25 noviembre, 2020

Espacios: Grandville Island

por Jose Maria Wilford Nava Townsend

Habitación, ocupación, transformación, reposición, ¿regeneración?

 

La ciudad de Vancouver se ubica en la frontera suroeste de Canadá, en la denominada región de Cascadia, que, como territorio bioclimático, no entiende de límites nacionales, abarcando tanto el lado canadiense como el estadounidense. Imaginen en su origen, una población que se asienta en medio de un brazo de mar rodeado de montañas cuyas cumbres nevadas dialogan con las nubes. De éstas últimas proviene la cuantiosa lluvia que, durante todo el año, pinta permanentemente de verde la vegetación, y recorre nuevamente su ruta hacia el océano en incontables arroyos. El vaivén de la marea descubre en la bajamar un manjar de crustáceos listos para ser recolectados sin grandes esfuerzos, tanto por las tribus nómadas locales, como por los cientos de aves migratorias que ocupaban estacionalmente la región.

Suena paradisíaco, pero para uno que es de regiones tropicales y temperaturas templadas, es frío desde el otoño, hasta la primavera. Claro que, para los locales, en sus propias palabras, es el mejor clima de todo Canadá, el más agradable.

A inicios del siglo XX, los procesos de producción industrial llegan a un punto de expansión urbana peculiar en la comentada región, y la ciudad de Vancouver comienza un proceso de colonización de los territorios naturales. Las ciudades hasta hoy siempre crecen colinizadoramente. 

La mancha urbana se desdobla desplazando otras ocupaciones, a otros habitantes de todas las especies, incluida la nuestra y, en este caso, construye una falsa isla para ser ocupada por las industrias que despuntan al éxito temporal: maquinaria, maderas, pesca a gran escala, minería y construcción. El espacio fue originalmente denominado “la isla industrial”, para posteriormente adoptar el más popular nombre de Granville, derivado de la calle y el puente que conecta la ciudad hacia el norte.

La isla operó como parque industrial hasta los años 70 del siglo pasado, sin “un solo espacio verde” según la información oficial, modificando su entorno hasta convertirlo en territorio de desecho: no más crustáceos, no más aves migratorias y por supuesto no más tribus indígenas. Pero a partir de ese momento, como un proyecto a largo plazo, el gobierno de la ciudad decidió reconvertir ese destino.

Así, lo que otrora fueran bodegas y naves industriales construidas con ladrillo, madera y lámina, se han ido reprogramando en un barrio de usos múltiples, donde mercados, galerías de arte y artesanía regional, y departamentos van adosando a la tipología previa, en ocasiones con mas imaginación, en ocasiones con menos, nuevos elementos de lenguaje para las actuales dinámicas de habitar. La inserción de jardines y espacio público se coronan en 2002 con el fallo de la corte canadiense para que los herederos de las tribus que originalmente habitaban estacionalmente la zona puedan reclamar parte del territorio como suyo, e incorporarse a la nueva dinámica urbana.

Conservando elementos importantes de memoria, las otrora construcciones industriales, tan despreciadas a finales del siglo XIX por las Academias, hoy son parte de la identidad progresiva de un territorio, y las adecuaciones son tratadas como parte de un proceso que deambula entre la arqueología y el reciclaje, considerándose parte del patrimonio histórico inmueble de la ciudad. Solo 100 años se requirieron para transformar una visión, así de triviales son los juicios de valor.

Granville se ha convertido en destino turístico, tanto local, como nacional e internacional, y si bien no podemos hablar aún de que hay una transición regenerativa con el ecosistema natural, lo cierto es que regresan los crustáceos, los peces y las aves migratorias, conforme van, muy lentamente, disolviéndose los componentes contaminantes. En cuanto a los herederos de las tribus nativas, habrá que esperar todavía un par de generaciones para saber si la restitución les permite construir una dirección propia para su desarrollo cultural, o terminarán siendo absorbidos por el anonimato que conlleva toda gran urbe.

La ciudad no es un ente estable, como no lo es nuestro planeta y no lo es el universo. Es posible reconfigurar el rumbo de un sitio, ya que el único destino reconocible es la transformación y el cambio, la evolución en múltiples orígenes. La necesidad de abrazar ciertos elementos de memoria nos define, es parte de nuestra esencia, nos da significación, hasta que la misma evolución termina borrando ese significado, para que aquellos que nos sobreviven den uno propio y decidan que conservar, y que modificar a su vez: eso es habitar.

ARTÍCULOS DEL MISMO AUTOR./

Publica

Villa de Leyva: Congelada entre el tiempo y el páramo

Al norte de Bogotá, en la región de Bocayá, entre los valles que se forman por el tridente andino que caracteriza a esta cordillera en el territorio colombiano, la Villa debe su nombre a Andrés Díaz Venero de Leyva, primer gobernante del Nuevo Reino de Granada, y su fundación en la localización actual data de 1572.

Ver más
Publica

Mezquita del Cristo de la luz: todo suma

Originalmente la mezquita de Bab al-Mardum se construyó a finales del siglo X, en la ciudad de Toledo, importante asentamiento urbano visigótico conquistado por la invasión musulmana a la península ibérica durante el último cuarto del primer milenio de la era cristiana.

Ver más