22 julio, 2020

Jardín interior

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

El filósofo francés Michel Serres escribió que, en su generación —tenía 15 años al terminar la Segunda Guerra—, parecía natural comenzar el aprendizaje del latín —“base muerta pero activa de nuestra cultura”— estudiando cuestiones de lugar: Ubi? Quo? Unde? Qua? “Cuatro palabras que fundaban el espacio”. Ubi?: ¿Dónde estamos? Quo?: ¿A dónde vamos? Unde?: ¿De dónde venimos? Y Qua?: ¿Por dónde pasamos? “La humanidad agrícola que comienza en el neolítico y termina por estos días —explicaba Serres—, compuesta de paisanos, eliminados en adelante, vivía en un paisaje, ahora desaparecido, que había modelado su cultura y el espacio refiriéndolos a lugares, a nudos que nosotros deshacemos como obstáculos para nuestro transporte, porque nosotros pasamos por el espacio en vez de habitar en sitios, y resumimos nuestra experiencia respondiendo sin cesar a la cuarta pregunta e ignorando las tres primeras.”[1] Esas tres primeras preguntas se responden, según Serres, con los términos pagus, el paisaje, hortus, el jardín y locus, el lugar.

La palabra jardín nos llega al español del francés jardin, que, a su vez, viene del francés antiguo jart, huerto, y éste del franco gard, cercado; emparentándose con el antiguo alemán gart, corro, y el inglés yard, patio. Todas estas palabras derivan del indoeuropeo gher, que significa agarrar o encerrar, y que en lenguas actuales nos da, junto a yard y garden, jardín y huerto, corte y coro y cortesano, cortesía o hangar, kindergarten y orquídea. Una familia de palabras —de Kierkegaard a la hortensia, dice bellamente Serres— que se refieren a “los espacios cerrados por arbustos o por murallas que dividen la ciudad del campo o que asocian en un tejido compuesto los campos del paisaje y las construcciones de la ciudad. En ese sentido —continúa Serres— el jardín o el patio —cour, en francés  pueden pasar como el elemento, urbano y rural, del espacio tal como lo percibimos o lo fabricamos en nuestra cultura indoeuropea: su célula básica.”[2]

Y aunque en nuestro imaginario esa célula básica, jardín o patio, represente lo abierto, la lengua nos lo muestra al contrario, como lo cerrado o, de menos, lo definido y demarcado. Un jardín o un patio podrán, en la mayoría de los casos, estar abiertos al cielo, sin techo, pero siempre serán lugares delimitados y, por tanto, en cierto sentido, interiores. El dónde de las tres primeras preguntas —Ubi? Quo? Unde?— designa un locativo que no comprenderíamos sin esa clausura, afirma Serres. “Lo local no tiene lugar sin límite ni frontera.”[3] Abrir y cerrar, pues, son las dos caras inseparables del habitar: “si los seres humanos están ahí ese ahí que condiciona nuestro ser, según explica, retomando a Heidegger, el filósofo Peter Sloterdijk—, están en principio en espacios que se han abierto para ellos porque ellos les han dado forma, contenido, extensión y duración relativa al habitarlos.”[4]

Si esta vocación a abrir adentros, entornos más o menos controlados para nuestra existencia, nos hace a todos, según Sloterdijk, “arquitectos de interiores clandestinos” —“trabajando incesantemente en nuestro alojamiento en receptáculos imaginarios, sonoros, semióticos, rituales, técnicos”[5]—, la jardinería —siendo el jardín una de las maneras de responder a una de las preguntas fundamentales sobre el dónde y, por lo mismo, un ambiente definido habrá que entenderla como parte esencial, acaso paradójicamente, del interiorismo existencial que propone Sloterdijk, confirmando, de paso, el dictum corbusiano: todo exterior es un interior. Y si la arquitectura es, como la define Bernard Cache, “el arte de introducir intervalos en el territorio en orden de construir marcos de probabilidad,”[6] el jardín quizás sea digno contendiente, contra otros pocos más, al título de artefacto originario en ese arte.

El jardín —doble artificio, doble simulacro— la hace de naturaleza interiorizada en la ciudad y de ciudad vegetal frente a la naturaleza. Como cualquier interior, limitado y definido, cada jardín es un pequeño paraíso —palabra que, mediante el griego paradeisos, nos llega del persa pairidaeza: parque o espacio cercado—: un espacio emparedado. “Si hay una noción primera de un jardín es esta: un lugar cerrado y puesto aparte, protegido, privilegiado, con diferentes reglas y estilos de vida dentro que fuera.”[7]


Notas

1. Michel Serres, Statues, Flammarion, París, 1989, p.56.

2. ibid., p.57.

3. ibid. p.58.

4. Peter Sloterdijk, Esferas I, Burbujas, Siruela, Madrid, 2003, p.52.

5. ibid., p.86.

6. Bernard Cache, Earth Moves, The Furnishing of Territories, MIT Press, 1995, p.23.

7. Robert Harbison, Eccentric Spaces, MIT Press, Cambridge, 2000 (1997, 1ª), pp.5-6.

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