28 marzo, 2018

La arquitectura de la pobreza

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

En 1969 se publicó en Egipto el libro de Hassan Fathy Arquitectura para los pobres. Siguió una edición en inglés de la Universidad de Chicago, publicada en 1973. En 1975 apareció en México la primera en español. En el preludio al libro, titulado Sueño y realidad, Fathy escribe:

Si a usted le dieran un millón de libras, ¿qué haría con ellas? Esa es una pregunta que siempre nos hacían cuando éramos jóvenes, una que echaba a andar nuestra imaginación y nos hacía soñar despiertos. Yo tenía dos posibles respuestas: una, comprar un yate, contratar una orquesta y navegar alrededor del mundo con mis amigos escuchando a Bach, Schumann y Brahms; la otra, construir una aldea donde los fallahin (campesinos) tuvieran el modo de vida que yo querría para ellos.

Aunque esa última frase pudiera leerse más que como un sueño compartido como la pesadilla de la filantrópica imposición de un modo de vida, en la que un arquitecto decide las formas y materiales que más le convienen al resto de la gente —«vivirás en una casa de tierra porque es tanto tu salvación como tu obligación perpetuar esta tradición»–, de hecho Fathy trata de entender y promover maneras de auto-construcción en las que “los propietarios son forzados por su pobreza a ejercer un diseño genuino.” En muchas de las casas muy pobres, dice, “las líneas del edificio presentan instructivas lecciones de arquitectura.” En el comentario que dedicó a la edición en español del libro de Fathy, publicado en el número 61 de la revista Arquitectura México, de septiembre de 1976, Alberto González Pozo compara de hecho las ideas del arquitecto egipcio con las de Ivan Illich, en particular en relación a la medicina, de la que éste pensaba era una manera de expropiar un conocimiento colectivo y, por lo mismo, de empobrecerlo. González Pozo dice que tanto Illich como Fathy “ven con esperanza otros mecanismos en los que la participación activa de los propios beneficiarios haga posible una solución a fondo de sus problemas.” Sin embargo, cabe preguntarse si hoy, cuatro décadas después, el problema de la pobreza se sigue presentando de la misma manera y si las soluciones entonces propuestas aun resultarían viables. Sobre la pobreza, Fathy escribió:

La relación entre demasiadas bocas y la caída en los niveles de vida es evidente en una familia, pero en una nación la cadena de causas y efectos no es inmediatamente clara; la sobrepoblación se declara a sí misma en enfermedades, desempleo y crimen y resulta tentador intentar explicar estos fenómenos como si tuvieran otras causas. Toda nuestra planeación sólo puede hacer lo mejor de una situación fundamentalmente intolerable. Se trata de hecho de una tarea noble, pero la causa de la pobreza en Egipto es la sobrepoblación. La sobrepoblación tiene dos remedios básicos: la reducción de la población y el aumento de la producción.

Hoy en México, por ejemplo, la relación entre crecimiento demográfico y capacidad de producción es muy distinta a los años sesentas y setentas. Entre 1960 y 1970, la tasa de crecimiento de la población alcanzó su máximo histórico, mientras que después del año 2000 se ha reducido a valores incluso menores a los que tenía en 1920. En 1960, México tenía algo más de 38 millones de habitantes y el PIB per cápita era de 342 dólares. En el 2016, la población del país rondaba los 127.5 millones de habitantes y el PIB per cápita había llegado a los 8,200 dólares. Así, en términos generales, aunque la población no se redujo, sí lo hizo la tasa de crecimiento y la producción aumentó considerablemente. ¿Disminuyó por tanto la pobreza? Según datos compilados por Manuel Székely, en 1963, cuando la población de México rebasaba los 40 millones, 45.6% vivían con pobreza alimentaria, 55.9% con pobreza de capacidades y 75.2% con pobreza patrimonial. En el 2004, con poco más de 105 millones de habitantes, la proporción había bajado a 17.3% con pobreza alimentaria, 24.6% con pobreza de capacidades y 47% con pobreza patrimonial. Sin embargo, aunque los porcentajes se hayan reducido los números de la pobreza en México siguen siendo altos. En años recietnes, según los datos ofrecidos por el informe de la Coneval, aunque en términos relativos la pobreza disminuyo del 44.4% al 43.6% —una mejora de 0.8% en ocho años—, en términos absolutos se pasó de 49.5 millones de personas en situación de pobreza a 53.4 millones. A eso hay que sumar 32.9 millones de personas en condición de “vulnerabilidad por carencias sociales.” Dicho de otra manera, en un país con más de 127.6 millones de habitantes (datos del 2016), sólo 27.8 millones se encuentra sobre la “linea de bienestar” (“valor monetario de una canasta alimentaria y no alimentaria de consumo básico”). Más aún, de los mexicanos económicamente activos, sólo 10.3 millones tienen ingresos entre 5 y 8 mil pesos mensuales y el número de personas que percibe más de 20 mil pesos mensuales no llega ni al millón.

Puesto así, harían falta muchos arquitectos que quisieran invertir un millón de libras o de dólares, en vez de comprarse un yate, en construir aldeas donde los campesinos o, en general, los más pobres, tuvieran el modo de vida que el arquitecto deseara para ellos —o, mejor, el que ellos mismos deseen. Y no hace falta hacer muchos números para entender la inversión necesaria, en recursos y tiempo, para mejorar esa situación. En el Manifiesto Comunista, Marx y Engels reclamaban a los socialistas utópicos como Fourier y Owen que sus propuestas de reformas urbanas y arquitectónicas a la larga no hacían más que mantener incólume el sistema de producción. Una idea que más de un siglo después resumirá Slavoj Zizek en una de sus acostumbradas frases lapidarias: la caridad sólo despolitiza los problemas. Cuando, como varios economistas han apuntado, el problema hoy no es sólo la pobreza sino la creciente desigualdad, habría que pensar que no se trata ya sólo de buscar la mejor arquitectura para los pobres, de una manera utópica y acaso condescendiente, sino de entender propiamente la arquitectura de la pobreza: cómo se construye y se mantiene la condición de pobreza y precariedad de millones de personas.

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