19 mayo, 2016

Experiencia, arquitectura y ciudad

por Mónica Arzoz | @marzozcanalizo

“Es esencial al arquitecto saber ver; quiero decir, ver de manera que no se sobreponga el análisis puramente racional.”
–Luis Barragán, discurso Pritzker 1980

Sin límites definidos o explicación capaz de plasmar la complejidad que el arte, técnica o lenguaje de la arquitectura representan, sabemos que el carácter primordial que la distingue de las demás actividades artísticas reside en su capacidad de actuar por medio de un vocabulario tridimensional que involucra al hombre. En 1951, Bruno Zevi en Saber ver la arquitectura menciona que ésta no deriva simplemente de una suma de longitudes, anchuras y alturas de los elementos constructivos que envuelven el espacio, sino propiamente del vacío, del espacio envuelto, del espacio interior, en el cual los hombres se mueren y viven.

La arquitectura es parte esencial de nuestra experiencia vital como seres humanos. Tiene la capacidad de crear espacios que van más allá de lo material. Conformados a partir de las actividades, vivencias, hábitos y emociones humanas ocurridos en ellos. Dichos espacios sólo pueden ser comprendidos y auténticamente vividos a través de la experiencia directa.

Su existencia a las distintas escalas ha brindado al ser humano a lo largo de su historia, la capacidad y las herramientas necesarias para formar una identidad en relación al territorio, al lugar o al espacio que habita. Aunque en la mayoría de las ocasiones este fenómeno pasa desapercibido en las vivencias cotidianas, es en esos contados momentos en los que adquiere presencia y consciencia de que la arquitectura y el ser humano se perciben como mutuamente dependientes. Así como el ser humano necesita de los espacios para sobrevivir, la arquitectura necesita del ser humano para pasar de ser un objeto a ser una serie de espacios que fomenten nuevas e innovadoras experiencias. Uno de los principales propósitos de la arquitectura es exaltar el drama de la vida. La arquitectura, mediante sus espacios, provoca sensaciones, percepciones y emociones.

Las características formales, la materialidad, la luz y el clima de un espacio impactan de manera directa en como percibimos y vivimos un espacio. La arquitectura refuerza o transforma los contenidos emocionales y sensoriales de acciones específicas. Es por esta razón que, al acercarnos por primera ocasión a un lugar o conocer una ciudad por primera vez, el cuerpo y la mente se predisponen de manera instintiva a nuevas emociones o sensaciones. Cada acto o momento en el tiempo es marcado por experiencias previas y se convierte en el umbral de las siguientes. Si reconocemos que la vida es un flujo continuo de experiencias –como Bacon afirmaba– podemos claramente identificar la relación entre espacio y vivencia. En otras palabras, si la arquitectura está relacionada con la experiencia de vida y está condicionada por las vivencias humanas que ocurren dentro, alrededor o a pesar de ella, la articulación y diseño de sus espacios no son fortuitos, sino que se relacionan con la secuencia de experiencias vitales.

Tomemos el acto de comer (independientemente del alimento): la experiencia y vivencia que ese momento y lugar van a ocupar en la memoria de la persona están estrechamente condicionados por el entorno construido en el que uno se encuentre. No es lo mismo comer sushi en un espacio diseñado específicamente para exaltar esa experiencia que hacerlo enfrente de la televisión. Hasta se podría argumentar que el sabor de la comida cambia de acuerdo al entorno en el que se realice la actividad.

Habitar es afirmar la presencia de vida en el espacio. Es el acto humano de ocupar y vivir el espacio creado por la materialidad de arquitectura. Habitar tiene connotaciones espaciales y temporales, no es una acción específica, es más bien un fenómeno complejo que se lleva acabo en un escenario espacio-temporal condicionado por el entorno construido que nos rodea y que da como resultado una serie de experiencias. Alberto Saldarriaga Roa reconoce a la experiencia de habitar como la base fundamental de la experiencia de la arquitectura. Habitar un lugar implica desarrollar hábitos y costumbres. Quien habita un espacio quiere hacerlo suyo y sentirlo como propio. La vivienda es la expresión más directa y evidente del sentido de habitar. Inconscientemente, el ser humano asocia a la vivienda con múltiples connotaciones culturales y emocionales.

Es importante tomar en cuenta que habitar no sólo implica la vivienda o el espacio arquitectónico en sí, sino todos los espacios en los que nos desenvolvemos. La experiencia espacial propia de la arquitectura tiene su prolongación en el territorio, la ciudad, las calles y espacios que la conforman. La ciudad, en su sentido equivalente, es la escala colectiva de la experiencia de la arquitectura. Ahí se combinan factores materiales y perceptivos que condicionan el sentido de habitar y pertenecer.

Se podría argumentar que, hoy en día, dados fenómenos como la globalización, las metrópolis urbanas actuales han generado modos de vida en apariencia semejantes. Sin embargo, si bien que es cierto que las ciudades modernas comparten ciertas características, no es la misma experiencia caminar por las calles de Londres que por las de la Ciudad de México. Cada una cuenta con rasgos propios, no sólo por su formas, sino por sus espacios que poseen una identidad que conjuga diversos aspectos que se van configurando y entrelazando a partir del uso y experiencias de sus habitantes. La esencia de una ciudad esta en la interconexión y superposición de sus espacios y la gran variedad de experiencias que estos van generando en cada individuo que en ella habita. Al igual que la arquitectura, la ciudad es una experiencia. El ser humano nunca ha parado de pensarse a sí mismo, en relación con su lugar de pertenencia, con el espacio que habita y forma parte de su cotidianidad. Una misma ciudad se multiplica tanto como las experiencias de la misma.

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