9 julio, 2020

Gilles Clément: un jardín contra la pandemia

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

Jardinero. Varias veces Gilles Clément ha dicho que ese término define su actividad, “privilegia lo vivo y muestra una preocupación por lo que vive y se desarrolla y transforma com el tiempo”. En una conversación con Philiippe Chiambaretta, Clément dice que la jardinería “nos coloca en una relación permanente con los seres vivos que establece interacciones que son esenciales para mantener su balance y que no requieren la intervención del hombre.” En su presentación en el College de France, Clement se presentó así:

Mi práctica profesional consiste en una actividad global que incluye la concepción y realización de paisajes o jardines, la escritura y publicación de textos ligados a esa actividad y la comunicación razonada de esa práctica. Ese último punto da lugar a conferencias, exposiciones y también, y sobre todo, a una pedagogía del “proyecto de paisaje” en el marco de la enseñanza, dispensada, principalmente, en la Escuela nacional superior de paisaje de Versalles.

Gilles Clément nació el 6 de octubre de 1943 en Argenton-sur-Creuse, una comuna en el Valle del Loira que hoy no llega a los cinco mil habitantes. Cuando tenía siete años, su familia se mudó a Argelia. En una entrevista con Denis Bratton, publicada en Log en el verano de 2008, Clément dice: “Era la primera vez que veía un paisaje desierto, y fue estremecedor: la ausencia de plantas, la ausencia de cualquier cosa verde en el terreno. De hecho me daba miedo. Hasta entonces, había dado por hecho el paisaje rural de mi hogar. De hecho, me perturbaron bastante mis primeras impresiones del paisaje argelino. La experiencia de viajar al norte de África no me hizo tanto comprender el paisaje allá como estar más al tanto del lugar que había dejado atrás, del paisaje de mis orígenes.” De vuelta en Francia, Clément estudió en la Escuela superior de horticultura en los años sesenta, donde él mismo empezó a enseñar en 1979. Se dio a conocer por sus jardines, como los del Parque André Citroën, en París, realizado junto con el arquitecto Patrick Berger, o en el Parque Matisse, en Lille —parte de la primera fase de Euralille, propuesta por Rem Koolhaas— que incluye la isla Derborence, un bosque inaccesible de dos hectáreas y media sobre un pedestal de concreto, o los jardines del Arco de la Défense, que hizo junto con Paul Chemetov.

También es conocido por sus textos, como el Manifiesto del Tercer paisaje, publicado en francés en el 2004. Ahí, junto con las reservas, “lugares no explotados”, cuya “existencia se debe al azar o bien a la dificultad de acceso que hace imposible o muy costosa la explotación”, y los residuos —en francés usa la palabra délaissé, que implica abandono, cierto olvido o falta de atención— que define como lo que “procede del abandono de un terreno anteriormente explotado”, sea agrícola, industrial, urbano, turístico, etc., habla del Tercer paisaje, que “corresponde a la evolución dejada a cuenta del conjunto de seres biológicos que componen el territorio en ausencia de cualquier decisión humana.” A estas tres definiciones se podrían sumar otras tres, que dio al inicio de su Lección inaugural en el Collège de France, el primero de diciembre de 2011. Entonces dijo que el paisaje “designa aquello que se encuentra bajo la extensión de la mirada. Para quienes no pueden ver, se trata de aquello que se encuentra bajo la extensión de todos los demás sentidos.” El paisaje es, agrega, “aquello que guardamos en la memoria tras dejar de ejercer nuestros sentidos en el seno de un espacio investido por el cuerpo.” El ambiente —environnement— es, dice, “justo lo opuesto al paisaje en tanto busca entregarnos una lectura objetiva de lo que nos rodea”. El ambiente aparece “como la reducción contable y que aparentemente puede ser dominada de una complejidad biológica difícil de comprender y dominar.” Finalmente está el jardín, que Clément distingue del ambiente y del paisaje y, acogiéndose a la etimología del término, concibe como un lugar cerrado, protegido. “Un recinto protegido. Al seno del recinto se encuentra lo «mejor»: aquello que estimamos como lo más precioso, lo más bello, lo más útil, lo más equilibrado.”

Gilles Clement ha opinado recientemente sobre la pandemia provocada por el Sars-Cov-2. En un texto fechado el 13 de abril de 2020, que debió haberse publicado en el periódico Le Monde pero que según el mismo Clément fue rechazado, planteaba que el enemigo de las grandes multinacionales “no es el virus invisible, una pandemia, sino el posible acceso a otro modo de vida. Lo peor —para esas empresas— sería llegar a una economía que prescinda del gasto. Esa sería su peor pesadilla.” Y más adelante dice:

“Estamos redescubriendo los gestos de la gestión doméstica ancestral y casi campesina. Los que tienen un jardín tienen suerte. Para ellos, el confinamiento vacacional se convierte en una oportunidad inesperada para transformar el espacio ornamental en una emergencia alimentaria; uno no impide al otro: un huerto también es un paisaje.”

En otra entrevista, publicada el 29 de abril de este año, Clément afirma que, tras la crisis, vendrá “la relocalización de los citadinos en el campo. Es el redescubrimiento de que hay cosas más urgente y esenciales. Para algunos, su jardín se transformó en huerto. Será interesante ver el regreso de los jóvenes a trabajar en la agricultura local.” También, dice, “se tomará consciencia de la utilidad de los servicios públicos. Todos quienes creían que la verdad era la pribaticación y el dinero en las bolsas de los accionistas se llevaron un golpe.” Y en una conversación con Manuel Orazi, publicada el 2 de junio en el sitio de la revista Domus, Clément habla de que vendrá un redescubrimiento de la economía doméstica, del cuidado de la casa y del jardín. El jardín, pues, como una respuesta a la pandemia. 

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