18 febrero, 2021

Espacios: Convento de Capuchinas, Antigua Guatemala

por Jose Maria Wilford Nava Townsend

 

Mucho hay que escribir sobre la antigua Guatemala, la ciudad de los Capitanes, del volcán de agua y el de fuego, del terremoto arrasador. El lugar, entre realidades e historias, de para muchas entradas que poco a poco, iremos compartiendo en este espacio. Hoy, compartiré las impresiones sobre uno de sus conventos: el de las monjas capuchinas, que presenta una peculiaridad notable y digna de referir.

A 1500 metros sobre nivel del mar, aproximadamente, el clima difícilmente puede ser más benigno. Me recuerda inevitablemente, en ese sentido, a nuestra preciada Cuernavaca a la que atribuimos un estado de primavera eterna. La realidad es que, a lo largo de Iberoamérica, sobre todo entre las cotas de los altiplanos tropicales, más de un lugar puede competir por ese premio, y Antigua es uno de ellos.

Al clima se le añade el romanticismo de la ruina, no provocada en este caso por el deterioro producto del olvido, sino por un evento natural catastrófico, acaecido a finales del siglo XVIII. El que este hecho haya sucedido probablemente en el momento de mayor esplendor de la ciudad, hace que su estancamiento en el tiempo y la restauración actual para explotar turísticamente sus cualidades conlleven a una fórmula de éxito comercial muy peculiar.

Bajo este contexto, es importante comentar que, como todas las ciudades del Virreinato de la Nueva España, la de la Capitanía General, basaba su traza en la retoma renacentista de los tratados de Hipodamo de Mileto, con su retícula ordenada por calles y plazas, y la composición de sus edificios, en una estructura social barroca, de castas y estratificada, no precisamente un ideal para nuestros tiempos. Los espacios públicos servían como atenuante generando un roce social entre estratos, mezclando comercio y religión (el catolicismo) como actividad cotidiana. En esa tesitura, es también común en todas las ciudades novohispanas, la actividad conventual como parte esencial de la ideología socioeconómica y constitutiva del espacio urbano.

Es ahí donde surge este peculiar recinto, terminado hacia 1736, del que se comenta fue el primero en no solicitar “dote” para las mujeres que ingresaban, permitiendo que dentro de él hubiera una mayor estratificación socioeconómica, aunque la población era pequeña comparada con otras estructuras conventuales, albergando no más de 26 hermanas.

En la planta que se encuentra a la entrada del hoy museo, podemos observar de sur a norte el volumen del templo, que se remete de la cinta en la esquina suroriente para generar el atrio, y cuya nave se encuentra orientada al este, en la fachada principal, corriendo al oeste hacia el ábside. Adosado al norte, el cuerpo principal del convento no ofrece en esta vista, elementos inusuales: Un claustro de proporción cuadrada con una arquería de 5 vanos por lado alrededor del cual se dan los espacios colectivos de las monjas. Es en volumen donde comenzarán los juegos inusuales, ya que las proporciones de la arquería son atípicas, obedeciendo más al ajuste dimensional requerido para soportar sismos, que, a la pureza de un estilo clásico, subiendo al segundo nivel, ésta desaparece para dar lugar a unas amplias terrazas perimetrales que generan un particular sentido de escala en el patio. Escondido al poniente, otro pequeño patio da pie a una sencilla, pero bella fuente de lavado.

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