2 julio, 2016

Glorietas revolucionarias

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

Columbus Circle, New York, 1907

William Phelps Eno nació en Nueva York en 1858. Trabajó en el negocio familiar, los bienes raíces, pero su verdadera pasión era el estudio del tráfico motorizado, que le tocó ver nacer y a lo que dedicó en principio sus horas libres y, luego, no sólo todo su tiempo sino su fortuna. Eno fue pionero de los reglamentos de tránsito que, según escribió en 1900, debían consistir en “reglas concisas, simples y justas, fáciles de entender, obedecer y aplicarse bajo acción legal.” Eno propuso que se obligara a los conductores a obtener un permiso para conducir, tras demostrar no sólo que podían manejar un automóvil sino que conocían las reglas para hacerlo. También inventó el signo de alto, los pasos peatonales y las calles de un solo sentido, entre otras cosas. En 1905 se inauguró en Nueva York la glorieta de Columbus Circle, en una de las esquinas de Central Park. Eno la diseñó y se le reconoce como su inventor, aunque como con el caso de muchas otras innovaciones, otros estaban pensando lo mismo al mismo tiempo. En Francia, el arquitecto y urbanista Eugène Hénard, nueve años mayor que Eno, diseñó el crucero giratorio de la place de l’Étoile, en Paris, que se terminó de construir al año siguiente de Columbus Circle. Tanto para Eno como para Henard, el objetivo al diseñar las glorietas era reducir el riesgo de accidentes en los cruces de calles y garantizar una circulación fluida. Un efecto colateral fue generar, al centro de las glorietas, grandes espacios abiertos y prácticamente vacíos —dada la obligación de asegurar la visibilidad para los conductores— y, debido al tráfico, generalmente inaccesibles para los peatones. Espacios que, con el tiempo, resultaron propicios para ser ocupados y tomados en actos de protesta. En su pequeño libro The Roundabout Revolutions, Eyal Weizman cuenta la historia política de esos espacios.

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El trabajo de Weizman ha girado al rededor de la idea de una arquitectura forense, que él define como “el trabajo de testigos expertos que presentan su análisis estructural en un contexto legal.” La arquitectura forense es una “arqueología de un pasado reciente” que busca, sobre todo, determinar responsabilidades en casos de conflicto. Weizman inicia el proyecto de las glorietas revolucionarias con una imagen: en mayo de 1980 una serie de protestas estudiantiles en la ciudad de Gwangju, Corea del Sur, culminó con la ocupación de una glorieta en la ciudad. La toma de esa glorieta no es un caso aislado. Después vendrían la plaza Azadi, en Teherán, en el 2009 y la 7 de noviembre de 1987, en Túnez, en el 2010, la Tahrir, en el Cairo y la glorieta de La Perla, en Bahrain, ambas en el 2011, la Taksim, en Estambul y la plaza Europea, en Kiev, Ucrania, en el 2013. Waizman analiza qué es lo que hace que ese tipo de espacios sean escenario recurrente de protestas y ocupaciones. Concebidas en principio como espacios que privilegian la circulación que se autorregula mediante acciones individuales, parece que por lo mismo favorecen lo contrario: la ocupación por acciones colectivas, aunque también autorreguladas. Al estar en el cruce de varias avenidas, es fácil llegar y, en consecuencia de lo mismo, el resultado de cerrarlas al tránsito es mayor que al ocupar una plaza tradicional. El efecto de la subversión es, pues, total: espacios que funcionan como dispositivos concebidos a partir de un pragmatismo casi absoluto que los limita a un solo fin: la circulación mayoritariamente de automóviles de uso individual, se transforman en lugares para revueltas comunitarias basadas en buena parte en el diálogo entre los participantes que se rehusan a dejar su sitio —exactamente lo que ni busca ni podría hacer un conductor en su coche. Para Weizman, las glorietas revolucionarias son un primer paso para la protesta que no basta. A la rotonda debe seguir otra forma que curiosamente también se basa en el círculo: la mesa redonda. “Estos dispositivos políticos gemelos —dice— : el poder transformador de la gente en las calles y de las «asambleas democráticas» capaces de tomar el poder, deben acompañarse uno al otro.”

Eyal Weizman, The Roundabout Revolutions, Sernberg Press, 2015

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