23 septiembre, 2020

Espacios: El otro Luis: Apreciar todos los lenguajes, antes de desarrollar el propio

por Jose Maria Wilford Nava Townsend

Ya Christian Mendoza nos ha relatado en una muy interesante publicación, dentro de esta misma revista, la obra de Luis Barragán en la Condesa. Arriesgándome que este escrito pueda parecer reiterativo a los amables lectores de este espacio, he decidido asomarme también al tema, pero abordando específicamente un solo proyecto: las casas de avenida México 141 y 143.

Explico por qué: cuando yo estudié arquitectura, entre 1985-90, y me parece ya haberlo comentado, se encontraba en plena efervescencia la visión crítica posmoderna hacia el Movimiento Moderno. Acentuada por el terremoto del 19 de septiembre del 85, los grandes héroes se convertían en villanos. Y no era para menos: algunos de los edificios más celebrados en nuestro país, de arquitectos consagrados, se habían venido abajo o, si no, habían quedado tan maltrechos que solo podían dar el paso a una inevitable demolición.

En ese contexto, una de las referencias a buscar era la obra de Luis Barragán, ampliamente mencionada por nuestros profesores: la luz y el color, los materiales y la espacialidad de la arquitectura, desarrollada por el inconmensurable ingeniero tapatío —¡Épa! ¿Qué no es arquitecto?… bueno no de título universitario, pero el título real no lo da una cédula— daban paso a una apuesta por buscar una contemporaneidad mexicana que estábamos obligados a demostrar en cada ejercicio proyectual.

Ya avanzada la carrera, el curso de “Historia y tendencias de la arquitectura contemporánea”, impartido por mi padre, era un paso obligado para cualquier alumno de la Ibero, y yo no iba a ser la excepción. Ahí, para mi sorpresa —sí, a pesar de ser mi padre el profesor, fue una sorpresa— sólo nos mostraba una obra de Barragán, una sola, mientras hablaba del Stijl: las casas de avenida México 141 y 143. Mi extrañeza fue máxima, ya que no sólo se hablaba poco de esa etapa de don Luis —incluso se hablaba más de su primera época en Guadalajara—, sino que otros docentes hacían esfuerzos por justificar ese momento, como si hubiese sido algo malo, y como si fuese una enfermedad terrible satisfactoriamente superada.

Yo me quedé con la imagen de esas casas clavada, con la frase de mi padre al preguntarle y contestarme rotundamente “no se reniega de ningún hijo” y con la inquietud de conocerla. Pasado el tiempo, las he ido a visitar varias veces, a solas y en compañía de mis alumnos. Siempre por fuera, pues siguen siendo viviendas privadas. Siempre con esa fisonomía de encontrarse en el punto mórbido, donde aún la belleza es palpable, pero en necesidad ya de la medicina que sólo una intervención restauradora puede proveer a la arquitectura. Siempre con la esperanza de un día, poder verlas por dentro.

Lo que nos deja ver la fachada, es un volumen actuante que permite leer a las dos casas, como un solo edificio. El paño de la cinta se respeta sólo en planta baja, donde una simetría rigurosa marca los accesos vehiculares y peatonales para cada vivienda, éstos últimos, más remetidos que los primeros y donde la forma vertical delata su uso. Los siguientes niveles, se componen empujando el volumen unos 60 centímetros sobre la acera, lo cual genera el umbral necesario para los accesos, diferenciando claramente ambas casas por una sutil asimetría. Ésta celebra en el primer nivel la esquina conseguida por el volado al norte de la fachada con una ventana en bandera que luego continúa corrida hasta el extremo sur, “de muro a muro” —como lo describiría Le Corbusier en sus cinco puntos de la arquitectura—, sólo interrumpida a la mitad para generar la división entre las dos viviendas. En el segundo nivel dos ventanales de piso a techo se polarizan en los extremos opuestos del volumen que, del lado sur, se remata con un marco que anunciaría la terraza jardín, hoy ya techada y del lado norte un barandal que aún nos habla del uso activo de la azotea.

El diseño de la herrería refiere a la producción industrial de perfiles en T, L, I, soleras, acomodados en una composición abstracta de módulos precisos, con dimensiones de paneles de vidrio manejables y accesibles económicamente para la época y, por qué no decirlo, aún para nuestros días. El módulo sigue una lógica inapelable: Es más cerrado ahí donde la protección y la seguridad son necesarias, y se abre ahí donde la contemplación del paisaje del parque obliga.

Trascendido el fervor nacionalista posmoderno, y entendido la modernidad como uno más de los procesos evolutivos de nuestra especie, les invito a analizar conmigo esta estupenda casa, que merecería estar —desde la humilde opinión de quien esto escribe— dentro de las obras destacadas de nuestro Premio Pritzker, en lugar de permanecer escondida como mero relato pasajero de su vida. No desmerece en nada la obra posterior, y subsiste dignamente aún, al paso inmisericorde del tiempo.

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