20 octubre, 2020

Federico Correa (1924-2020)

por Miquel Adrià | @miqadria

Murió Federico Correa, a los 96 años, el dandy de la arquitectura catalana, moderno, ecléctico y mediterráneo, quien privilegió el hedonismo y la mesura. Con su socio y amigo entrañable Alfonso Milà (fallecido en 2009) conformó uno de los equipos de arquitectos mas destacados de la la Escuela de Barcelona en los años sesenta y setenta. Educado en Filipinas, en Inglaterra y con los Jesuitas de Barcelona, estudió arquitectura y trabajó con José Antonio Coderch, mascarón de la modernidad en la España franquista y miembro del Team Ten. De él aprendió el rigor de una profesión que completó con su gusto refinado. Profesor de la Escuela de Arquitectura desde 1959 y catedrático desde 1977, fue responsable de Composición en segundo año y era capaz de atrapar la creativad de los alumnos trabajando en el diseño de un closet durante un semestre. Llegar a fondo, al detalle, hurgando lo propio, servía para que los estudiantes tomaran conciencia de las pequeñas cosas sin dar nada por hecho. Correa y Milà fueron autores de algunas obras de referencia en Barcelona, como la Torre Etade (1962) y la torre Atalaya (1971) de clara influencia del estilo liberty milanés, cuya proximidad a obras como la casa alle Zattere de Ignazio Gardella en Venecia (1953-58) es casi literal. Una influencia que iba más allá de la arquitectura y se reflejaba en las prendas que vestía. Ver a Federico Correa recorrer los pasillos de la escuela de arquitectura, con un abrigo de cachemir y un paraguas colgando del brazo, era como una aparición de Cary Grant o Grace Kelly, según se viera. Sus modales aristocráticos y barraganianos, asi como su porte ensimismado no quitaba que pudiera ser corrosivo en las revisiones de los proyectos y de los tribunales de fin de carrera, llegando a comparar un pabellón en un jardín, con los senos de madame Pompadour, dejando estupefacta a una audiencia sin derecho de réplica. 

Con Alfonso Milà proyectó algunas casas en Cadaqués que mostraron su capacidad para integrar la arquitectura autóctona y popular a la modernidad. También diseñaron  los restaurantes más glamourosos de la Ciudad Condal —el Reno, el Flash Flash e Il Giardinetto—, donde concurría asiduamente la gauche divine. Durante años comí en uno de ellos cada martes con mi padre, rodeado de modelos impresas en negro sobre paredes blancas y comensales cosmopolitas que se avanzaban unos años a la realidad. 

Correa formó parte del equipo que realizó el plan urbanístico del anillo olímpico de Barcelona y reformó el estadio olímpico de 1929. Su acercamiento contextual de la arquitectura los llevó a proyectar la sede de la Diputació de Barcelona (oficinas del gobierno local), sobre la Diagonal que —como apuntaba Llàtzer Moix— es “un delicado ejercicio volumétrico y contextual, donde integraron parte de la casa Serra de Josep Puig y Cadafalch: un afortunado ejercicio de modernidad que no ignora la historia.” El recurso de la fachada de vidrio con una galería semicircular —propia de muchos edificios de finales del siglo XIX y principios del XX en el Ensache barcelonés— con el que resuelve la esquina de este edificio, lo repitieron poco después sobre la Diagonal y Tusset, en otro ejercicio ecléctico más atento a la continuidad urbana que a la arquitectura misma. 

En una entrevista reciente con Anatxu Zabalbeascoa confesaba que había vivido toda su vida con su mamá en un departamento de quinientos metros cuadrados en la Gran Vía, para independizarse a los 83 años mudándose a un pequeño departamento rodeado de libros, fotos y recuerdos, frente de la Pedrera de Gaudí. Para Federico Correa las formas eran muy importantes. Decía que “la forma tiene tanta importancia como el fondo, pero llega antes” y aseveraba que “cambiar no necesariamente significa mejorar.” Correa creía en la belleza útil y en la educación: la buena educación. Creía en la modernidad amable, sin radicalizar, y en la herencia de la sencillez mediterránea. Que descanse en paz. 

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