5 diciembre, 2018

Habla ciudad : París

por Pilar Echezarreta

 

Paris es la ciudad-vitrina por excelencia. Lo que ahí sucede será fríamente analizado por capitales gemelas —Nueva York, Londres, Roma— con las que conserva una relación de exacerbada rivalidad. Y será gran influencia para otras capitales. Quizás su condición de capital internacional de la moda inspira a otras disciplinas a adoptar un ritmo desenfrenado de promoción: un exhibicionismo particular. Es la ciudad deseada y repudiada, tan socialista como elitista, es la sabiduría del día que se abandona a la decadencia de la noche.

A diferencia de otras ciudades-taller, Paris es la ciudad-vitrina sobre una avenida de lujo, llena de luces y donde la exposición debe renovarse sin cesar. Como cualquier capital europea, Paris no produce: exhibe. Y para ello precisa de una decoración majestuosa, ahí el rol de la arquitectura.  Decoración no de la manera estéril en que lo es Venecia. La decoración de Paris se manifiesta a escala urbana y arquitectónica, en sus avenidas, sus jardines, sus edificios, sus fachadas, puentes, fuentes, glorietas, como soporte de ‘espectaculos.’ Protestas, desfiles, homenajes, ferias, cumbres, aniversarios: si suceden en Paris, toman una proporción mágica, casi ridícula.

Su arquitectura hace posible el espectáculo como ninguna otra capital. Que las sillas de las terrazas de los cafés hayan visto siempre en dirección al pasear de los transeúntes es prueba indiscutible de ello. Hasta los carriles para bicicleta son galerías dinámicas de especímenes urbanos sobre dos ruedas impecablemente diseñadas. Los ejes, los grandes bulevares, las avenidas: son pasarelas. Lo que en los cincuenta fuera Saint Germain, se ha desplazado y multiplicado hacia los Faubourgs, las orillas del Sena, los mercados… La ciudad es un sistema de dispositivos para exhibir y exhibirse. En el proyecto para el restaurante de la  Opera Garnier, de Odile Decq, los comensales están literalmente en un gran escenario separados del publico por un inmenso telón de vidrio.

Probablemente más tarde que otras ciudades, Paris ha tenido que adoptar políticas de desarrollo sostenible. Esa mezcla de exhibicionismo y desarrollo sostenible, en principio incompatibles, hacen de Paris un experimento interesante. Si los Campos Elíseos era el destino turístico por excelencia, hoy el turista —consciente de la magnitud del fenómeno urbano— irá de picnic a las orillas del Sena y comerá productos cultivados y cocinados en la región Parisina, rentará una bicicleta para recorrer la ciudad y llevará de souvenir un café de Nicaragua tostado en los bajo fondos de la Goutte d’Or.

La actual marea urbana lleva al flaneur de Baudelaire versión 2010 —el eco-flaneur de la Roquette a Alligre, del Canal Saint Martin a la Grange Aux Belles, del Sentier al Faubourg Saint Denis, de Pigalle a Coulaincourt. Evitando la vulgar globalización, evitando sentirse en un lugar como en cualquier lugar. En busca de la esencia 100% pura de Paris.

A la par, desde 2001 el gobierno de Delanoë ha hecho todo por acompañar el parcours del eco-flaneur, focalizando los esfuerzos en infraestructura, orillándolos al gadget: construcción de vías para bicicletas, reorganización de los bordes del rio, reducción del consumo eléctrico de la iluminación urbana, diseño de botes de basura… Contados proyectos arquitectónicos intramuros han tenido la fuerza suficiente de dictar teoría. Si Paris-ciudad, y en consecuencia sus edificios, debe ser plataforma de exhibición, la Arquitectura debe proporcionar toda la seguridad posible de aquellos en exhibición. Las restricciones impuestas por el gobierno al diseño arquitectónico se han vuelto para ello cada vez mas exigentes, encerrando al arquitecto en un imposible juego de normativas. Una generación de arquitecturas hechas con el recetario del reglamento de construcción. Y sin embargo una política que genera microscópicas válvulas de escape para arquitecturas de importancia patrimonial —y económica— que como cajas de Pandora asustarían al mas temerario de los ciudadanos.

El desgraciadísimo proyecto para la renovación de Les Halles, en pleno corazón de la ciudad, que estará listo en 2014, fue representado como una etérea canope que cubría y daba escala a esta cicatriz urbana y que hoy en día se materializa como una gigantesca manta de acero. El proyecto para la Filarmónica de Paris de Jean Nouvel en la Ciudad de la Música, contrario a los fundamentos de la acústica, es un bunker gigante de concreto armado al cual se le cuelgan elementos internos, de fachada y pasarelas. La Fundación Louis Vuitton, proyecto de Frank Gehry, que como un enorme ave de cristal se posa sobre el Bosque de Boulogne ahuyentando el comercio sexual que históricamente ha caracterizado el lugar. Y más al sur, en la Puerta de Versailles, la Torre Triangulo de Herzog & De Meuron clava cual cuchillo sus 180 metros de altura sobre un barrio donde la altura máxima no sobrepasa los 9 niveles. Es posible leer esta serie de edificios/monumentos como un collar de monstruos que custodian la vieja Paris en ebullición. Quizás el Leviathan de Anish Kapoor para Monumenta 2011 ya anunciaba la monstruosidad en la que —a fuerza de restricciones— se transformaría la arquitectura parisina.

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