14 abril, 2021

Espacios: el árbol-cosmos habitante

por Jose Maria Wilford Nava Townsend

 

“Schools began with a man under a tree who did not know he was a teacher, sharing his realization with a few others who did not know they were students.”

Louis I. Kahan

 

En el registro de estas reflexiones, como podrán notar quienes hayan seguido las publicaciones, he intentado pasar, un tanto cuanto visceralmente, por diferentes manifestaciones espaciales, que incluyen, desde luego, aquellas no derivadas de la intervención humana. 

En este sentido, una de las espacialidades  que más poderosas reflexiones genera es el árbol.

Macrocosmos y microcosmos a la vez, el ser vivo al que denominamos árbol es individuo habitando y a la vez, hábitat de cientos de sistemas vivos a múltiples escalas, desde microorganismos hasta colonias completas de vertebrados pasando por infinidad de insectos.

Hoy recupero una publicación hecha en mi página de Facebook, donde narro las cualidades de un árbol particular, presente desde mi infancia y con quien he tenido multitud de momentos, donde el aprendizaje sobre el espacio, primero de forma inconsciente y luego de forma consciente, nunca a cesado.

El árbol es un hule, está en el actual predio de la casa que mis padres adquirieron hacia 1978 para crear un refugio familiar en la Colonia Parres del Municipio de Jiutepec, Morelos. Originalmente el terreno era colindante al de la casa, y como todo era un entorno rural —ahora está conurbado— sólo nos dividía una barda de tecorral —sistema de bardas de piedra sin junteo, que difícilmente sobrepasan el metro de altura, con las que los campesinos mexicanos subdividen sus parcelas— que mi hermano y yo traspasábamos continuamente, para ir a jugar a Tarzán junto con los amigos locales, ya que las dimensiones del coloso vegetal correspondían perfectamente con las descripciones que hacía Burroughs de los gigantes tropicales africanos, al menos para nuestra mente infantil.

El majestuoso árbol estuvo ahí antes que los predios fueran tales, al menos unos doscientos años, probablemente sembrado por una mano campesina, ya que no es endémico de la región, y ahí permanece una vez unidos los lotes.

El espacio transita entre las sinuosas raíces que fungen a la vez como cimiento de la maravillosa estructura, como red de alimentación y, en sus intersticios tanto exteriores como subterráneos, cual una ciudad compleja e interminable para un sinfín de micro ecosistemas. Es posible estudiar sus patrones formales aun no teniendo una geometría regular o simétrica. El estudio de dichos patrones tendría que compararse después analíticamente con otros sistemas de flujos que nos permitan establecer las relaciones entre la visión holística y sus fractales.

El tronco es un ejemplo de adiciones, pues el Hule usa como estrategia para subsistir al paso del tiempo, generar nuevas raíces que cuelgan de las ramas hasta encontrar piso fértil —para nosotros, de niños, eran como lianas donde colgarse, comprobando empíricamente la resistencia a la tensión de las fibras… todo es un juego—, donde se asientan y engrosan hasta formar parte del tronco.

Las ramas son un universo de estructuras en cantiléver cuya proporción bien estudiada nos da un cálculo estructural perfecto… y donde habitan también otro sinfín de microcosmos muchos de los cuales tienen a su vez, su propio sistema estructural, como hormigueros, panales, nidos arácnidos o de aves.

Todo funciona como un gran sistema… y encima el espacio entre el follaje y el piso se convierte en un refugio de memorias… ese lugar que, dice Kahan, todo edificio quiere ser en esencia. El sitio donde nos reunimos a compartir universos de diversidad.

Hoy, mis clases de secundaria sobre biología me sería más útiles para entender la arquitectura y su geometría… pero en ese momento yo no comprendía que todo está conectado. ¿Y si replanteamos las escuelas?

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