25 abril, 2021

La Alcazaba de Trujillo: fascinaciones bipolares

por Jose Maria Wilford Nava Townsend

 

Alcazaba, es una palabra de origen árabe, que refiere a la fortaleza que, dentro de una ciudad o población amurallada, sirve como refugio a la guarnición, así más o menos lo explica el diccionario.

Partiendo de esta reflexión, por reconocer que, la fascinación personal por este tipo de construcciones tiene inevitablemente un contenido bipolar, habría que establecer también que el concepto de fortaleza conlleva en sí misma una bipolaridad ontológica.

Me explico: en el ámbito personal, me considero un pacifista convencido. La guerra, por más que quien la ejerza trate de justificarla, me parece la manifestación más deplorable de la humanidad, pues conlleva, en sí misma, implícitas otras múltiples manifestaciones igualmente nefastas, como el odio, el prejuicio, la discriminación, la imposición. Sin embargo, mentiría si dijera que la arquitectura derivada del universo bélico no genera una atracción intensa e irremediable, y de ahí mi bipolaridad. Por otra parte, las fortificaciones mismas tienen también como comentaba anteriormente, una proyección bipolar: los recintos fortificados, ciudadelas, torres, murallas, pueden presentarse como imagen de control impositivo tras conquista de un territorio, pero también como bastión defensivo, protector de la población ante el invasor. Su imagen representaba tranquilidad y seguridad para quien tras esta arquitectura se refugia, o amenazante e infranqueable frontera para el posible agresor. Si es imposición o defensa, es como el ejercicio del huevo y la gallina, una disertación subjetiva que depende de quién argumente.

Aceptando entonces la complejidad que conlleva comprender esta manifestación arquitectónica, comparto las sensaciones provocadas por este peculiar y complejo edificio, situado en la punta de un cerro denominado “Cabeza de Zorro”, alrededor del cual se desarrolla la Ciudad de Trujillo, en la provincia de Extremadura, España. La ciudad, por cierto, requeriría varios capítulos de reflexión, pero hoy nos concentraremos en este punto.

El complejo consta de dos secciones: El patio de armas de planta cuadrangular y la albacara, trazada como un hexágono irregular. La construcción data del siglo IX. Tras la conquista de la península ibérica por los musulmanes, la defensa del territorio colonizado obligará a construir este tipo de defensas conforme el territorio vuelve a ser disputado por los cristianos. Y aquí comenzaría el juego del Huevo y la Gallina. La base de la Alcazaba, está construida con sillares de piedra labrada, tomados de las construcciones romanas previas, para después completar su altura con otros materiales como ladrillo y pizarra.

La perspectiva lejana produce ya un impacto de sensaciones. La austeridad absoluta del volumen es escalofriante, narra su destino específicamente militar, su mensaje de impenetrabilidad: El paralelepípedo del patio de armas se refuerza con torreones prismáticos, no hay ventanas, solo una puerta, pequeña para la escala del edificio, cuyo arco en herradura nos narra la predilección formal del anónimo alarife que construye. Entre el siglo IX y el XIII, pasará en distintos momentos del dominio de una fe a otra, hasta que finalmente hacia el año 1230, quedará ya en manos cristianas. Esto implica que, a los elementos originales de la fortaleza musulmana, se añadirán posteriormente algunos otros de otro lenguaje.

Un par de potentes torres albarranas, conectadas mediante un puente al conjunto, vigilan la zona poniente, prestas a tomar al enemigo entre dos fuegos. La ranura que se forma entre torre y muralla, rematada por un ligerísimo puente, es de una honestidad terrible: el edificio es lo que es, la poesía no está en la construcción, si no en los ojos de quien la lee, en la construcción lo que está es el mensaje de quién manda y cómo defiende lo que manda.

La puerta con su característico arco, trasciende a un umbral que deriva en el patio. Ahí la seriedad castrense manda por sobre todas las cosas: Un aljibe para cosechar agua y soportar largamente un estado de sitio. Potentes escaleras que suben al paso de guardia, que ondula en su recorrido levemente según la topografía, aportando a los vigías una vista panorámica del territorio, desde donde el paisaje se aprecia, no para ensalzar su belleza (aunque esta exista inevitablemente) sino para dominar tácticamente el sitio.

Deambulando por sobre la muralla, se entiende la estrategia de las geometrías, en planta y en volumen, de lo que es una defensa. Hoy, el recorrido permite al visitante ver la ciudad histórica en sus distintas etapas, el paisaje extremeño, duro y seco, disfrutar un momento la solidez de los muros, el color de la piedra, el calor del sol y la frescura de la brisa. 

Tanto genio, tanto conocimiento, desperdiciado en la guerra. Pero como ya he comentado en algún otro artículo, el pasado es sólo un juego reflexivo para tomar decisiones, y el espacio puede ser reconvertido. Validaré el celebrar la permanencia y austera belleza de estos conjuntos militares, si ahora los convertimos en sitios de encuentro multiculturales, donde las cáscaras históricas que deja la violencia, nos abriguen como refugio para recuperar la paz.

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