20 enero, 2021

Espacios: Humayun y su palacio para la muerte: precedente

por Jose Maria Wilford Nava Townsend

 

Casi todo mundo conoce el Taj Mahal, al menos en foto, seguida de la historia romántica sobre el emperador que manda a hacer el monumento mortuorio de su amada… Hay más en la historia, aunque hoy no platicaremos del emblemático monumento en Agra. La reflexión servirá como antífona de entrada para la siguiente entrega.

Hoy nos ocuparemos del precedente directo, en Delhi, la tumba de Humayun.

Humayun fue el segundo emperador de la dinastía Mogul, misma que dominó un imperio que abarcaba desde Afganistán hasta prácticamente todo el subcontinente indio. Fundada por Babur, descendiente de Gengis Kahan, la dinastía comenzó su expansión a partir de la ciudad de Kabul y ocupó en tiempos de este emperador toda la región denominada como Punjab a principios del siglo XVI.

 

A su muerte, heredó el imperio Humayun su hijo, de quien se dice fue un hombre sabio y bondadoso, más propenso a la cultura, la filosofía y el arte que a la mano férrea con que se controla un imperio. De ahí que, desde la perspectiva guerrera de los mogules, no se le considerara un gran gobernante; sin embargo, esa misma personalidad genera que su esposa principal —entre los mogules, cuya religión es el Islam, era permitido tener hasta cuatro esposas amadas—, Hamida Begun, le mandara construir un enorme mausoleo entre jardines paradisíacos que conservara su memoria perenemente.

La iniciativa de Hamida Begun fue de una trascendencia fundamental en este tipo de programas arquitectónicos, ya que de ahí se generó todo un conjunto dedicado a los cenotafios de personajes importantes y, posteriormente, se desarrollaron otros tantos en distintas ciudades, entre los que destaca el renombrado Taj Mahal.

Así, la arquitectura monumental Mogul transita entre ciudades fortificadas y grandes mausoleos ajardinados.

Al recinto se accede a través de un rotundo eje que recorre de poniente a oriente una primer secuencia de jardines, contenidos entre altos muros de piedra donde, vigilantes, reposan los restos de algunos servidores importantes formando ejes alternativos al norte o al sur. Estas tumbas son ya un pequeño anuncio que antecede al evento principal. Una puerta, terminada en un austero aplanado de cal, marca un primer cambio de escala. Al trascenderla, el eje remata con una segunda y más suntuosa que juega, ya en la perspectiva, con la enorme cúpula que, por lo pronto, en segundo plano focaliza la dirección como un imán de atracción imposible de rehuir. Los materiales comienzan a cobrar otro significado: sillares de cantera gris combinados en detalles de arenisca roja propia de la región tienen la intención de magnificar al protagonista del conjunto.

Al pie de la segunda puerta, de geometría abocinada, desaparece el segundo plano de la cúpula, pues es necesario volver a cambiar la escala, y sólo escondiéndola podremos recuperar el impacto de su verdadera magnitud. El gran muro  hace que la forma se aligere, se fracture con perforaciones arcadas y detallados balcones: no es una puerta defensiva, es una puerta ritual. Al pasar por ella, un recinto en penumbra terminará de hacer el efecto de escala requerido. El arco que nos permite salir del recinto y entrar al jardín principal se convierte en un marco tras el cual, bañado en luz, se manifiesta el gran mausoleo.

Como si fuera el centro de un universo propio, la enorme tumba se convierte en el generador de un trazo donde la geometría es rigurosa, marcada por canales de agua y fuentes que bañan los jardines como si estos fueran un oasis en un desierto imaginario, memoria quizá de otros territorios menos fértiles del gran imperio. El volumen, construido con base en sillares de arenisca roja y mármol, como casi toda la arquitectura monumental de la región que caracteriza esta parte de la arquitectura Mogul, se sustenta con un basamento donde están las tumbas reales, y está rodeado por una arcada perimetral. Sólo uno de los arcos en cada fachada tiene trascendencia hacia una escalinata que permite acceder al siguiente nivel. Una vez ahí, también en simetría rigurosa, se abren enormes los accesos al interior ceremonial. Celosías labradas juegan el juego de la luz y la sombra en variables geométricas interminables.

La perfecta simetría de todo el conjunto sólo es alterada por la curiosa posición, al sur este de la tumba del barbero real que, seguramente como todo buen barbero, habrá sabido ser el gran conversador de las intimidades del monarca, y de ahí que le quisiera junto a él en la otra vida.

La arquitectura es un extraño instrumento capaz de polarizar en belleza los extremos más absurdos que, a lo largo de su historia, se ha empeñado en mantener nuestra especie; se puede materializar con la cotidianidad básica de la vida de una persona: un fogón, un poyo, una ventana y un techo; se puede materializar a través de los egos más desbordados, sustentados en la idea de un amor suntuoso y deificado como en este caso. En los dos extremos, el resultado final puede ser de gran belleza a diferencia las pretensiones que la originan. 

Datado a finales del siglo XVI, el recinto tuvo diversos usos posteriores, pero fue rescatado en los noventas del siglo pasado y actualmente es parte de la lista de Patrimonio Mundial en la UNESCO. La democratización de un Estado, permite eventualmente que aquello que sólo pertenecía a unos cuantos ahora pertenezca a todos.

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