6 enero, 2021

Espacios: Cuescomate, el espacio donde habita el grano

por Jose Maria Wilford Nava Townsend

 

Mucho más cercano a un nido, tanto en su proceso constructivo como en sus características estructurales, este gran cuenco, a punto de quedar olvidado de la memoria cotidiana de un universo que lo reprodujo durante miles de años, nos recuerda más nuestra genética constructora animal, que nuestra pretensión de ser superior.

Un pequeño basamento de piedra circular, sólo abierto por una pequeña puerta por donde, siguiendo la fuerza de la gravedad, saldrá el grano celosamente cuidado, producto de la milpa en forma cuantificada, sostiene a una cazuela compuesta por una mezcla de tierra compactada y zacate. La tierra trabajada con agua se teje con el zacate para formar, al secarse, una compacta sustancia que resiste a la compresión y a la flexión, precedente milenario de lo que, con otros materiales, evolucionará posteriormente como concreto armado. La cazuela puede elevarse un par de metros, abriéndose hacia la altura hasta llegar a un diámetro cercano a 1.50 metros.

No, no es un espacio para que habiten las personas y sin embargo, la construcción es esencial para hacer sustentable el proceso de habitar sedentariamente. Ahí se guarda, como ya hemos dicho, el grano para mantenerlo fresco y seco, hasta que la madre tierra cumpla el ciclo anual de la cosecha. Ahí, se guarda el sustento, y por ello es sustentable.

La gran cazuela no representa el fin de la construcción. Para cubrir el grano y protegerlo de la lluvia, el sol, los pájaros, es necesaria una techumbre, cerrar este gran nido. La techumbre se hace con un doble tejido, un enramado de cañas y ramas constituye una solida red sobre la cual, también con zacate, ese pasto duro y altamente fibroso, se van tejiendo varias capas de grosor suficiente y pendiente adecuada para que el agua de lluvia escurra por la superficie sin penetrar al interior, ya que, de hacerlo, pudriría todo el grano almacenado. La cubierta presenta un nuevo orificio, mucho más grande que el del basamento de piedra, por donde se alimentará al contenedor con el producto. Su ubicación justo donde se toca la cubierta con el gran cuenco de tierra y zacate, asegura que no se rebase la línea de contención más arriba, manteniendo un espacio ventilado como parte del sistema de conserva.

Hace dos mil años estos cuencos, según ciertas narrativas, eran producto común en la expresión constructora de las parcelas olmecas. Hace unos 35, aún podían verse en cada patio de las casas que se construían con adobe en las poblaciones de Jantetelco, Jonacatepec y Chalcatzingo, al oriente de Morelos, donde los habitantes guardaban aún el conocimiento milenario, su genética de constructores, como los pájaros guardan la suya generación tras generación, para edificar sus nidos. Hoy, ya no quedan más que un par en Chalcatzingo, y algunas copias que se presentan más como monumentos y piezas de museo, que como parte útil del proceso de producción agrícola. Y es que la necesidad adquirida de habitar como en la ciudad, convierte los patios de las casas, incluso en los poblados que aún conservan una escala rural, en áreas para cubrir otras actividades alejadas de la producción agrícola.

Yendo hacia la zona arqueológica del Chalcatzingo, de la que hablaré en la próxima entrega, tras un muro mitad adobe, mitad block de concreto, y una barda de tecorral, asoma aún negándose a morir uno que aquí comparto. Un poco más adelante, se alza otro en una escala más expositiva, como parte de la atracción de un centro turístico, aunque en la página del Estado de Morelos, como atractivo turístico, aún nos anuncian su presencia casi olvidada.

Todas las personas somos capaces de construir, con los recursos que tenemos a mano, un refugio antes de los 5 años. Luego somos educados en todo lo que no podemos hacer y se nos olvida. La Dra. Caterina Pregazzi compartía hace poco en redes la publicación de Juhani Pallasma sobre la arquitectura de los animales, que también, como los niños pequeños, son capaces de construir con los recursos que tienen. Tiempo de regresar a las bases.

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