3 febrero, 2021

Espacios: Santa María del Naranco

por Jose Maria Wilford Nava Townsend

 

Hacia el 842, el Rey Ramiro I mandó levantar un «Aula Regia» en las inmediaciones de lo que hoy es la Ciudad de Oviedo.

La historia de Asturias, desde los tiempos romanos, es referencia de resistencia ante el poder dominante. Pero es tras la conquista musulmana de la mayor parte de la península ibérica donde crece realmente su leyenda.

Precisamente por la referencia milenaria de tozuda resistencia por parte de estos descendientes celtas, algún segmento de la nobleza visigótica se refugia en las escarpadas montañas astures, denominadas Los Picos de Europa. Esta cordillera forma un microclima especial ya que contiene la humedad del mar del norte provocando que las nubes descarguen en esta muralla natural cuantiosas cantidades de lluvia en distintos formatos, de entre los cuales el más consistente es el «orvallo» —una precipitación tan ligera que las gotas casi no se sienten, pero al cabo de un rato lo mojan todo.

Entre el carácter austero y pragmático de los astures, empecinados y negados a que nadie les diga cómo hacer las cosas, la humedad permanente de sus entornos y la fuerte pendiente de las montañas (no son tan altas, pero si muy empinadas), ni para romanos ni para musulmanes constituía un espacio deseable para aplicar muchos esfuerzos a su conquista. Es así como se convirtió, esta pequeñita región esmeralda en el refugio de la cristiandad ibérica.

De esta forma, sin claros antecedentes de expresiones artísticas monumentales en la zona, se generó un arte y arquitectura sumamente peculiares. Su escala es acorde a la región, pequeña y vertical; su expresión hermanada con su entorno, sencilla y bella; y su dignidad muy propia del temperamento de aquellos que habitan la tierra de mi abuelo: libre.

El Prerrománico Asturiano es un lenguaje único, esencia de un momento congelado en el tiempo. Es memoria de relatos legendarios. Un arte que sólo puede corresponder a un frágil y particular momento transitorio difícil de entender. Con notas de la arquitectura carolingia y del Toledo visigótico sin ser ni uno ni otro. En lo personal, la terraza porticada a la manera de loggia, cuyo arco central marca la jerarquía del eje, es el espacio más propositivo del edificio, mientras que la fachada larga ejerce su presencia de estancia real, reflejada en la rigurosa modulación estructural de sus contrafuertes, solamente interrumpida por la exclusa que forma el acceso, rematada por un vano que hace las veces de vigía protector.

El interior es aún más sobrecogedor en su austeridad. El alto y alargado salón superior, perfectamente bien iluminado, marca su espacialidad fundamentalmente a través de arcos y bóvedas que son a la vez recurso técnico constructivo, y destino plástico espiritual… y es que solo después de la Revolución Industrial y las Academias, acabaron siendo cosas distintas. El mundo antiguo no conocía esas fragmentaciones diletantes. Contrastando, la cámara en planta baja, se percibe más como un semisótano, contenido, claustrofóbico, pero coherente con el mismo sentido integrador entre tectónica y plástica.

 Muy cerquita, está San Miguel de Lillo, que parece crecer en etapas hacia arriba, sobre su planta cruciforme, y, a diferencia de su hermana palaciega, este pequeño templo se cierra a la luz, que solo penetra por ventanas abiertas en lo más alto de los muros. En planta baja, la puerta es contundente y lo demás, pequeñas troneras. Eran tiempos inciertos.

Menos, es más, decían por ahí.

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