27 abril, 2017

La fe también traza ciudades

por José Acévez

 

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Guadalajara: la tradicional, la criolla, la mal planeada, la industrial. Los vocativos para describir a la capital de Jalisco son vastos, pero uno que siempre será prioritario será el de ciudad religiosa. Para la mayoría de los tapatíos, religión y vida cotidiana son casi dependientes y su desarrollo ha trastocado más allá de las identidades sociales para convertirse en un elemento reconocible de estilos arquitectónicos y trazos urbanísticos. Y aunque el monopolio del catolicismo es más que claro, es cierto que en décadas recientes la diversidad de creencias se ha expandido. Como bien han estudiado Renée de la Torre y Cristina Gutiérrez, a pesar de que, ante los censos, más del 90% de la población en la ciudad se denomina católica, el número de templos de otra religión es casi el mismo: 449 contra 472 católicos. Por supuesto que los tamaños de los recintos son distintos; sin embargo, geográficamente, la distribución es muy similar y podemos asegurar que en cualquier zona de la metrópoli conviven más de dos religiones. Así, en una de las cunas más recalcitrantes del cristerismo, resulta un reto significativo habitar una ciudad que se dicta desde su catolicismo. En este texto reviso dos casos emblemáticos (y contrastantes) de la manera en que Guadalajara se ha definido como urbe a partir de las creencias de sus pobladores y de cómo el diseño urbanístico ha fungido, también, como aliciente para reproducir creencias dominantes.

La Cruz de Plazas: paradoja en la modernidad tapatía

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Guadalajara fue quizá una de las ciudades mexicanas más afectadas en su patrimonio debido al auge del modernismo urbanístico en el país. El Centro Histórico es el ejemplo más claro. En 1947, el gobernador José de Jesús González Gallo (padre del arquitecto Fernando González Gortázar) impulsó políticas que apostaron por la amplitud, la eficacia y el ingreso del automóvil a lo que había sido el corazón del asentamiento virreinal. Su aliado fue el ingeniero Ignacio Díaz Morales, uno de los personajes con más peso simbólico en la ciudad al diseñar gran parte del trazo que hoy transitamos. Cuentan que un día, mientras se encontraba en la azotea de Catedral con la sombra de las dos torres neogóticas detrás, observó el paisaje posterior del edificio y vislumbró de lejos al Teatro Degollado que lo cubrían dos manzanas de edificios —en su mayoría construidos a inicios del siglo xix— y se imaginó ahí una gran plaza. La nostalgia por los patios de las antiguas casonas porfirianas lo llevó a querer dar un patio común a los tapatíos y propuso el proyecto de derribar los edificios que ahí se encontraban para hacer la gran plancha de concreto que exigía la modernidad. Para completar el proyecto —que por razones aún poco exploradas no concluyó Díaz Morales, sino que fue desarrollado por arquitectos del estado una vez que Agustín Yáñez tomó la gubernatura— se propusieron abrir dos plazas más: una frente a Catedral y otra en el costado norte, que aprovechaba un pequeño jardín del templo de la Soledad, una construcción del siglo xvii que fue suplantada por la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres (muy ad hoc al reconocimiento ilustrado de la modernidad). Estas nuevas plazas se sumaron a la plaza más antigua de la ciudad, la de Armas, en el costado sur.

Este curioso proyecto, que en ningún momento fue explícito en sus intenciones, logró concretar con planchas de cemento un símbolo moderno del carácter católico de la ciudad: visto desde arriba las plazas forman una cruz latina cuyo centro es la Catedral de Guadalajara. Como si le hicieran una alabanza a la mirada cenital de un dios cristiano, romano y americano; como si exigiera a cualquiera que transitara por ese espacio una reverencia al máximo símbolo del catolicismo. El corazón simbólico de Guadalajara existe en una paradoja entre la modernidad avasallante y el regionalismo tradicional, siempre católico.

La Hermosa Provincia: la oficialidad de los márgenes

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En las narrativas sociales de Guadalajara se encuentra un hecho que sirve para justificar divisiones de clase, de raza, de etnia y de otros imaginarios que implican dominación. La ciudad se fundó a orillas del río San Juan de Dios, las villas de los españoles quedaron al poniente y las villas de los indígenas al oriente. Cuando en el Porfiriato se entubó el río para crear la gran Calzada Independencia, la sociedad burguesa se sirvió del dicho “de la Calzada pa’allá” para referirse a que, del lado oriente, la ciudad era distinta, tenía otro pasado y en la expresión existe un dejo de franco clasismo.

En la parte más oriental de la ciudad se estableció a mediados de los ochenta la sede de la iglesia pentecostal de origen mexicano más importante, La Luz del Mundo. La magnificencia de su templo principal es abrumador y extraordinario: una torre blanca cuya estructura piramidal simula el vestido de una novia. Construido entre 1983 y 1991 por Leopoldo Fernández Font, sus simbolismos son explícitos tanto a las lecturas bíblicas como de la doctrina de la iglesia, fundada por Eusebio Joaquín González, el hermano Aarón, un exmilitar que en 1926 recibió el llamado de dios para predicar su palabra. El templo es el corazón de la Hermosa Provincia, el barrio donde se asentó la primera comunidad de creyentes, que al momento se ha expandido a más de 25 países. Como en la Cruz de Plazas, la Hermosa Provincia reproduce en sus calles y monumentos las creencias que dominan en la comunidad: el templo es entrecruzado por las calles de Getsemaní, Jordán y la Calzada de Samuel Joaquín Flores (hijo de Aarón), y todo lo que rodea a la colonia está en sintonía con la doctrina de los hermanos: hospital, farmacia, librerías, escuelas y unidades deportivas. Los habitantes del barrio se caracterizan también por su aspecto: los hombres casi siempre en pantalón y camisa “de vestir”, y las mujeres con sus faldas largas y ajustadas, junto con el velo. El fervor de los creyentes se contagia en la sensación que rodea a la colonia: el oficialismo de un movimiento no católico que sobrevivió y se afianzó a pesar de la Revolución y el conflicto cristero. Un movimiento que se dice tan cristiano como mexicano, que reinterpreta el mensaje del pueblo de Israel para trasladarlo al intersticio cultural de una generación que migraba del campo a la ciudad.

La Hermosa Provincia y la Cruz de Plazas son ejemplos de cómo Guadalajara se concibe desde lo que se cree, desde la alabanza indirecta. La religión es una cuestión primordial para la identidad de los tapatíos, pero no se reduce a una sola denominación, a pesar de que se venda la idea de que aquí todos le rezan a la oficial y la histórica. ¿Cuál es la que se reconoce, la que se muestra al exterior? Si la Catedral pasó de ser un emblema religioso a uno turístico, no deja de sorprender que el simbolismo urbano de la modernidad haya replicado el fervor católico característico de la región. Conocer Guadalajara, su centro, su origen, es rendirle culto a un movimiento religioso en particular. Sin embargo, en los márgenes, a las afueras, también hay otras formas no oficiales, no siempre reconocidas, de movimientos tan místicos e inexplicables como el catolicismo y que hacen de esta ciudad su asiento y su orgullo. Porque si algo podemos asegurar de Guadalajara es que el fervor religioso mantiene vivo su carácter conservador.

 


Ciudades Paralelas es el inicio de una serie de entrevistas y reflexiones en torno a las formas marginalizadas de habitar la ciudad, formas que existen a pesar de los discursos unificadores que buscan volverla para una clase única de urbanita: la ciudad de las mujeres, la ciudad de los peatones, la ciudad de los niños, la ciudad de los que no tienen un techo y la ciudad de los afectos distintos serán algunos de los segmentos que buscamos abordar. 

 

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