22 noviembre, 2020

Jardín botánico

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

 

Nacido en Watford, Inglaterra, en 1875, Arthur William Hill fue hijo de Daniel Hill, quien, a finales del siglo XIX, se había retirado de los negocios y había hecho del cuidado de su jardín uno de sus principales intereses. En consecuencia, desde su infancia, Arthur obtuvo un amplio conocimiento práctico en diversas ramas de la horticultura. Así se definió su vocación, y llegó a ser profesor de botánica en el King’s College de Cambridge en 1904, tras haber conducido una expedición a Bolivia y el Perú en 1903. En 1907 fue nombrado Director Adjunto de los Jardines Botánicos Reales en Kew. En 1915 Hill publicó un texto titulado La historia y las funciones de los jardines botánicos,[1] que inicia con este maravilloso párrafo: “Hay tres cosas que, a través de las eras, han estimulado al hombre a viajar a lo largo y a lo ancho de la superficie del globo: oro, especias y drogas. A las últimas dos de estas necesidades universales del hombre podemos rastrear el origen y fundación de los jardines botánicos”.

Si bien hay noticias de jardines botánicos desde la antigüedad egipcia —el más antiguo jardín del que se tiene alguna representación, según Hill, es el de Tuthmosis III, en el Palacio Real de Karnak, alrededor del año 1000 antes de nuestra era—, china —el semimítico emperador Shennong, cuyo nombre significa el Divino Agricultor, en el siglo XXVIII antes de nuestra era, enseñó la práctica de la agricultura y herbolaria a su pueblo— o prehispánica —Hill menciona los jardines botánicos de Iztapalan (sic) y el de Chalco, descrito por Francisco Hernández de Toledo, médico de Felipe II y que en 1571 se embarcó en la primera expedición científica en América—, la existencia de tales jardines tiene “poco menos que interés académico” y “ninguna influencia en la fundación de jardines botánicos modernos”.[2] Esa influencia, explica Hill, puede rastrearse hasta Carlomagno y su organización del Imperio, “que tuvo por resultado el establecimiento, entre muchos otros, en el siglo IX, del hortus en St. Gall”.[3] En el plano del monasterio —el único dibujo de su tipo que se conserva del periodo medieval y que se considera un diagrama genérico del dispositivo monasterio— aparecen los distintos espacios destinados al cultivo junto a las demás dependencias: el jardín de hierbas medicinales o el huerto del cementerio, por ejemplo. Hic plantata holerum pulchre nascentia uernant. HORTUS. Cepas, aleas, porros, ascolonias, apium, petrosilium, coliandrum, cerefolium, anetum, lactuca, papauer, sataregia, radices, pestinachas, magones, caulas, betas, gitto —“aquí están plantados vegetales que florecen con belleza. HUERTO. Cebolla, ajo, puerro, chalotas, apio, perejil, cilantro, perifollo, eneldo, lechuga, amapola, mostaza, rábano, chirivía, zanahoria, col, acelga, hinojo”.

El jardín botánico —como el monasterio mismo— es un espacio de clasificación y organización de lo existente: cada cosa en su lugar, un lugar para cada cosa. Más allá de la importancia reconsiderada que hoy podamos conceder a los antiguos jardines egipcios o los conocimientos de herbolaria chinos o prehispánicos —seguramente mayor a la de mera erudición que les otorgaba Hill—, el jardín y monasterio —el jardín dentro del monasterio y el monasterio como jardín, como espacio o, mejor, territorio para el cultivo y la clasificación— pertenecen o, quizás, inauguran una época en la cual se determina una nueva relación entre el conocimiento —las palabras— y la realidad a la que supuestamente aquél se dirige —las cosas. El jardín botánico —como el monasterio mismo y luego el cuartel, la clínica psiquiátrica, el hospital o el colegio— se estructura de acuerdo con las lógicas de vigilancia y disciplina descritas por Foucault: “la disciplina procede ante todo a la distribución de los individuos en el espacio”.[4] Tal distribución disciplinar de las categorías del ser en el espacio exige en mayor o menor grado, según Foucault, primero la clausura: “la especificación de un lugar heterogéneo a todos los demás y cerrado sobre sí mismo” —pensemos de nuevo la relación etimológica entre el claustro y el jardín como espacio cerrado. En segundo lugar, la localización elemental o división en zonas: a cada individuo su lugar y en cada emplazamiento un individuo. “El espacio disciplinario tiende a dividirse en tantas parcelas como cuerpos o elementos que repartir hay.” En tercer lugar, la regla de los emplazamientos funcionales que, poco a poco, codifica el espacio fijando lugares determinados que, en cuarto lugar, hacen que los elementos sean “intercambiables puesto que cada uno se define por el lugar que ocupa en una serie y por la distancia que los separa de los otros”. Cebolla, ajo, puerro, chalotas, apio, perejil, cilantro, perifollo, eneldo, lechuga, amapola, mostaza, rábano, chirivía, zanahoria, col, acelga, hinojo.

El jardín botánico hace visible en el espacio de las cosas las conexiones, parentescos y oposiciones entre las plantas; visibilidad sin la cual la lógica botánica sería difícil de establecer. Este tipo de jardines no es, por tanto, un mero resultado de la ciencia botánica, sino su principio activo: pensar y clasificar son hechos operativos en su construcción.


Notas:

1. Arthur W. Hill, The History and Functions of Botanic Gardens, en Annals of the Missouri Botanical Garden, vol.12, No. 1/2, Febrero-Abril 1915, p.185.

2. ibid., p.188.

3. ibid.

4. Michel Foucault, Vigilar y castigar, el nacimiento de la prisión, Siglo Veintiuno, México, 1989 (1976, 1ª), p.145.

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