24 junio, 2015

Goeritz con H de historia, con H de harto

por Christian del Castillo

El 4 de abril del presente año, se cumplieron 100 años del natalicio de unos de los creadores más importantes que el mundo ha dado y que, para fortuna de nosotros, vivió desde 1949 –año de su llegada al continente americano– en México. Su nombre es –y me refiero en verbo presente por la vigencia de su pensamiento, creación y legado– Mathias Goeritz (Danzig, hoy Gdansk, Polonia, 1915 – Ciudad de México, 1990).

Con este pretexto el pasado 27 de mayo se llevo a cabo en el Palacio de Iturbide la inauguración de la exposición El retorno de la Serpiente y la invención de la Arquitectura emocional, curada por Francisco Reyes Palma.

Esta exposición ofrece una lectura interdisciplinaria de la basta producción artística –en el más amplio sentido de la palabra– de Goeritz, abarcando su obra temprana, desarrollada en el viejo continente e influenciada por sus contemporáneos abstractos y las vanguardias de avanzada, como el cine expresionista alemán y la escuela de la Bauhaus –por mencionar algunas–; su breve paso por Guadalajara, donde impartió el curso de Educación visual, dejando un legado pedagógico y de creación eterno, pero con ciertas discrepancias con el contexto tapatío, entre ellas, el gesto de homenaje de Goeritz hacia Orozco, materializado en una escultura –que para suerte se presenta en esta exposición– y que fue mal visto por la óptica de ciertos personajes de la cultura y sociedad del Estado; así como todo el proceso creativo, discursivo y plástico adquirido y desarrollado en la Ciudad de México, hasta su deceso el 4 de agosto de 1990.

La exposición gira en torno al concepto de Arquitectura emocional, mismo planteamiento teórico que se materializó formalmente con la edificación de El Museo Experimental El Eco en 1953, rescatado y restaurado por la UNAM en 2004, y que para este caso, como recibimiento y remate visual una réplica de la extinta escultura de La Serpiente de El Eco –también llamada con el no tan conocido nombre de Ataque– albergada hasta 1964 en el patio de dicho espacio.

La basta, compleja y fructífera obra reunida en el Palacio de Iturbide –que, para esta ocasión, cuenta con 30 piezas más que en su sede anterior, el Museo Reina Sofía en Madrid– suma un total de 540 objetos, entre los que se encuentran, dibujo, pintura, escultura, maquetas de proyectos construidos y no construidos, bocetos, murales, recortes de prensa de la época, entre otros, divididos en varios núcleos temáticos.

Jerusalén

La obra presentada, desde mi perspectiva, es bastante puntual y positiva, ya que el mapeo de la misma requirió una labor minuciosa en el contenido y antecedentes, al mostrar obra inédita en diferentes formatos. Tal es el caso de El Laberinto de Jerusalén, obra arquitectónica poco conocida, relacionada con el “zigurat”, el trabajo colectivo, el judaísmo, el islam y el cristianisimo y, de nuevo, con el concepto de Arquitectura emocional. Otros casos son las maquetas para diferentes proyectos de torres, desde las famosa Torres de Satélite –de las que se presenta el primer apunte o idea conceptual del proyecto– hasta la propuesta de rascacielos subterráneos o Las puertas a la nada, un conjunto escultórico de siete volúmenes verticales –siete como número teológico- además los recortes de prensa, que juegan un papel importante, ya que permiten apreciar la crítica constructiva o destructiva de época; el mural del Instituto Goethe, restaurado recientemente, cuya geometría sugerente, color y escala, bien permiten conocer el pensamiento sintético del autor; las esculturas en talla de madera, como El ángel o Los amantes, ubicadas originalmente en la Casa Prieto López del arq. Barragán y en el acceso del Hotel Presidente del arq. Sordo Madaleno en Acapulco, respectivamente. En otro momento de la exposición se integra la visión periférica y colectiva, se muestran las maquetas, bocetos y fotografías de la Ruta de la Amistad, proyecto liderado por Goeritz en el marco de la xix Olimpiada en 1968 en México en colaboración con el arq. Pedro Ramirez Vázquez. Así, la muestra continua su flujo, un sin fin de obra que permirte reflexionar sobre la constante producción de un creador eterno, que supo cómo materializar su pensamiento, manifiestos y advertencias.

En contraposición de la ardua tarea de compilar la obra presentada, la museografía considero no fue lo más precisa. El uso excesivo del dorado en muros falsos, que sirven como telón a determinada obra, es un abuso que no permite apreciar la obra en primer plano, donde la luz que refleja resulta molesta; remitir a dicho color teniendo los monocromos o mensajes dorados del autor, está por demás. Algunas otras piezas con trayectoria notable, como El Carnicero –expuesta hace algunos meses de manera fenomenal en el Museo de Arte Moderno en la Cd. de México– queda arrinconada junto a un columna. Un gesto que se repite con varias piezas en la planta baja del recinto, restando presencia al objeto expuesto.

El retorno de la Serpiente y la invención de la Arquitectura emocional es una muestra clara y contundente para aquel que por primera vez, así como los ya goeritzianos consagrados, se adentren en el pensamiento extenso, complejo y creador de Goeritz, una extensa muestra que permite saber quién se adelantó a su tiempo, dejando un legado vigente de ideales, así como numerosas investigaciones en marcha y venideras sobre su obra, pensamiento y vida.

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