10 febrero, 2021

Espacios: San Isidro Patios, entre el bosque y el páramo, con vistas a la ciudad

por Jose Maria Wilford Nava Townsend

Jaime Hernández, Martha Sierra y Hernando Carvajalino, fueron quienes me presentaron a esta comunidad, durante el primer Taller Intersemestral realizado con las Javerianas de Cali y Bogotá. En un mundo donde viajar aún era sencillo en términos logísticos, se asumía el costo económico en función de la experiencia. Hoy parece un territorio histórico muy lejano y, de momento, totalmente incierto en cuanto a la posibilidad de recuperarle.

Dentro de la mancha urbana que conocemos hoy como Bogotá, la localidad de Chapinero se encuentra al nororiente del barrio de la Candelaria, centro histórico de la ciudad. Esta localidad fue probablemente la primera expansión de la ciudad, en el siglo XIX, tras la independencia colombiana. Asentada en la parte plana del valle, al igual que La Candelaria se contiene con la imponente masa de la cordillera andina. El Chapinero se encuentra a unos 2500 metros sobre el nivel del mar, así que hay que dar un salto de unos 500 metros para llegar a San Isidro Patios y sus barrios, enclavados en la frontera bioclimática entre la zona de bosque, y la de páramo (el páramo es ese ecosistema que se ubica por encima de la cota de los 3400 metros).

Ahí, donde los cerros atrapan las nubes, donde nacen las quebradas como les llaman allá (en México les decimos barrancas) donde el sol quema porque la atmósfera es muy ligera, pero el frío cala a la sombra por la misma razón, los habitantes gestionan su derecho a habitar.

Es uno de tantos barrios en el mundo que han crecido al margen del sistema, pero producto de éste. Es un barrio de migrantes que provienen de distintos sitios de la región y del país, buscando oportunidades de trabajo, ante los cantos de sirena que la Ciudad (cualquier ciudad) promueve en discursos de progreso. Oportunidades que nunca están, que hay que construir, y por construir, se asientan ahí como familia, entretejiendo lazos, configurando identidades, y edificando volúmenes para habitar (podría decir viviendas, pero el termino tan trillado políticamente, es reductivo y se asimila como algo separado de la cotidianidad laboral, lo cual es falso, el espacio es refugio, dormitorio, trabajo, convivencia, intimidad y socialización).

Como en tantos otros barrios similares del mundo, la disposición pareciera caótica, anárquica, informe. Pero no, solo sigue otras reglas, aquellas que no están escritas ni en los grandes tratados de planificación urbana, ni en las enciclopedias del diseño normado, aunque para ciertas cosas, siguen la normativa de construcción. Los prismas se contornean según la topografía y la firmeza del territorio, evitando por prueba y error los flujos donde la quebrada lleva el torrente en horas de lluvia, que arrasa con todo. La calle se negocia de lote en lote, es el espacio público de todos, pero también, la extensión de la casa el día de fiesta.

Sigue una lógica sistémica inapelable: los lotes al paso del tiempo y de las generaciones, se densifican para albergar más gente y entonces pasan de la horizontalidad a la verticalidad. Los sistemas constructivos también siguen la lógica del mercado: los materiales que se entrelazan para realizar la construcción son los que, a la economía de los habitantes, les son más accesibles combinando precio y velocidad de ejecución.

Cuatrapean, refuerzan, perforan y cubren. El resultado edificado es de una honestidad socio económica abrumante: quien puede, recubre, aplana, pinta; quien no, deja los materiales a la vista. Quien puede cubre permanentemente con una losa de concreto y hasta se da el lujo de la teja; quien no, se conforma con una lámina de zinc.

Manifestaciones en muros combinan en laca la crítica y el desacuerdo. Las vistas son un poema, entre prismas edificados, cerros boscosos, o murallas de páramo, y balcones no diseñados que fugan el espacio hacia el valle, y esa ciudad que aún no es capaz de aceptarlos, pero requiere de su mano de obra, de sus recursos humanos.

Las personas, se aferran a su barrio, gestión a gestión, día a día, generación tras generación. Con su entorno, su paisaje, sus perros que ladran y cuidan, y su enemigo mas encarnizado: El miedo de quienes, por no conocerles, ya los han juzgado.

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