15 octubre, 2018

Exposición de Alberto Kalach en el taller/jardín de Casa Barragán

por Miquel Adrià | @miqadria

El jardín que Luís Barragán compró enfrente de su casa para proteger su cielo, alberga una pequeña exposición de maquetas de Alberto Kalach. Al fondo del jardín y laboratorio de ensayos arquitectónicos del arquitecto tapatío hay un par de cuartos que eventualmente se usan como taller para algunas universidades y que con esta muestra inician su programa de exposiciones de arquitectura. En los últimos años, gracias a un patrocinio de FEMSA, la Casa Barragán albergó algunas exposiciones de artistas que interactuaban con el espacio doméstico íntimo del mago de las sombras y los silencios. Ya algunos trataron de emparejar la obra de quien vivió la casa con la de Alberto Kalach, quien ocupó una temporada la azotea de los talleres del jardín que hoy arropa sus maquetas. Quizá esta cercanía con el lugar, o la ocupación del taller/jardín sea el punto más cercano entre ambos pues lo que era sutileza de uno son manifiestos contundentes del otro, los espacios escenográficos y cromáticos de Barragán, son sobrias estructuras y palapas de Kalach, que expresan la función de cada uno de sus elementos. Así, donde se cruzan sus caminos —más allá de la excelencia de ambos— es en el jardín, en la construcción de arquitecturas vegetales. Y por ello se antojaba como el lugar para el encuentro. 

Sin embargo, la supuesta exposición no es más que más que el apilamiento de maquetas en las dos habitaciones. Son trescientos sesenta y cinco modelos de cartón y de madera que muestran el trabajo de tantos proyectos ganados y perdidos, algunos construidos, otros con sus variantes que delatan la evolución durante su gestación, otros que son ensayos tipológicos o que exploran estrategias estructurales. Todos surgen de un lugar y un programa —con encargo o sin él— y son parte de un proceso proyectual fundamental en el quehacer de un arquitecto que parte del croquis y que corrobora sus intuiciones en las tres dimensiones de las maquetas de trabajo. 

La exposición de sus maquetas habría sido una excelente oportunidad para dar a conocer todos estos procesos, entender las líneas de investigación, sus tipologías y sus obsesiones. Hubiera podido compartir las líneas de tiempo y la evolución de sus torres, desde las utópicas hasta las que muestran sus edificios construidos, manifestando la coherencia en su quehacer más allá de la suerte de cada proyecto. Pudiera haber sido la oportunidad para suspender en el tiempo y el espacio el trabajo de tres décadas de uno de los mejores arquitectos del continente, evocando proyectos similares pero lejanos en la realidad, así como aquellos imaginados con los construidos. Para ello habría servido una curaduría que ayudara al visitante a entender la relación entre los proyectos, las líneas de investigación, sus estructuras, sus laberintos y jardines, la cronología que condujo la evolución de sus torres, las exploraciones tipológicas de las vivienda colectiva —en hilera, vertical, en hexágonos— y las propuestas territoriales que gestaron proyectos visionarios para el rescate de la ciudad lacustre con el aeropuerto en Texcoco y otras tantas utopías que bien se podrían tutear con aquella Broad Acre City de Frank Lloyd Wright. Son muchas las exposiciones locales de maquetas o con maquetas que han precedido a esta bodega hacinada. Desde las exhibiciones monográficas de Teodoro González de León, Norman Foster, Valerio Olgiati o Rafael Moneo, hasta las colectivas de los últimos años años del Infonavit pueden ser ejemplos donde, en algunos casos se privilegia la autonomía formal de la maqueta o en otros adquieren un valor instrumental para visibilizar la propuesta arquitectónica. Algunas fueron crípticas y otras exhaustivas, pero en todos estos casos, unas fichas técnicas con nombre, lugar y fecha de cada maqueta, o eventualmente, algún dato complementario para reconocer otros aspectos del proceso creativo —croquis, planos o fotos— ayudó al visitante ávido a comprender las exposiciones, así como la posibilidad de entender las distintas facetas tridimensionales de cada proyecto. También es cierto que diciendo muy poco —o nada— se puede pretender narrar un modo de trabajar, que evidencia cierta grandilocuencia y que aspira a encontrar al conocedor, al coleccionista, al fan, capaz de reconocer algo de ADN kalachiano entre las montañas de cartón, como si se tratara de una cueva de Aladino póstuma. 

Cabe agregar que tras mi decepción, a la salida, alguien me aclaró que no se trataba de una exposición sino de una instalación y con ello debía disculparse todo lo anterior: que el almacenamiento de bodega era una estrategia curatorial y que todo el aspecto de una venta de remate es un manifiesto. Quizá ante tal despropósito, habría que susurrarle al arquitecto (como con el traje del emperador) que para bodega ya está su oficina y que seguirá pendiente la exposición de maquetas que cuente la extraordinaria obra de Alberto Kalach.

Esta exposición se encuentra en en el taller/jardín de Casa Barragán (Gral. Francisco Ramírez 17, Ampliación Daniel Garza, 11840 Ciudad de México, CDMX) hasta el 15 de diciembre.

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