31 julio, 2013

Happy city

por Emiliano Ortega Rousset

En este nuevo movimiento, la galería nómada Cultura Surplus presenta una serie de fotografías que muestran una reflexión sobre los tránsitos, la arquitectura, los lugares —o no lugares— de paso. El sórdido exotismo que habita los costados del camino es clasificado fotográficamente por la cámara de Kurt Hollander,  quién —convertido en artista viajero— articula una investigación visual a la par que se desplaza en pos de su objeto de estudio/deseo.

‘Happy City’ trata sobre los moteles de amor en la República Dominicana. Hollander recalca un elemento básico dentro de su poética habitual centrada en sus propios desplazamientos: el análisis de las culturas urbanas y sus particulares estrategias de supervivencia, la conciencia corporal que remite inmediatamente a la conciencia de la propia mortalidad. Este elemento se integra de manera orgánica a su mundo creativo, pues al retratar estos lugares de paso, que muestran arquitecturas posmodernas, fachadas ostentosas demarcadas por anuncios luminosos o portones que apenas ocultan discretos espacios anónimos y uniformes diseñados como fábricas, alude directamente a la corporativización de la industria del placer. Y es precisamente por esta conexión erótica implícita, que la serie cumple un rol complementario a las pulsiones de muerte y al interés por el thanatos, observado en producciones anteriores del artista, mientras que alude de nueva cuenta a los fluidos corporales, pero esta vez de manera gozosa.

La serie está conformada por fotografías a color, en formato medio e impresas de manera digital. Fachadas de “cabañas” que adquieren el carácter de no-lugares al señalarse su papel como índices, continentes del espacio sexual. El cuerpo de la serie bien podría dividirse en dos: las fotografías nocturnas, en donde los anuncios luminosos trazan un dibujo atrayente, una especie de maquillaje que realza su eficacia como indicadores de los espacios del deseo y que formalmente intensifican el carácter sígnico, la preeminencia de la línea y la composición sobre el plano; y las fotos que han sido tomadas durante el día, que nos muestran perspectivas de espacios solitarios y uniformes. Abandonados de momento, toda vez que se han saciado dentro de ellos los impulsos del eros. Han vuelto a la vida inanimada, pre-orgánica, mineral, sin habitantes.

La exhibición es tácitamente una muestra que plantea un comentario sobre los contextos de distribución y recepción de la obra de arte al apostar por un montaje relacional que sitúa los registros fotográficos de fachadas de moteles dominicanos dentro de los cuartos de un hotel. Para presentar esta muestra se ha elegido el emblemático Hotel Oslo (1973), pionero en hoteles para parejas en la ciudad de México, mismo que contextualiza las obras seleccionadas dentro de sus distintas habitaciones. Si en exposiciones anteriores de estas imágenes se había apostado por el simulacro del hotel dentro de las salas del museo, ahora se presentan en una especie de «mise en abyme» que hace una relectura de la serie como huellas de tránsitos vivenciales que nos invitan a repensar los espacios arquitectónicos y sus usos. Montando así un dispositivo que dialoga con las estructuras preconcebidas del espectador y le invita a alojarse momentáneamente al interior de una nueva taxonomía de corte hiperrealista.

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