17 diciembre, 2018

Hassan Fathy, tierra y utopía

por Miquel Adrià | @miqadria

La enorme variedad de arquitectura producida en el pasado siglo quedó reducida al funcionalismo y al organicismo. Si bien algunos autores, como Kenneth Frampton o William Curtis trataron de corregir las ausencias, todo lo que quedaba fuera del mainstream básicamente europeo y estadounidense, se etiquetó como “regionalista” o, peor aún, “turísticamente interesante”. Muchas figuras únicas, como Jože Plečnik en Eslovenia, Dimitris Pikionis en Grecia o el mismo Luís Barragán en México, quedaron relegados a esos capítulos aparte que apendizaron tantos tratados de la arquitectura moderna. Ellos, como Hassan Fathy (1900-1989) en Egipto, tuvieron la habilidad de interpretar las características de sus lugares y sus tradiciones con proyectos que unen pasado y presente. Si la revolución callada de Luís Barragán constituyó un acto de sincretismo entre la modernidad y la idiosincrasia mexicana, Hassan Fathy supo combinar la creatividad arquitectónica con el respeto a las tradiciones, así como el estudio de las antiguas ciudades con el urbanismo moderno. 

Hassan Fathy afirmaba que “necesitamos una revolución, la revolución del adobe, del tabique de tierra compactada, ya que sin adobe no podremos hacer nada”. Lo que el arquitecto denominaba arquitectura para los pobres, hoy en día puede leerse como una arquitectura holística que atiende al lugar, a sus materiales y tradiciones, dotándola del conocimiento funcional moderno. Sus hermosas secuencias de arcos en New Baris o las modestas casas nubias se corresponden al rigor de sus plantas, así como los proyectos de vivienda social en Irak se ciñen a cuidadosos estudios tipológicos. En este caso se trató de un ambicioso proyecto quinquenal, desarrollado por un equipo interdisciplinario, ubicado al sur de Baghdad y que sería modelo para el resto del país. Para mejorar las condiciones de los asentamientos de granjeros y las migraciones a las periferias de la capital, se decidió juntar sus viviendas en villas en lugar de esparcirlos en el territorio que perpetuaría una condición rural difícilmente adaptaptable a futuros crecimientos demográficos y económicos. Cada poblado se equipó con una mezquita, un mercado, una escuela primaria una clínica básica y oficinas administrativas. Es especialmente interesante la tipología de las viviendas en altura que propuso ya que en cierta medida, conservaban las virtudes de las casas aisladas, a las que se sustituía el patio privado por un espacio semi-público para la comunidad y separado del tráfico vehicular. A su vez, los departamentos son de doble altura, privilegiando la ventilación cruzada, y en medio del espacio colocaba un tapanco/dormitorio, debajo del cual se ubicaron la cocina y el baño. 

En sus últimos años llegó a construir una mezquita en Nuevo México para la comunidad musulmana americana, que salvando las distancias religiosas, recuerda la catedral que Ricardo Legorreta proyectó en esos años en Managua. Y con gran generosidad llegó a publicar un manual para la construcción con bóvedas y domos a base de bloques de tierra compactada, para que los pobres de cualquier país en vías de desarrollo pudiera construir con dignidad, sin someterse a las anodinas cajas de concreto. Fathy partió de los estudios de la ONU para comprobar que a pesar de los esfuerzos internacionales, el costo para la construcción de viviendas dignas seguía siendo inalcanzable. Afortunadamente, entendió que podía aplicar las técnicas y las soluciones ancestrales sin necesidad de esperar que llegara el desarrollo económico a los países norteafricanos. Los métodos tradicionales que emplean piedra y arcilla podían resolver lo que no podían llevar a cabo con costosos materiales industrializados, y las técnicas del Antiguo Egipto resultaron ser ingeniosas soluciones para cubrir sus construcciones basadas en bóvedas parabólicas de adobe y domos esféricos.


Hassan Fathy, Earth & Utopia, Salmar Samar Damluji y Viola Bertini, Laurence King Publishing, 2018.

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