14 enero, 2021

Espacios: Chalcatzingo: aprendiendo del preclásico

por Jose Maria Wilford Nava Townsend

Si seguimos en un mapa, el eje que forma la Sierra Nevada como le llamaron los españoles, que va desde el Monte Tláloc hasta el Popocatepetl, hacia el sur se continúa en un espinazo menor que forma una frontera natural dividiendo el Estado de Morelos con el de Puebla. Esta elevación que alcanza una altura aproximada de 1900 msnm, desciende en una pendiente tenue al occidente, hasta un ondulante valle, relativamente plano, surcado por las pequeñas cañadas que forman los escurrimientos del agua.

Ahí, en un contexto de poblaciones de origen rural, se levanta imponente un conjunto de cerros de graneolita. El cerro del Chumil más al norte y los dos cerros gemelos de Chalcatzingo, más al sur.

En el primer tercio del siglo XX, una serie de lluvias torrenciales “destaparon” unas “piedras con relieves” ubicadas justamente en el cerro de Chalcatzingo, por lo que la entonces directora del Arqueología del Museo Nacional, Eulalia Guzmán, se trasladó al sitio para su análisis. La narrativa que ofrece el texto de David C. Grove, en el artículo respectivo de la revista Arqueología Nacional, es por demás interesante para entender lo que han ido develando ocho décadas de exploración en la zona.

El artículo lo encontré cuando buscaba referencias documentadas sobre Xochicalco, y habiendo estado en la zona hace ya unas cuantas décadas sin percatarme de la existencia de la zona arqueológica, decidí ahora en diciembre, junto con un grupo reducido de entusiastas acompañantes, emprender la visita obligada, previa investigación de si estaría abierto y siguiendo los protocolos sanitarios que exige la situación sanitaria actual, claro está.

Como en todo recorrido, la expectativa de llegada siempre tendrá ese dejo de duda, donde nos preguntamos si realmente valdrá la pena el trayecto o no, hasta que en el horizonte aparece la monumentalidad del evento que protagoniza el paisaje: La silueta peculiar de los cerros. Conforme nos vamos acercando, lo que antes era silueta va definiendo poco a poco rasgos particulares: Unos enormes muros de piedra desnuda hacienden casi en vertical para ser coronados en las laderas menos escarpadas y en su cúspide, por la vegetación endémica.

Se accede a la Zona Arqueológica por un pequeño bosquecillo que lleva a las plataformas de lo que fuera el centro ceremonial de una ciudad, cuyo apogeo está datado en el preclásico medio —700 a 500 antes de nuestra era. Comparado con otros sitios arqueológicos, la sencillez y escala de la plaza puede engañar al visitante sobre la importancia del sitio; el relativamente pequeño basamento piramidal, cuya base cónica y redondeada en las aristas hace sentir que crece en espiral, aunque no sea así, y el juego de pelota, se alinean en dirección oriente-poniente a la comisura que se forma entre los dos promontorios de graneolita, donde el pico más alto ubicado al sur oriente se manifiesta como el gran contenedor del espacio, mientras que la plaza se abre hacia otras plataformas al norte, descubriendo el paisaje del valle.

La parquedad de los monumentos construidos, que incluyen un templo de características claramente olmecas, contrasta con la explosividad del entorno natural. Si nos quedáramos solo con esta sección del recorrido, ya sería suficiente para hacer de la experiencia, un nuevo acervo de sensaciones espaciales. Pero nos estaría faltando lo que para mí, fue realmente superlativo: las esculturas en bajo relieve que llevaron a Doña Eulalia a este remoto paraje y que han obligado a dedicar 80 años de estudio para el sitio.

Originalmente, las características de los primeros bajorrelieves destapados por el agua, vinculaban al sitio directamente con la cultura olmeca, sin embargo, tras décadas de trabajo 18 relieves más encontrados y por encima de 40 esculturas de diversos tamaños documentadas, se presume que el sitio en realidad, fue un punto de encuentro de una compleja red inter comercial y cultural que ligaba desde las regiones mayas, hasta el altiplano central y las cosas del golfo, a diversas estructuras sociales del Mesoamérica preclásico.

Subir por el intrincado camino que lleva a las esculturas que utilizaron como lienzo la base de la pared del mismo cerro, es un ejercicio que nos permite descubrir los niveles conceptuales del conjunto y su diálogo intrínseco con el sitio, los relieves, son una experiencia aparte. Si bien algunos son poco legibles, otros son claramente identificables, narraciones en piedra de una ideología compleja y sistémica. Un gobernante cuyo hacer se vincula a los ciclos del agua y la tierra, si éste falla, los ciclos se rompen. Animales fantásticos que dialogan con el universo, fieros jaguares que dominan a las personas. Una escalinata se aparece en el recorrido, aderezado por el crecimiento casi inverosímil de peculiares árboles locales, al abordarla, nos lleva a otros labrados. La base del cerro es una secuencia ceremonial, hacia la cara de éste, se narran las historias, hacia el lado opuesto, mirando al norte, se compone el paisaje en una secuencia donde la dominancia de los muros verticales de piedra, se suaviza en plataformas, unas naturales y otras reconformadas, que conectan con el valle.

La reflexión de Grove ante el eclecticismo arquitectónico y escultórico de este bello y poco fomentado espacio arqueológico, me lleva a pensar que antes de las grandes ciudades hegemónicas del clásico, y de las amuralladas ciudades estado del postclásico, hay un universo difuso que habla de otras relaciones, de otros vínculos, de otras formas de relación entre los grupos humanos, que no depende necesariamente, de la dominación de unos sobre otros. Será mi idealismo romántico.

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