notable calidad, tenemos que nombrar a Cesar Pérez Becerril, quién heredó la sensibilidad y cuidadoso diseño de su guía y referente, Antonio Attollini y que muestra con maestría en su obra de la Cafetería de la Facultad de Medicina en C.U.

En esos años, se incorporan al Taller varios profesores externos que aportaron sus conocimientos y reforzaron la tendencia racionalista que ya distinguía a parte del Taller; ejemplos como Alejandro Rivadeneyra, quien da muestra de esta línea de pensamiento en su obra de la nueva sede de la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje, o bien de Carlos Tejeda quién colaboraría con González de León y Francisco Serrano en el Corporativo “Bosques” y finalmente con las ideas de Margarita García Cornejo, quien da cuenta de ello en su intervención en el “Espacio México” en Madrid, España. También gravitan entre esta corriente los arquitectos Honorato Carrasco Mahr y Javier Duarte Morales, en edificios como la Estación Metrobús Centro Cultural Universitario y la Escuela Nemadi -respectivamente- y en algunas otras de sus obras temprana se adentran por igual en una arquitectura mexicana contemporánea (al igual que Alejandro Rivadeneyra), donde se retoman principios de materialidad regional aparente (piedra, tabique, tierra) y soluciones constructivas tradicionales modernizadas como cubiertas de viguería y teja, patios con pisos de barro u otros, por poner algunos ejemplos.

En esta generación surgieron una serie de brillantes arquitectas dedicadas a la investigación y que hoy son referentes en el estudio de la historia de la arquitectura contemporánea mexicana (Lourdes Cruz Franco, Zoraida Gutiérrez, Mónica Cejudo y Elisa Drago), mientras que -por otra parte-, destacan varios egresados como herederos de la tradición de artistas plásticos con influencias de maestros como Capdevielle y Medina, que hoy mantienen una exitosa trayectoria artística (Pedro Trueba y Marco Álvarez).

 

César Pérez Becerril, cafetería Facultad de Medicina, CU

Honorato Carrasco Mahr, estación Metrobús «Centro cultural universitario»

Cuarta época, 2000–2020

El nuevo milenio trajo consigo nuevas visiones y cambios en la arquitectura, por lo que la FA no se vio exenta de estos fenómenos; como ejemplo hay que citar el arranque del Plan ’99, que impulso la figura del “Taller de Arquitectura” como eje central de la formación, bajo una visión integradora de los elementos teóricos, técnicos y proyectuales en los procesos de solución arquitectónica; por otro lado, la configuración poblacional de la carrera se vio condicionada con un importante crecimiento en la matrícula y con el equilibrio alcanzado en la paridad de género del estudiantado. Este fenómeno permitió que la presencia de mujeres en el quehacer docente y proyectual creciera, en contraste con las pasadas generaciones y que las arquitectas egresadas del Taller tuviesen un importante papel en los escenarios profesionales de las últimas décadas.

 

El Regionalismo sustentable

Estos últimos años, el Taller ha egresado una serie de brillantes arquitectas, con una carrera profesional exitosa y plagada de reconocimientos; su obra la podríamos clasificar como de un “regionalismo sustentable” por la sensibilidad en el entendimiento del lugar, una materialidad altamente expresiva y una profunda comprensión del contexto social y ambiental en el que se insertan, que les ha permitido incursionar desde proyectos urbanos de gran calado hasta edificios de distinta escala con cuidada calidad. Esa labor profesional la trasladan a las aulas desde hace varios años con renovada frescura e ideas innovadoras que ahora tocan a las nuevas generaciones. Casos como el de Gabriela Carrillo en el Mercado de Matamoros o junto con Esterlina Campuzano (colaboradora durante varios años) en proyectos como la Escuela de Débiles Visuales en Iztapalapa o la Casa Estudio Iturbide (con Mauricio Rocha), dan cuenta del cuidado y valor que imprimen a cada una de sus obras. Unos pocos años después, la arquitecta Loreta Castro (junto con su esposo José Pablo Ambrosi) consolidan una fructífera labor profesional con propuestas sustentables e innovadoras de espacios públicos como el Parque “La Quebradora”, el Parque “El Represo” en Nogales, o bien el Parque Bicentenario en Ecatepec; en esa misma tendencia podemos nombrar el trabajo de Ana Isabel Ruíz Remolina, quien ha desarrollado importantes trabajos de carácter urbano e intervenciones de equipamiento público como las Estaciones Transporte Metropolitano Zacatecas. Caso aparte es el de Mariana de la Fuente, quién se especializó en arquitectura interior al grado de ser la fundadora de la especialidad en nuestra Facultad.

Loreta Castro Reguera y José Pablo Ambrosi, Parque Bicentenario, Ecatepec

Ana Isabel Ruíz Remolina, estaciones Transporte metropolitano, Zacatecas

 

Acompañando el esfuerzo de estas arquitectas, también destacan varios jóvenes que se han ocupado de combinar una labor profesional sobresaliente con la enseñanza del oficio en los distintos niveles del Taller; varios de ellos realizaron sus posgrados fuera del País y regresan a la UNAM para enriquecer la formación académica en su Alma Mater (Oscar Enríquez y Ronan Bolaños), mientras que otros arquitectos que han tenido una reconocida trayectoria por su lograda labor profesional de inserta en el racionalismo tecnológico, salpicado de arquitectura mexicana contemporánea; trabajos como los de Gustavo Rojas, en las adaptaciones urbanas en Ayutla, Mor. u Ovidio Cuellar en el Desarrollo “Puerta San Antonio”, así como Oscar Sanginés en el Edificio VIBE20 o bien Luis Beltrán del Rio y Alonso de la Fuente, con el Mercado de Artesanías de Tlaxcala o el Edificio COVA07 -respectivamente-, dan cuenta de ello; todos ellos combinan su práctica profesional con el gusto por la docencia y siguen impartiendo clase hoy día.

Escobedo Soliz, casas Nakasone

Luis Beltrán del Río, mercado de artesanías, Tlaxcala

 

Finalmente, es importante destacar el hecho de que varios egresados del Taller han optado por trabajar asociados en estudios de arquitectura -donde impera un espíritu creativo y colaborativo- y que les permite alcanzar una mayor proyección; casos como el Estudio Niz/Chauvet o el del Taller Paralelo de Flores/Merodio, ambos con una obra de estilo neo-modernista muy refinada y con ejemplos como el Hotel Thompson en Playa del Carmen o el Hub Santander en Santa Fe -respectivamente- permiten valorar esa calidad; otros despachos que han alcanzado una solidez profesional importante y que combinan con proyectos de menor presupuesto insertos en un regionalismo sustentable, es el de Escobedo/Soz con ejemplos como la Casa Nakasone, donde muestran una gran habilidad en el manejo de espacios, volúmenes, luz, sombra y una contundente materialidad; los cuatro últimos arquitectos han incursionado en algún momento en la práctica docente, llevando a las aulas su amplia experiencia profesional.

 

Oscar Sanginés Coral, edificio Vibe 20

Reflexión final

El Taller Jorge González Reyna (antes E), se ha distinguido por la seriedad de sus procesos de enseñanza-aprendizaje, fundamentados en el traslado directo de la experiencia profesional de su claustro académico a las aulas y en fomentar la participación en concursos tanto profesionales como estudiantiles. El grupo académico ha sabido combinar la riqueza de la profesión y del oficio, con una formación universal en los ámbitos artísticos, teóricos e históricos, que en conjunto logran transmitir a su alumnado una visión amplia y profunda de los conocimientos y habilidades que requieren para su práctica profesional.

Esto se ha hecho generación tras generación desde hace más de 65 años en un esquema maestro-aprendiz que permite conservar y mejorar año con año la genética académica que se remonta a sus orígenes y que ha convertido a sus integrantes en una gran familia académico-arquitectónica.

Podemos afirmar que han dominado dos corrientes en la formación de arquitectos al interior de este Taller; la primera, de corte más racional e inscrito en los orígenes de la modernidad y el estilo internacional y otra más nacionalista, con influencias de la arquitectura orgánica y emocional que atiende los valores locales y de apego a la naturaleza; éstas se inscriben en una serie de estilos o corrientes evolutivas que permiten identificar claramente una línea discursiva transgeneracional.

Hoy, la tradición continua y los grandes y primeros maestros que ya no están con nosotros, perviven no solo en la memoria de cada uno de aquellos a los que tocaron con sus enseñanzas, sino también en las nuevas generaciones que no tuvieron oportunidad de conocerlos, pero que han recibido parte de ellos a través de las distintas generaciones de docentes que amorosamente intercambian su pasión con la frescura y ansias de conocimiento de las nuevas generaciones.

Esperamos que los ciclos que sigan repitiendo y las futuras generaciones gocen de una formación completa, honrando con ello a quienes nos antecedieron.

ARTÍCULOS DEL MISMO AUTOR./