18 noviembre, 2020

Espacios: Habanera, identidad tropical

por Jose Maria Wilford Nava Townsend

Hablar de la Habana y hablar de Cuba, tratando de salir librado de dolorosos raspones ideológicos, a consecuencia de la enorme polaridad que desde la revolución de 1959 prevalece en el constructo colectivo del universo occidental es casi imposible, incluso tratándose de un espacio como éste, donde el objetivo principal es reflexionar sobre la forma en que habitamos los seres humanos y el cómo configuramos los espacios. Pero la realidad es que nunca en toda la historia de nuestra especie dicha configuración ha sido ajena a los vendavales ideológicos. Muy por el contrario, casi siempre es el referente más contundente.

Dicho lo cual, hoy la reflexión va sobre mi experiencia habanera visitando no como turista, sino como colaborador del Taller Internacional de Vivienda Popular, que organizaba hace unos años el arquitecto Alfonso Solano, juntando algunas de las instituciones de enseñanza en Iberoamérica. Así, con colegas de la Javeriana de Bogotá, la CUJAE de la Habana, La Landívar de Guatemala, y la Pontificia de Quito, armó el buen Alfonso una estancia peculiar en la capital cubana, donde alumnos y profesores tuvimos la oportunidad de trabajar con chicos y docentes locales, caminar sus barrios, visitar sus casas y escuchar sus posturas por encima de la guía turística.

Habiendo visitado, claro, los grandes edificios emblemáticos —desde la Catedral sumergida en su baño de tejas, como canta Silvio Rodriguez, hasta los edificios corbusianos construidos en la época de Batista y convertidos en símbolos de la revolución— las reflexiones de hoy van sobre otros edificios, aquellos donde vive la gente. Donde, sin importar la época en que fueron erigidos o el patrón ideológico que los financia, abrigan la cotidianeidad actual del ciudadano.

Son esos edificios de distintas épocas, que por calidad o necesidad siguen vigentes. Algunos refinados y de bella factura, aunque traqueteados por las inclemencias de un clima que tiende a comerse todo con gran voracidad; otros simples, de factura popular, alimentados por la creatividad de la marginación; y otros más, producidos por el ejercicio propagandístico, olvidados por éste, y ajustados por los habitantes a lo que se puede y toca.

No importa el régimen, la arquitectura habla. Dos bellos edificios refieren a la aspiración de la modernidad identificada con el Decó de Miami, de abstraer referencias y purificar geometrías, donde el clima invita a balcones amplios que se asoman buscando la brisa y proyectando sombras, semiescondidos entre el follaje de una plaza ajardinada

Más lejos, las pieles de tablones de madera de las casas platican de una otrora marginación racial, superada, pero no olvidada aún en la isla. La construcción se proyecta a la calle desnudando un portal en sombra, donde sentarse al fresco y ver pasar a los vecinos para saludarles.

En otra zona, una calle curvea mostrando una secuencia de bloques de apartamentos, ni tan refinados ni tan marginados, transitando de una época a otra, de una clase social incierta.

Luego, los conjuntos multifamiliares: los exitosos, los cuidados, los que aún presentan vestigios de la utopía… y los otros, los olvidados, los descuidados, huella fehaciente de que en todo hay éxitos y fracasos.

En todos estos, llega la noche y la luz eléctrica aparece solo donde no vive la gente, donde deambula el visitante de tierras lejanas, donde hay dinero. Pero sin luz, se ven las estrellas, y los niños y los abuelos salen a bailar salsa, porque ahí sí saben bailarla.

No siempre se puede deambular fuera de la cuenca que la industria de la migración pasajera y voluntaria nos marca para el flujo exitoso de la experiencia, pero siempre que exista oportunidad, hay que salir de ella, para conocer el verdadero sentido de identidad de quienes habitan en ella.

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