17 mayo, 2018

Gente

por Saskia Sassen

 

¿De quién es la ciudad? Las ciudades son sistemas complejos pero incompletos que no pueden ser controlados del todo. Es esa mezcla de complejidad e incompletud lo que da a las ciudades su larga vida a lo largo de periodos históricos enormemente diversos. Durante siglos y a través de distintas geografías, las ciudades han sobrevivido a sistemas más poderosos pero cerrados. Londres, Beijing, El Cairo, Nueva York, Johannesburgo o Bangkok, para mencionar sólo algunas, han sobrevivido a múltiples tipos de regímenes y firmas. Una consecuencia clave de esa mezcla de lo complejo y lo incompleto es que las ciudades han sido, desde hace mucho, espacios en los que aquellos desprovistos de poder han sido capaces de hacer una historia, una cultura, una economía local. En buena medida, es en las ciudades donde quienes no tienen poder han dejado su huella —cultural, económica, social— incluso si casi sólo en sus barrios; eventualmente, cada una de esas huellas puede extenderse a una zona urbana más amplia como “comida étnica”, música, terapias y más. Esto quiere decir que también los barrios más modestos de las ciudades, que usualmente representan la mayor parte de los espacios y la gente de la ciudad, han sobrevivido a esos sistemas mucho más poderosos.

Nada de eso podría ocurrir en un complejo de oficinas, sin importar cuán grande o cuán denso; esos espacios controlados de manera privada, en donde trabajadores con salarios bajos pueden trabajar pero no hacer nada. Esto también señala que la densidad per se ya no basta para marcar lo urbano —así fue durante muchos siglos—. Ni aquellos sin poder pueden movilizarse en nuestras plantaciones y minas cada vez más militarizadas y que en el pasado eran espacios donde los trabajadores desprovistos de poder podían ganar complejidad, aún así, por la mera concentración de su número.

Hoy, la posibilidad de ganar complejidad en la propia falta de poder y dejar una huella histórica puede ocurrir en nuestras grandes, desordenadas y en algo anárquicas ciudades. Ningún poder puede controlar totalmente la filigrana de la diversidad de gente y de compromisos en las ciudades. En esa combinación de complejidad e incompletud también descansa la posibilidad para aquellos desprovistos de poder de afirmar sus reclamos. Como lo expresa la legendaria proclama de los pobres en lucha en las ciudades latinoamericanas: “estamos presentes”, no pedimos dinero, sólo les hacemos saber que esta también es nuestra ciudad.

Finalmente, en mi lectura, la frontera ya no está en los bordes del imperio, como era el caso con las fronteras históricas. ¿Por qué? Porque la mayor parte de la tierra en el mundo menos desarrollado es propiedad de corporaciones nacionales y extranjeras y gobiernos. (1) Una manera de pensar la frontera es como un espacio donde los actores de diferentes mundos tienen encuentros para los que no hay reglas preestablecidas. En las viejas fronteras históricas, esto llevaba ya fuera a la negociación con los pueblos indígenas o, más comúnmente, a su persecución, opresión e incluso exterminio. El espacio de la frontera que son hoy las grandes y mezcladas ciudades ofrece más opciones a aquellos desprovistos de poder. En principio, los poderosos no quieren ser molestados por los pobres y lo logran abandonándolos a sus propios recursos. En algunas ciudades (en Estados Unidos y Brasil, por ejemplo) hay extrema violencia policiaca y, sin embargo, esto puede volverse un asunto público, lo que acaso sea un primer paso en caminos más largos para ganar por lo menos algunos derechos. Es en las ciudades donde muchas luchas en torno a reivindicaciones han tenido y tienen lugar. Y, a la larga, estas luchas han tenido un éxito parcial.

Pero esta posibilidad de complejidad en la ausencia de poder —la capacidad de hacer una historia, una cultura y mucho más— se ve hoy amenazada por el surgimiento de desarrollos corporativos y la privatización del espacio urbano. En lo que suele ser un proceso invisible, una gran cantidad de propiedades de precios elevados están siendo compradas por inversionistas nacionales o extranjeros. Por lo general, la única huella de ese cambio de propiedad es que los edificios quedan vacíos —muchos están subutilizados—. Lo que nos lleva a preguntarnos por la utilidad de este tipo de compras. En otro texto he examinado esto en detalle. Brevemente, de mediados de 2014 a mediados de 2015, se invirtieron más de un trillón de dólares en bienes inmobiliarios en sólo cien ciudades a lo largo de Estados Unidos, Europa y Asia. Eso excluye propiedades con un valor menor a cinco millones de dólares e inversiones en nuevos edificios.(2) Esas 100 ciudades, calificadas por su nivel de inversión en bienes inmuebles, representan 10% de la población mundial, pero 30% del PIB mundial (el resultado económico total) y 76% de la inversión en bienes inmuebles a nivel mundial. Así que la riqueza se está concentrando, claramente, en un selecto grupo de áreas urbanas. Otra señal preocupante es que los bienes inmuebles a nivel mundial equivalen a unos 217 trillones de dólares, según Savills, una de los principales firmas expertas en bienes inmobiliarios. Esto representa 60% del valor de todos los activos globales, incluyendo acciones, bonos y oro; excluye instrumentos que no se consideran activos, como los derivados, que representan la mayor parte del valor de las altas finanzas y que alcanzaron más de mil billones de dólares en 2016. En ese momento, el PIB mundial era inferior a 200 billones de dólares.

La segunda gran tendencia negativa para las ciudades es la guerra asimétrica —en la que el enemigo es un combatiente irregular o simplemente un solitario que está enojado y disparará a la gente o los arrollará con un camión—. Esto amenaza la esencia de la urbanidad.

En conclusión, los mayores perdedores de estas dos amenazas a las ciudades son los que carecen de poder, que es, de nuevo, la mayoría de la población en la mayoría de las ciudades.

 


 

(1) Sassen, Saskia. Expulsiones: Brutalidad y complejidad en la economía global, Katz Editores, 2015, capítulo 2; theguardian.com; www.huffingtonpost.com)

(2) Véase theguardian.com ; theconversation.com

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