9 mayo, 2018

Fenomenología

por Alberto Pérez Gómez

 

En un mundo global cada vez mas mediatizado, donde la imagen se ha vuelto hegemónica y se da por hecho que los significados cruciales de objetos tales como espacios y edificios se comunican como ubicuos “retratos” en el web, la fenomenología ha hecho una critica de importantes consecuencias de ello. La fenomenología de Merleau-Ponty y sus discípulos más recientes rechaza el concepto de percepción como un efecto pasivo de información comunicada por sentidos externos e independientes al cerebro, donde una supuesta síntesis ocurre constantemente. La analogía del cerebro con una computadora es hoy considerada falsa por científicos cognitivos de la llamada “tercera generación”, quienes por su lado postulan la conciencia misma como acción (enactive cognition) —por ejemplo, Evan Thompson en Mind in Life—. Aun cuando es indudable que la asociación de conceptos contribuye a nuestra comprensión intelectual de significados, la fenomenología enfatiza una realidad obvia: el mundo aparece en primera instancia ya dotado de significados, emerge en nuestra percepción anterior a cualquier división conceptual, como totalidad, frente a nuestro cuerpo activo y sensible, que es nuestra conciencia —sinestésica y kinestésica. El 80% de la conciencia es prerreflexiva, es una conciencia y sabiduría corporal, no representacional. No se trata ni del “subconsciente” ni de la “inconsciencia”, sino de una conciencia donde el 20% que tanto valoramos, el intelecto lingüístico (nuestro ego cogito), se ve fundamentada y tiene continuidad con su dimensión prerreflexiva. Es así que la fenomenología arguye a favor de la primacía de la percepción encarnada a la raíz del ser y el comprender, como cimentación de otras modalidades de articulación intelectual.

Éste es un tema crucial, muchas veces malentendido o tácitamente ignorado, incluso por sofisticados escritores contemporáneos que examinan nuestro mundo digital, y tiene consecuencias de envergadura para nuestra comprensión del significado en arquitectura. Dicho de otra manera: la percepción humana no es simplemente una percepción de datos. Por esta razón, la analogía del cerebro con una computadora siempre quedará corta. Mientras que algo de esta “construcción de significados” puede probarse neurológicamente, la realidad obvia es que el mundo se nos ofrece fundamentalmente sin fragmentaciones, y en un lugar cualitativo y determinado, a todo nuestro cuerpo sintiente. De ahí la importancia del concepto de atmósfera en arquitectura, que elaboro en mi libro más reciente: Attunement, Architectural Meaning after the Crisis of Modern Science. Es mediante atmósferas apropiadas, en situaciones espacio-temporales, que la arquitectura articula su significado, primero dando lugar a nuestro cuerpo prerreflexivo con sus gestos y hábitos, y eventualmente construyendo “imágenes poéticas” para nuestro intelecto, en el sentido esbozado en forma tan magistral por Octavio Paz.

Como explicó Edmund Husserl en su conocida discusión sobre las limitaciones del pensamiento hipotético: nosotros sabemos que la tierra no se mueve. Ésta es una verdad primaria para nuestros cuerpos, indispensable para poder construir, eventualmente, un sinnúmero de explicaciones científicas o míticas del universo. Esta primera verdad es una precondición de todas las demás. La percepción corporal es sinestésica y no como la imagina la psicología cartesiana aún aceptada popularmente, que ocurre, supuestamente, partes-extra-partes, a través de nuestros sentidos independientes entendidos éstos como mecanismos autónomos. Descubrimientos en la ciencia cognitiva reciente explican hoy cómo los sentidos son “modalidades” y es posible, por ejemplo, tener una percepción visual a través del tacto —un descubrimiento de gran utilidad para diseñar implementos que puedan ayudar a personas afectadas por la ceguera—. La comprensión de la primacía radical de la percepción corporal nos lleva también a cuestionar todos los modelos mecanicistas y causales del entendimiento humano que han prevalecido desde el siglo XVII, que todavía presuponen muchas facciones de la neurología contemporánea. El significado no es meramente algo que se construya en nuestro cerebro, el resultado de un juicio o la asociación de ideas. El significado está dado en nuestra relación corpórea natural con las cosas, objetos que reconocemos no como pudiera hacerlo un paciente afásico a través de la deducción y asociación, sino de manera instantánea, como la encarnación de una idea, un mundo o una categoría.

Nuestros cuerpos sintientes son nuestro medio para pensar y entender. Plenamente conscientes de esta realidad, la mayoría de las culturas tradicionales tendían a identificar el sentimiento y el pensamiento. Es sólo a raíz de la psicología cartesiana del siglo XVII que en Occidente empezó a entenderse el sentimiento en oposición a la claridad conceptual. Nuestra civilización tecnológica terminó disasociando radicalmente el sentimiento, el pensamiento y la imaginación, postulándolos como procesos mentales independientes: la creencia popular es que nuestros sentimientos “oscurecen” nuestra capacidad de decisión lógica. Esta disociación ha sido recientemente cuestionada por el brillante neurólogo portugués Antonio Damasio, quien ha demostrado la importancia crucial del sentimiento para todo proceso cognitivo asociado con la razón. Esta simple observación nos permite comprender cómo y porqué en la antigüedad griega al conocimiento se le calificaba como aisthésis —el origen verdadero de lo estético—: un conocimiento por el cuerpo, multisensorial, tanto emotivo como intelectual. Éste es el conocimiento que le es dado impartir a la arquitectura, y que no tiene nada que ver con la subjetividad del juicio “estético” heredado como criterio de las Bellas Artes desde el siglo XVIII.

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