24 julio, 2019

Futuro (im)perfecto

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

All the modern things

Like cars and such

Have always existed

They’ve just been waiting in a mountain

For the right moment

Listening to the irritating noises

Of dinosaurs and people

Dabbling outside

Björk

 

En su Parnaso o en su Olimpo, dice Björk, las cosas modernas esperan el momento propicio para bajar al mundo y tomar su lugar —el propio de esas cosas o del mundo entero. Algunos profetas suben al monte para volver con el diagrama revelado de aquellas novedades. Otros profetas construyen el recinto que deberá acogerlas. El templo o la casa de las cosas modernas.

 

Perfecto

En 1914, Le Corbusier ofreció al mundo el diagrama de la casa del futuro, su primera máquina de habitar: la maison Dom-ino. Una estructura vacía a llenarse progresivamente con el equipamiento necesario para una vida moderna. Antes de que Le Corbusier dejara a la casa en los huesos, Loos había dicho que aquel no era territorio del arte, entendido como innovación. Para Loos la casa es el lugar del hábito, por eso se habita y por eso resguarda el pasado más que anunciar el futuro. Mies mostraba en sus pláticas de los años veinte imágenes de primitivos refugios de nómadas de las estepas hechas, literalmente, de piel y huesos o, en otras ocasiones, de ligeras estructuras de madera y fieltro. La casa de Mies es más un arquetipo que un diagrama, como la de Le Corbusier. No quiere ser necesariamente la casa del futuro sino la de siempre. Pero tampoco es la casa del hábito. Sus muros de vidrio no permiten dejar ninguna huella, que es —escribió Walter Benjamin sin nombrar a Mies— el fundamento del habitar. También durante los años veinte, Buckminster Fuller diseñó su casa Dymaxion, que desarrolló en varios modelos y construyó finalmente en 1946.

 

Pero en Chicago la casa del futuro fue de vidrio. No la de Mies en los cincuenta sino la que diseñó y construyó Fred Keck para la exposición Century of Progress en 1933. “Más parecida a una pecera glorificada sin agua, que a una casa actual,” se leía en el número de junio de ese año de Popular Mechanics. La Casa del mañana tiene cierto aire a la Dymaxion: un dodecágono en planta y estructura metálica —armada en 48 horas. En el primer nivel, junto a los servicios mecánicos y al garage hay un hangar para un pequeño avión privado, tan útil en el futuro, suponía Keck, como el auto. En febrero de 1939, la revista Popular Science publicó una breve nota sobre la casa del futuro diseñada por Paul Nelson, un arquitecto nacido en Chicago en 1895 pero que se formó en Francia, en el taller de los hermanos Perret. El proyecto proponía una estructura sostenida por cuatro soportes metálicos de la que colgaban las habitaciones, techando un basamento de concreto ocupado por los servicios.

 

¿En qué casa vivirá el capitán de una nave espacial en sus descansos en la Tierra? Esa pregunta abría un artículo aparecido en Popular Mechanics en junio de 1952, titulado A house to make life easy. La casa que lo ilustraba fue hecha por el famoso autor de ciencia ficción Robert A. Heinlein, quien estudió para ser ingeniero mecánico. “El entrenamiento que le dio una bases sólida para escribir sobre la mecánica de los viajes espaciales también le ayudó a diseñar una casa que hoy parece extrema pero que resultará convencional antes de que termine el siglo XX.” Ni el exterior ni la planta de la casa, de un solo nivel, sugieren nada extraordinario. Pero, pese a su aspecto, esta casa se soñaba nave espacial: estaba totalmente sellada al exterior y la temperatura y humedad se mantenían constantes durante todo el año. Además, prácticamente no tenía muebles ya que todo se encontraba empotrado en los muros, aunque sin llegar al sofisticado diseño de la Total Furnishing Unit, concebida por Joe Colombo y presentada en al MoMA en 1972. En 1908 el Daily Mail empezó a organizar en Londres la exhibición Ideal Home. En la edición de 1928, S. Rowland Pierce y R.A. Duncan mostraron su casa del futuro, pensada para “producir un efecto permanente de luz de verano”, según se lee en Popular Mechanics de junio de ese año. Contaba con mobiliario metálico y neumático y “mástiles para la recepción de energía y programas de manera inalámbrica.” Veintiocho años después, en 1956, la casa del futuro de la misma exhibición fue diseñada por Peter y Alison Smithson. Como la casa de Heinlein, también está aislada, aunque no sellada —sólo se abre a un patio que tiene tanto de futurista como de arcaico— y el mobiliario desaparece no dentro sino como parte de muros que son como extrañas columnas habitables. La casa entera es un sistema de transmisión y recepción de datos.

 

Imperfecto

La teletransmisión y el telecontrol son constantes en la idea de la casa del futuro, al menos tal como la presentaba la revista Popular Mechanics. “La casa inteligente está por llegar. Controlarás todos los utensilios, electrodomésticos y la seguridad desde otra habitación o desde otro continente,” se lee en la edición de agosto de 1986. También interesa su modo de producción. En un artículo titulado This Changing World, de julio de 1935, se lee que “la nueva arquitectura tiene una alianza cercana con la era de la máquina, que ha estandarizado los materiales y ha hecho posible la producción en masa de casas.” Y otro texto, de noviembre de 1942, define claramente “las únicas dos cosas que sabemos con seguridad de las casas del futuro: que deberán ser de bajo costo y que tendremos que construirlas por millones.” Sin duda hoy habría que pensar la casa del futuro, casi en un retorno etimológico al oikos: desde la economía y la ecología. En su libro, Four Futures, Life after Capitalism, Peter Frase imagina cuatro mundos posibles por venir cruzando dos pares de condiciones opuestas, contradictorias: igualdad y jerarquía de un lado, abundancia y escasez del otro. En el caso de que la tecnología garantizara la abundancia, sin obstáculos materiales a la producción, la igualdad social permitiría una distribución también equitativa: la llegada, por fin, del comunismo que ocuparía el lugar del capitalismo. En un mundo dominado —como hoy— por las jerarquías sociales, la abundancia no implicaría terminar con la desigualdad sino al contrario: las minorías que controlan los medios de producción buscarían los medios para seguirlo haciendo e incrementar sus rentas. Si pese a los avances tecnológicos no existe la posibilidad material de satisfacer las necesidades de todos, en vez de abundancia habrá escasez. En una sociedad igualitaria, la escasez implicaría el cálculo programado de la producción y del mercado desde el estado y el impulso de la economía de lo compartido —auténtica y no en la simulación capitalista que hoy vemos en casos como Uber. Por último, una sociedad donde la escasez se diera en condiciones de desigualdad similares o peores a las actuales, llevaría a una radicalización de lo que hoy vemos en términos de minorías privilegiadas y mayorías excluidas. Pensadas junto a respuestas formales específicas, a los muebles empotrados en muros y a su estructura física o espacial, ¿cuáles serían las características de la casa para cada uno de esos hipotéticos futuros descritos por Frase? ¿A qué sistemas económicos, ecológicos y energéticos están conectadas? Preguntemos, pues, no sólo como llegará el futuro de la casa sino a quiénes y cuándo llegará ese futuro. Un futuro que, como dijo el escritor de ciencia ficción William Gibson —y cita Frase—, acaso ya esté aquí, pero repartido de manera desigual.

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