2 noviembre, 2021

Kosovo: una ecología de los recuerdos y el espacio

por Carlos Lanuza | @carlos_lanuza_

“Dices ‘Iré a otra tierra, hacia otro mar

y una ciudad mejor con certeza hallaré.

Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado, y muere mi corazón

lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.

Donde vuelvo mis ojos sólo veo

las obscuras ruinas de mi vida

y los muchos años que aquí pasé o destruí’”.

 

Algunas veces podríamos pensar que la arquitectura es inocua, que es inocente, sin intenciones, neutra. Pero no es así, la arquitectura siempre está cargada de significados, a veces conseguidos a través de los elementos físicos que la componen, otras por las experiencias acumuladas en sus espacios, o por lo que representa. Nuestros recuerdos siempre se enmarcan en espacios, borrosos pero presentes, llenos de color, luz y palabras. La casa de la infancia siempre será más grande de lo que realmente es, la ciudad de la que nos fuimos la viviremos a través del recuerdo de ciertos momentos. No hay memoria sin lugar.

El espacio contiene múltiples formatos superpuestos y simultáneos, y la arquitectura, eso a lo que nos referimos como algo físico, se convierte en un bajorrelieve que determina ciertas lecturas. Pero la arquitectura no solamente contiene el espacio cuantificable o mensurable, también contiene otros imaginarios, abstractos, capaces de proyectarse hacia afuera y habitarnos también a nosotros. Es ese soporte de vida que da estructura a la memoria. Es por eso que los recuerdos asociados a ciertos espacios son capaces de afectarnos de tal manera que determinan cómo nos sentimos, y por lo tanto moldean nuestra memoria, y se dice que sin memoria el futuro no existe.

La imagen que tenemos de los edificios y el vínculo con el que los conectamos con determinados momentos nos hacen vivirlos, aceptarlos o rechazarlos, según la experiencia asociada. En Pristina, Kosovo, el patrimonio histórico y arquitectónico de la ciudad ha sufrido grandes cambios debido a estos vínculos. Desde tiempos históricos —y no solamente en esta ciudad—, el legado patrimonial se sustituye por piezas que intentan reemplazar un ideario, muchas veces vinculado a un posicionamiento político. En el caso de la capital de Kosovo, parte del legado del imperio otomano fue destruido durante la conformación de la antigua Yugoslavia. El cerco político reclamaba nuevas maneras de entender la ciudad, y aquellos espacios no se correspondían con la nueva aventura social; así continuaba un tren de cambio por el que también pasaron el imperio Austro-Húngaro y la misión de las Naciones Unidas, con todo el proceso dramático que significó la creación de la República Federativa Socialista de Yugoslavia y su posterior disolución, por mencionar algunos.

 

Centro de Pristina con el Grand Hotel a la izquierda y Kino Armata en el centro. Fotografía: Prishtina Public Archipelago.

 

Durante los años socialistas, y con los vaivenes históricos, la ciudad se vio sometida a poderes que se escapaban de su control. El equipamiento urbano que necesitaba la ciudad fue suplido a base de sacrificios por parte de la población, ya no solo con sus impuestos, sino también a través de la “donación” de los salarios de sus habitantes. Años después, durante el conflicto serbio, muchos edificios fueron utilizados como base para perpetrar crímenes, y en muchos de ellos estaba prohibida la entrada a la población albanesa de la ciudad. La sociedad kosovar se fragmentaba y el espacio era un reflejo de ello. El sótano del Grand Hotel se utilizó para realizar violaciones a multitud de mujeres. Kino Armata, un edificio en el centro de la ciudad, fue la sede del ejército serbio durante la guerra. Las reuniones de más de dos personas estaban prohibidas en el espacio público.

La arquitectura y la ciudad nos cambian, las políticas nos cambian.

La arquitectura se convirtió en algo que representaba el mal, la ocupación, la censura, el crimen. El soporte fue utilizado como una herramienta de sometimiento, de abandono y cargado de significados traumáticos para gran parte de los habitantes de Pristina. El recuerdo asociado a estos edificios condiciona la manera cómo son percibidos. Debido a los grandes cambios socio-políticos que ha sufrido la ciudad, sus edificios han soportado también cambios radicales en sus usos. Después de la guerra, y debido a un sistema ineficiente de gestión, el abandono y la necesidad de espacios públicos hicieron que muchos de ellos pasaran de ser hoteles o imprentas, a convertirse en gimnasios, mezquitas, bares y restaurantes; espacios mezclados, sucesivos o solapados.

 

Interior del centro Boro-Ramiz. Fotografía: Prishtina Public Archipelago.

 

Muchos de estos edificios han sido privatizados y cerrados al público. Su carácter cívico ha sido anulado y sustituido por corrupción y mala gestión. ¿Cómo se pueden cambiar los valores asociados a la ciudad y su arquitectura? ¿Cómo podemos obviar la opción de su destrucción y en cambio dotarlos de un nuevo significado y encontrar potencial en estos espacios? Las cualidades espaciales de estos edificios siguen patentes. Erigidos en el centro de la ciudad sirven como un telón de fondo, de terciopelo raído, que recuerdan que la arquitectura es el soporte de la vida, pero también lo puede ser de la muerte, de opresión, de un mundo en constante lucha.

Una ecología de los recuerdos y el espacio parece oportuna, ya no sólo para los edificios de Pristina, sino también para todos aquellos espacios abandonados o subutilizados que creemos necesario demoler en cualquier ciudad del mundo. Es inevitable siempre un estudio del significado de estos espacios para reconciliarlos con las dinámicas urbanas de usos, valores e identidad. Se debe repensar el modelo de construcción de nueva planta para explotar el medio existente, a la vez que olvidar la versión romántica de la ciudad antigua poseedora de valor solo por su “antigüedad”, y dotar de vigor infraestructuras espaciales y temporales para darle sentido a la arquitectura y a la ciudad.

De alguna manera, esto es lo que provoca el surgimiento del Pristina Public Archipelago. Es el resultado de un proyecto de investigación creado por la Kosovo Architecture Foundation y presentado en la sección Co-Habitats en la 17 Bienal de Arquitectura de Venecia. A través de un análisis y puesta en valor de la arquitectura en Pristina, se ha podido identificar el potencial extraordinario que tienen ciertos edificios, ya no solo en la construcción de la memoria histórica, sino también en la dotación de espacios que sirvan para solventar las necesidades culturales, deportivas y sociales.

 

Pristina Public Archipelago en la Bienal de Venecia 2021. Fotografía: Andrea Avezzù. Cortesía: La Biennale di Venezia.

 

El “archipiélago” está formado por seis edificios —”islas”— en el centro de la ciudad, construidos principalmente entre los años 70 y 80: el Grand Hotel, la sala de proyección Kino Armata, el edificio de la imprenta Rilindja, el centro comercial Germia, el centro deportivo y cultural Boro-Ramiz y la Plaza Bashkim-Vllaznimi (Plaza de la Hermandad y la Unión). Este estudio pone de relieve la historia de los edificios y la multiplicidad de usos que han sido capaces de absorber. El corsé de sus espacios se ha amoldado con los años a lo que la gente necesitaba, a la vez que narra una parte de la historia de la ciudad. 

El libro Prishtina Public Archipelago, editado por Bekim Ramku, es un compendio de imágenes, planos de los edificios y textos en los que se reflexiona sobre la arquitectura y la ciudad, y que sirve de base documental para erigir un pensamiento de reforma de la misma; y, en este caso específico, sobre el espacio público, un atributo necesario para fomentar sociedades democráticas. Estas investigaciones, necesarias, sirven como testigo del estado de las cosas. Son estudios que permiten poner en valor la infraestructura existente desde varios puntos de vista. Es un momento, reposado, para entender el presente y poder proyectar el futuro.

 

Pristina Public Archipelago, editado por Bekim Ramku. Fotografía: Atdhe Mulla. Kosovo Architecture Foundation.

 

La arquitectura, la vieja y la nueva, se abren paso para conformar una memoria histórica capaz de configurar una identidad de la ciudad y aunar un pasado difícil con un futuro esperanzador, porque no hay manera posible de hacer tabula-rasa –manía moderna de escape hacia delante–, para pretender borrar un pasado que siempre nos encontraremos a cada paso.

 

“No hallarás otra tierra ni otra mar.

La ciudad irá en ti siempre. Volverás a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;

en la misma casa encanecerás.

Pues la ciudad siempre es la misma. Otra no busques -no la hay-,

ni caminos ni barco para ti.

La vida que aquí perdiste

la has destruido en toda la tierra”

La ciudad.

Konstantino Kavafys.

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