5 diciembre, 2013

Exceso de capacidad

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

 

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Vivimos en una época de excesos. Es como reclamo de abuela ante las costumbres de sus nietos o de arquitecto chapado a la antigua ante los gratuitos quiebres —al menos a sus ojos— con los que atormenta sus volúmenes. Pero el exceso del que aquí se trata es de otro tipo. En economía se dice que hay exceso de capacidad cuando una fábrica produce menos de lo que sus instalaciones le permitirían. En arquitectura, en diseño o en urbanismo, por ejemplo, podríamos decir que es todo eso que ya está ahí y que muchas veces no se aprovecha, sea por que no se ha  visto o porque cierta ideología del diseño privilegia una idea, acaso entendida de manera demasiado simple, de lo nuevo y la innovación que ignora que también hay invención al aprovechar las oportunidades. Pensamos, pues, en cierto tipo de arquitectura o diseño oportunista.

Una de las primeras imágenes al rededor de la que empezamos a armar el número 66 de Arquine no fue de un edificio ni de un objeto de alto diseño, sino de uno que afirma ese tipo de oportunismo creativo —tratando de alejarnos del romanticismo que dicho término supone— una caja de cd’s vuelta lonchera para bagels. Hoy ya la misma caja parece una reliquia: los discos compactos, novedad de los años 80, son para muchos jóvenes hoy casi piezas de museo y su empaque al mayoreo parecería inservible. Pero hubo alguien —y supongo varios en coincidencia: no hay por qué suponer ahí el gesto magnífico del autor singular— que, más allá de la costumbre de la abuela de lavar los frascos de mermelada y aprovecharlos de nuevo —práctica que retomada podría implicar la quiebra de las empresas dedicadas a producir plásticos para guardar sobras en el refrigerador— vio en la caja inútil un espacio desaprovechado. Hubo en el gesto algo de topología ingenua seguramente: un bagel antes de hornearse debe ser bastante similar a un cd, de ahí la precisión del rediseño oportunista: transformar el empaque en lonchera.

Más allá del coleccionista que acapara objetos sin uso, del restaurador que los valora sólo como reliquias o del bricoleur que los reutiliza a veces de maneras delirantes, en este número nos interesa entender qué puede hacerse con esa capacidad excedente —término quizás más justo que el usado, según nos sugería hace poco Pedro Reyes. ¿Cómo los objetos, los edificios, las ciudades o los paisajes, pero también los sistemas y las reglas que los hacen posibles, pueden aprovechar posibilidades a veces ignoradas o simplemente en desuso? Más allá de la intervención o la remodelación y de la triada hoy de moda: reciclar, reutilizar, reducir, ¿qué tipo de gestos y acciones críticas o irónicas, de adaptaciones o desvíos e incluso eso que los situacionistas calificaban como détournement, tienen sentido hoy, desde la arquitectura, el diseño o el urbanismo, para aprovechar esa capacidad excesiva?

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