14 junio, 2017

Hacia una arquitectura de tonos pastel

por Pedro Hernández Martínez | @laperiferia

 

De la vida se dice que no es color de rosa. O no lo era. Al menos hasta la llegada de Instagram. Desde que la plataforma se lanzó en 2010 —sólo siete años, pese a que nos parezca ya un milenio—, su crecimiento ha sido exponencial hasta llegar a los más de 600 millones de usuarios que presenta la actualidad. Sus características fundamentales son, valga decirlo, una fácil vinculación e interacción entre los usuarios basada en uso de los hashtags, comentarios y los “me gusta”, y el uso de una serie de filtros sobre imágenes y fotografías que han permitido ver el mundo de ora manera: como una experiencia compartida a través de la pantalla en deliciosos tonos pastel.

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Ello, claro está, se fundamenta a su vez en cómo las redes sociales comienzan a vincular cada vez más el éxito social con el éxito en la propia aplicación, en donde aquellos que sean capaces de demostrar más, mejor y de forma estética lo vibrante que es su experiencia de vida diaria obtienen mayor reconocimiento, influencia y visibilidad, lo que ha permitido a algunas personas llegar a vivir de ello aun a costa de autoexigirse una ocupación casi total a dicha red social. Sirva de ejemplo una investigación desarrollada por Vice España donde se conversa con varias personas que han visto de sus conquistas la forma de capitalizar su propia vida, con la subsecuente necesidad de tener que acomodar aspectos como su ropa, pelo o, incluso, los espacios en los que se retratan. De alguna manera, ya lo sabemos, todo es un escenario en el que los tonos claros y los lugares apacibles son más apreciados por los usuarios de la red social que otros. La arquitectura, por tanto, tampoco resulta ajena a tales cualidades. Empezando por aspectos más triviales, como el color, que ha hecho del llamado milennial pink —un color rosa cercano al que Luis Barragán usaba en algunos de sus trabajos— la máxima novedad de las ociosas lentes de losinstragramers, tal y como demuestran las brevísimas reseñas y los titulares de webs como The Guardian o Archdaily o el extenso artículo que
El País dedicaba a la arquitectura de Ricardo Bofill, recuperando, para la memoria olvidadiza de nosotros los internautas, el edificio de La Muralla Roja en Calpe, Alicante, realizado en la década de los 60 del siglo pasado, ampliamente divulgado y publicado en libros especializados y redescubierto ahora como objeto de deseo del nuevo universo digital y al que peregrinan decenas de usuarios en la búsqueda de realizar una nueva instantánea.

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Pero cambio más radical que ha sufrido la disciplina de la arquitectura se fundamenta en esta última idea: ya no aprendemos de forma lineal. Ahora apenas hojeamos libros —el escaso tiempo que nos dejan las redes sociales— , sino que preferimos leer en red y documentarnos azarosamente a través de plataformas virtuales como Pinterest, Tumblr o, por supuesto, Instagram. Habrá quien quiera ver en esto una especie de deriva negativa del mundo contemporáneo —vamos a peor, dirán— , pero lo cierto es que la llegada de internet desestabilizó ya desde hace tiempo la forma en la que se realiza la enseñanza arquitectura: ahora miles de dibujos y fotografías viajan diariamente por las redes de forma desquiciada, desordenadas y fuera de tiempo, corrompiendo las ya obsoletas nociones de autoría y autoridad que se enmarcaban en las figuras del profesor y el alumno. De otro lado, aparece un grupo de entusiastas diseñadores que ven en Instagram una herramienta absolutamente necesaria en nuestro presente.

Por ejemplo, el arquitecto Marc Kushner se apuraba por asegurar en su TEDTalk que Instagram e internet permiten acercar el diseño al gusto de la gente: “Estamos en el umbral de la mayor revolución en la arquitectura desde la invención del concreto, del acero o del ascensor: la revolución de los medios. (…) [Con la velocidad de los medios actuales] se desdibuja la separación entre arquitectos y público, y ahora podemos hacer símbolos casi instantáneos”. Kushner aplica esta teoría a uno de sus propios proyectos: “publicamos las imágenes en Facebook e Instagram y dejamos a la gente hacer lo que hace: compartir, comentar, dar a me gusta; eso significó que dos años antes de que se terminara el edificio, ya era parte de la comunidad”. Esto es: la gente estaba preparada para un diseño que en su estudio veían como audaz, se lo apropió y comenzó a compartir sus videos y fotografías en el edificio en Instagram: “El edificio dejó de ser sólo un edificio y se convirtió en un medio de comunicación. (…) Conforme uno usa [las fotografías] para contar su historia, se convierten en parte de la narrativa personal” y los nuevos medios pueden hacer parte de sí otros usos y posibilidades de la arquitectura, conteniendo espacios y programas innovadores donde los usuarios alcancen nuevas experiencias que luego, claro está, puedan compartir en sus redes sociales.

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La idea de Kushner de que la tecnología puede suplir la tradicional falta de comunicación entre usuarios y diseñadores, no hace sino producir cierto sonrojo, porque, aunque es verdad que con las nuevas tecnologías se generan nuevas formas de comunicación, pensar que éstas, por el simple hecho de generarlas, dan lugar a mejores formas y edificios, es confiar demasiado en sus posibilidades. Pese a ello, Kushner acierta al decir que “los medios digitales no sólo han cambiado la relación entre nosotros, sino también entre nosotros y los edificios”, ya sea desde dentro o desde fuera de la disciplina. Ahora que se realizan concursos donde gana el edificio que mayor cantidad de compartidos, no podemos negar que Instagram y aplicaciones móviles similares han redefinido el valor de la arquitectura, así como la forma que la vemos y, por tanto, la hacemos nuestra en los procesos de diseño. Siguiendo esta idea, Adrian Phiffer publicaba en Archdaily recientemente un manifiesto en donde exaltaba las cualidades de la app: “Instagram es superficial. Lo digo como un elogio. Su superficialidad es hermosa. Es esa ligereza que surge cuando juzgas todo visualmente. (…) Instagram es síntesis. Instagram es arte”.

Por supuesto, Phiffer sólo ve el lado positivo y radical del asunto hasta el exceso, llegando a asegurar que Instagramfunciona como el Atlas Mnemosyne de Aby Warburg, cuando, pese a tratarse en ambos casos de formas de “pensar con imágenes”, las formas de lectura de uno y otro son completamente distintas —Instagram aplica un algoritmo basado en nuestras interacciones y Warburg despliega al mismo tiempo toda una galería de imágenes— , pero resulta oportuno en sus palabras cuando nos dice que el mundo ya ha cambiado. En un contexto dominado por pantallas móviles, sólo aquella arquitectura que sea capaz de circular más fácilmente en esos medios, tendrá una visibilidad mayor que otras. Ello, por supuesto, afectará a las imágenes y a las arquitecturas que producimos: desde ahora, nuestros diseños deberán ser más fotogénicos a la lente de las cámaras; deberán, por tanto, hacerse más superficiales —esto es, contar más en menos tiempo— para retener un poco más de tiempo la mirada del lector. Nuestro éxito, al parecer, dependerá de ello.

black-mirror-nosedive-wedding (1)Nosedive. Black Mirror 3×01. Netflix






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