3 septiembre, 2018

Habitar contra la metrópoli

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

La  metrópoli  se  ha  convertido en  una  megafábrica  sobre  la que  se abate una tormenta de fuego sin precedentes.

Marcello Tarì, Un comunismo más fuerte que la metrópoli

 

Al inicio de su libro De las causas de la grandeza de las ciudades, publicado en 1588, Giovanni Botero dice: “Llámase ciudad, muchos hombres recogidos en un lugar para vivir con felicidad; y grandeza de ciudad se llama no el espacio del sitio o lo que rodean los muros sino la muchedumbre de los vecinos y su poder; y los hombres se juntan movidos por la autoridad, o por la fuerza o por el placer o del producto que de ellos resulta” (traducción de Antonio de Herrera, publicada en Madrid, 1593). Como, entre otros, Vitruvio, mil quinientos años antes, o Rousseau, un par de siglos después, Botero imagina a los primeros hombres habitando “esparcidos por los montes y por los llanos, casi como bestias, sin ley, sin conformidad de costumbres y sin manera de política conversación”. Fuera de la ciudad no hay civilización posible y con Botero se afirma la idea de que la ciudad es su población y su fuerza la cantidad de la misma e, incluso, usando términos contemporáneos, su densidad.

Poco más de tres siglos después de Botero, Georg Simmel publicó, en 1903, uno de sus textos más conocidos y citados, La metrópolis y la vida mental. Simmel inicia diciendo que “los problemas más profundos de la vida moderna surgen del intento del individuo de mantener la independencia y la individualidad de su existencia frente a las avasalladoras fuerzas sociales que comprenden tanto la herencia histórica, la cultura externa, como la técnica de la vida.” Esa vida moderna es la del sujeto que piensa que es sólo porque piensa solo. Los otros se vuelven así una fuerza avasalladora frente a la que el individuo se revela rebelándose. Si en la idea política —biopolítica, dirá Andrea Cavalletti— de Botero de la ciudad como la relación de una población y un territorio, el límite inferior lo marca la disgregación, para Simmel el límite superior también apunta, en cierto sentido, a otro tipo de disgregación. “Entre más pequeño sea el círculo que forma nuestro entorno” —dice Simmel— “y más restringidas las relaciones que tienen capacidad de trascender los límites, mayor será la ansiedad de la estrecha comunidad al vigilar los logros, la conducta y las opiniones del individuo.” Eso que el dicho traduce como pueblo chico, infierno grande. La vida mental metropolitana, en cambio, “le concede al individuo un espacio y un tipo de libertad personal sin parangón alguno bajo otras condiciones.” O, como explica el consejo nocturno: “En las existencias metropolitanas lo que predomina son modos distantes de socialización sin convivialidad.”

“El consejo nocturno no es un autor, colectivo u organización” —se lee en la primera página del libro Un habitar más fuerte que la metrópoli. “Su existencia —en la órbita del Partido Imaginario o del comité invisible— es sólo «de ocasión»: sus miembros se limitan a reunirse en momentos de intervención, porque la intervención es un modo consecuente de escritura que conciben a la altura de esta época. Se sitúa en lo que algunos siguen habituados a llamar México, país ahora hecho pedazos por años de guerra civil legal emprendida por el gobierno local contra «el narcotráfico».” El consejo nocturno parte de plantearse el problema —hoy más problemático que nunca— de habitar en común frente o en contra del “megadispositivo metropolitano”. En la metrópoli, explican, el poder deja de ser eso que da órdenes para “constituirse como el orden mismo de este mundo”. En la metrópoli el ciudadano deja de serlo y pasa a ser hombre gobernado y la población no es más que capital humano. “Lo que predomina bajo la metrópoli —agrega el consejo nocturno— es una condición generalizada de extranjería, que nos prohibe seguir usando la palabra «habitante» para referirnos a sus inquilinos”.

La arquitectura de la metrópoli busca conseguir lo que ya Benjamin había advertido de la arquitectura moderna, que con su vidrio y su acero construye espacios en los que resulta imposible dejar ninguna huella —algo que, con Simmel, el mismo Benjamin y buena parte de la vanguardia artística y arquitectónica de principios del siglo XX pensó como una experiencia a la vez, paradójicamente, empobrecedora y liberadora. En la metrópoli, afirma el consejo nocturno, “todos los espacios donde transcurre la vida son transformados en pura estética, unificados al fin arte y vida cotidiana en una contemplación espectacular sin fin.” La metrópoli reúne pero mantiene la separación de lo que reúne y más: la acrecienta. El afuera siempre es un adentro, escribió Le Corbusier, confirmando así lo que el consejo nocturno dice de la “racionalidad arquitectónica” en la metrópoli: que “diseña sin cesar distintos y novedosos dispositivos capaces de combinar espacios aislados con la mínima capacidad requerida para entrar en contacto con lo exterior”, entendido no sólo como el afuera sino también como los otros, indispensables para pensar un nosotros. La arquitectura de la metrópoli produce constantemente, dicen, “cunas de atomización” que “dan lugar al sujeto idiota, contento consigo mismo por haber sustituido todo principio de comunidad por el principio de comodidad”. ¿Hay salida de estos interiores sin afuera?

“Cuando nosotros hablamos de «salir de la metrópoli» —escriben—, se equivocan quienes oyen automáticamente un llamado a «irse al campo»”. La posible salida se encuentra en una relación distinta entre los habitantes y su territorio y entre ellos mismos: “Vencer la soledad organizada por la metrópoli coincide con la elaboración de unas densidades afectivas y unos modos de convivialidad más fuertes que todas las necesidades presupuestas-producidas por el paradigma de gobierno, que hacen de nosotros unos lisiados y nos separan de nuestra propia potencia”. Habitar un territorio, nos dicen, “es en primer lugar experimentarnos territorialmente a nosotros mismos.” Para este habitar, el consejo nocturno propone una no-arquitectura o una arquitectura vernácula donde habitar signifique “vivir en cuanto que cada trazo, cada gesto, cada uso suscite formas en un espacio singular” y donde cada habitante sea al mismo tiempo constructor.

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