17 mayo, 2019

Estética de nuestra desaparición: la Ciudad de México

por Aura Cruz Aburto

 

Proximidad y lejanía

Los cerros más cercanos parecen alejarse ahora que el aire está tan viciado: la naturaleza se aleja y solo restan fantasmagóricas imágenes de las edificaciones. A su vez, al tiempo que el paisaje se aleja, lo único de lo que podemos tener experiencia es de una abrumadora proximidad… parece que el horizonte está perdido, el paisaje de la cuenca del Valle de México está desapareciendo, aunque hay que reconocerlo, ha desaparecido de nuestro imaginario hace tiempo. 

 

El cuerpo

Sin embargo, a través de la tragedia de este aire contaminado, el cuerpo que olvidamos frente al computador, reaparece tosiendo, adolorido, con una cabeza que se hace presente porque estalla. El cuerpo aparece en su miseria y así, nos encontramos todos compartiendo el malestar y el miedo. Al mismo tiempo, el cuerpo de la naturaleza se hace exiguo y la ciudad se muestra poco habitable: es recomendable mejor no salir, permanecer en la casa… de nuevo, frente a la pantalla. 

Así, seguiremos lejos los unos de los otros, lejos también de la cuenca que nos ha dado hábitat, en un simulacro de extrema e instantánea proximidad… mediática. ¿Por qué digo que simulacro? Pues porque aunque nos acerquemos a quienes geográficamente se encuentran lejos, dejamos de estar presentes para aquellos con quienes compartirmos el espacio. Además, esa proximidad mediática está ya “recortada”, digerida y conceptualizada por la red y nos provee de un otro que no podemos sentir en su irreductibilidad, no lo podemos sentir en la amplitud que supone conocer a otro de verdad, en esa experiencia que nos confirma que es imposible limitarlo a unas cuantas de sus características.

Caray, ¿por qué decidimos compartir el miedo y no la capacidad (por lo visto, si no perdida, sí olvidada) para apreciar la grandeza, la infinitud del paisaje? ¿Por qué no podemos ya apreciar al otro próximo, por qué dejamos de recordar nuestro cuerpo y solo podemos hacerlo cuando está abatido y erosionado?

 

De la exteriorización de lo interior

En Hasta el fin del mundo Wim Wenders nos narra los peligros de la exteriorización radical de la interioridad: un científico logra visibilizar los sueños y la gente ya solo desea observalos, así como dormir para capturarlos… el tiempo de vida se ha vuelto a un espejo de narcisismo brutal, hacia una pantalla de autorreflexión asfixiante. Si bien es cierto que las tecnologías que han podido hacer posibles nuestros “sueños” y “fantasías” son fascinantes, también se acompañan de su accidente, como dirá el pensador Paul Virilio. Esto es, todo invento se acompaña de efectos inesperados que más vale anticipar o, de menos, mirar críticamente.

Pues bien, las pantallas que hoy nos “unen” han venido con el accidente de nuestra ausencia, de nuestra incapacidad de conectarnos con el otro que tenemos al lado, incluso de nuestro deseo de mantener lejos, como dice Virilio, “sus ruidos y su presencia”. También han venido acompañadas, junto con las bondades que se aplauden por todos lados, con el olvido del territorio y sus acontecimientos, con el predominio de las imágenes predigeridas de los paisajes, con la anulación del trayecto, de la caminata que se suple hoy con la inmediatez de las reuniones virtuales. 

Y bueno ¿ahora qué hacemos? Vale recordar a John Cage cuando llama a traer el exterior hacia nuestra interioridad, hacia nuestra imaginación, hacer la maniobra inversa de esta imaginería que se ha materializado y devolver a nuestro pensamiento el mundo exterior por medio de la vivencia que se da con el cuerpo, entre los cuerpos y en el gran cuerpo que es el territorio (Virilio). 

 

A la interiorización de lo exterior

Recuperemos la profundidad de los planos, las dimensiones del espacio, pero también las del tiempo: pasado, presente y futuro para hacer frente al aplamiento de un tiempo presente absoluto que fagocita la experiencia: volvamos a la ciudad, a la comunidad e incluso… a nosotros mismos. 

Recuperemos los trayectos olvidados y hagamos de esta ciudad, y de este territorio, otra vez algo nuestro y volvámonos suyos. 

Recordemos que, aunque hoy todavía se lean letras necias que reniegan de la condición lacustre de la ciudad, esta es un lago seco que recupera sus aguas en cada temporada de lluvias inundando nuestra necedad territorial. Recordemos que la naturaleza nos excede pero también, si reconocemos nuestra capacidad para sentir lo infinito, lo sublime (Kant), a pesar e nuestras limitaciones humanas, podremos ser la naturaleza que se refleja a sí misma y no un ser que no ha estado a la altura de su cometido y al que no le quedará mas que sucumbir ante las partículas suspendidas y el ozono.

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