1 febrero, 2021

Juan Benito Artigas (1934–2021)

por Arquine | @arquine

Durante el tiempo que colaboré en el taller del arquitecto Félix Candela, al construir sus famosos paraboloides hiperbólicos, cascarones de hormigón armado de sólo cuatro centímetros de espesor, terminados en material aparente, si al momento de descimbrar alguna sección no había quedado perfectamente colada, presentaba porosidades que afeaban la apariencia del material, de inmediato los maestros de obra tenían instrucciones de resanarlos, y como era prácticamente imposible igualar el color del concreto colado con el color del resane, se pintaba el hormigón con pintura de cemento aplicada con brocha de aire, para igualar el color de su superficie. Era muy difícil notar a simple vista estos resanes, puesto que se obtenía un acabado uniforme. 

Esto lo escribió Juan Benito Artigas en su texto “La piel del Barroco”, publicado en 1996. Artigas nació en Madrid el primero de diciembre de 1934. Graciela Mota Botello escribe en una semblanza de Artigas que “vivió primero en Madrid, luego en La Coruña y después en Barcelona hasta que a los doce años emigró a México con su madre, María Hernández Cebrián, reclamados por su padre, Benito Artigas Cardona, que se encontraba ya en la Ciudad de México en carácter de exiliado político.” Estudió en la Escuela Nacional de Arquitectura donde tuvo como maestros, entre otros, a José Luis Benlliure, Vladimir Kaspé, José Villagrán y Ricardo Gutiérrez Abascal, también exiliado español y mejor conocido por su seudónimo, Juan de la Encina. Durante sus años de estudiante fue que trabajó en la empresa de Candela,  Cubiertas Ala. Fue residente de obra en la construcción de la fábrica de Bacardí. Estudió la maestría en Historia del Arte en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, recibiéndose en 1971. Su tesis sería después publicada con el título La piel de la arquitectura. Los murales de Santa María Xoxoteco. En esa obra, según el propio Artigas, “se demuestra la importancia que cobró la pintura mural en la arquitectura de la Nueva España.” Artigas argumenta sobre el papel no sólo decorativo sino funcional de la pintura mural, al servir para proteger la piedra, y contra la costumbre, mala y basada, dice, en la ignorancia, de “restaurar” edificios quitándoles aplanado y restos de pintura. De ahí el ejemplo de las estructuras de Candela. En su texto “La piel del barroco”, Artigas escribe:

Si en el Renacimiento, la estructura marcaba ritmos y secuencias, ante los cuales se subordinan las otras dos artes plásticas, cada una en su posición claramente establecida y diferenciada, en el Barroco la estructura visual de sustentación exclusivamente arquitectónica cedió su lugar al conjunto, y lejos de dominar un estricto ordenamiento geométrico general, llegó a desaparecer debajo de una superficie vibrante, que cuando reposa lo hace para crear contrastes con las secciones abultadas y coloreadas.

Artigas llama a ese fenómeno desmaterialización de la estructura, y explica que así “el edificio ha perdidoi su relación con el suelo” y “se ha convertido en pura expresión espacial”. Así, Artigas entiende al ornamento no como un agregado —y, por supuesto, no como un delito— sino como “parte indisoluble de lo que es la obra”: “la piel no es, pues, un órgano de pura exterioridad, de apariencia pura. Los acabados de un estilo arquitectónico determinado —y cada estilo elige los suyos— no son una casualidad; cada estilo escoge su propia ornamentación o sistema decorativo”.

En una entrevista, Artigas afirmó que su pasión era “ir a los edificios, entenderlos, aplicar en ellos la teoría de la arquitectura, la historia de la arquitectura, los valores de los elementos arquitectónicos, analizarlos, y de alguna manera preguntarles qué les pasa. Tratar de restituir el edificio de acuerdo a como fueron creados. Hace falta conocimiento de la historia, de la teoría de la arquitectura y saber aplicarlas.”

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