21 julio, 2020

Espacios basura, espacios reciclados

por Alfonso Fierro

Hace dos semanas, de camino a Malinalco, tuvimos que hacer una escala técnica en el Centro Comercial Santa Fe, una mole gigante al lado de la carretera, prototipo perfecto de lo que Rem Koolhaas llamó alguna vez —en su invectiva furibunda contra la posmodernidad arquitectónica— un “espacio basura”: una arquitectura prefabricada, mutante, con “textura de euforia enlatada” (21), guiada por la lógica dictatorial del consumo. “El espacio basura” decía Koolhaas “reemplaza la jerarquía por la acumulación; la composición por la adición. Más y más, más es más” (11). En plena cuarentena, el centro comercial estaba vacío y casi clausurado. Desde afuera parecía un buque hundido, rescatado de la profundidad ya medio echado a perder. Sin embargo, algunas tiendas mantenían su luz prendida, sobre todo encima de los escaparates, como si se estuvieran preparando para abrir como cualquier otra mañana antes del 2020, lo cual dotaba al sitio de un aura espectral y fantasmagórica, una realidad paralela. Lo que desde la carretera parecía a todas luces una ruina, ahí abajo, frente a los maniquíes bien vestidos, parecía más bien un mundo encantado, cautivado en el pasado como por un hechizo. 

Es sabido que, antes de convertirse en una zona de corporativos y clases altas, un barrio que sistemáticamente segrega y expulsa a la población que habitó esos terrenos durante muchos años, Santa Fe fue un basurero. Un relleno sanitario, para ser exactos. Cuentan los alumnos de la Ibero que todavía a veces, en las noches, una oleada a podrido recorre los pasillos como el fantasma de un pasado reprimido, literalmente enterrado. El que los cimientos de los grandes corporativos se anclen en basura es solamente una de esas contorsiones metafóricas que México sabe dar, sin querer o adrede, como prueba de su valemadrismo o su descaro. Y ya se ha recordado lo suficiente que justo esa pareció ser la lógica detrás de la planeación de aquel desarrollo urbano, en muchos o todos los sentidos salvo el mercantil. Poco se recuerda, en cambio, que hace mucho, por allá en los años treinta, en plena recuperación de otra severa crisis económica, algún geólogo se percató de que aquellos terrenos eran minas de arena. La ciudad se estaba construyendo en aquel entonces: salíamos de la crisis patrocinando infraestructura, la cual ponía en marcha a las constructoras, que pedían créditos y pagaban intereses a los bancos, los cuales invertían en proyectos inmobiliarios y de otro tipo para un suelo de pronto revalorizado, proyectos que aceleraban la producción industrial. En fin, se necesitaba arena y se excavó de ahí. Cuando pasó la euforia, quedaron unos huecos que no servían de mucho, así que decidieron llenarlos de basura, lo cual era lógico para una zona que estaba fuera de la ciudad pero tampoco tan lejos. ¿Y luego, cómo reciclar aquello? Ya a principios de los años ochenta, Héctor Castillo presagiaba en La sociedad de la basura lo que unos años más tarde se materializaría en Santa Fe: 

Si estos inversionistas son propietarios de terrenos, dentro o en las cercanías del DF, terrenos rústicos, disparejos, de minas de arena o de barrancas que necesiten ser emparejadas […], con la técnica del relleno sanitario —que consiste en sepultar la basura con tierra— en un lapso de tiempo se podría emparejar el terreno y dejarlo en condiciones aptas para construcción o simplemente para venta de lotes y terrenos de fraccionamiento. (35)

El resto de la historia la conocemos. David Harvey ha descrito la lógica detrás de ella a profundidad. Para que el capital sea capital y no pierda su valor, necesita a la fuerza reproducirse, requiere un lugar a donde ir. A menudo, esto se logra a través de la expansión geográfica, la inversión en el desarrollo de espacios hasta ese punto “vacíos”, espacios de oportunidad. Harvey describe esto como un proceso de destrucción creativa en la medida en la que el desarrollo arrasa con lo que había antes (o lo entierra, segrega o expulsa) para producir un espacio apto para absorber capitales y reiniciar el ciclo de la acumulación. Tal como sucedió en Santa Fe, donde un centro comercial y algunos edificios residenciales o corporativos de lujo, además de las universidades privadas que proveen la fuerza de trabajo, fueron ancla suficiente para un desarrollo que no ha dejado de atraer capitales inmobiliarios, de construcción, entretenimiento o comercial, todo el tiempo expandiéndose y ganándole terreno al bosque y a las poblaciones que ya estaban ahí desde antes pero que en ningún momento entraron en el plan. 

Harvey dice que, en el capitalismo, las crisis funcionan como otra de estas destrucciones creativas, entre otras cosas porque destruyen capitales, algunos de ellos materializados en espacios que se vuelven basura (como una fábrica que se abandona, por ejemplo). Preparan el terreno, dice, para que la acumulación se reinicie: alguien compra esa fábrica en remate para hacer algo con eso, tal vez un antro o uno de estos “mercados” de moda o algo así. Queda claro que la actual crisis dejará en la ciudad de México este tipo de espacios basura: abandonos y quiebras por donde los capitales triunfantes penetrarán para reproducirse más y mejor, lo cual transformará la ciudad y su dinámica. Frente a la particularidad de una crisis caracterizada por el infarto inesperado al consumo, el estado también tendrá que incentivar la demanda como pueda, lo que quizá incluya mayores inversiones en infraestructura y reciclaje espacial, tal como ha sucedido antes (por verse estarían el tipo de proyectos y su dirección política y social). Pero Harvey también señala que las crisis son destrucciones creativas porque generan a su vez nuevas estrategias colectivas de resistencia y supervivencia urbana, que a veces tienen que ser inventadas de la nada o aprovechar lo que ya estaba en potencia (como el auge de las redes de trueque solidario en Argentina en 2001). Algunas de estas estrategias, que es tarea de todos nosotros imaginar y ensayar, también pasan por el reciclaje y la apropiación, haciendo uso directo del derecho común a habitar y transformar la ciudad de una manera digna para la mayoría.


Referencias:

Castillo, Héctor. La sociedad de la basura. México: UNAM, 1983. 

Harvey, David. The Urban Experience. Baltimore and London: Johns Hopkins UP, 1989. 

Koolhaas, Rem. Espacio basura. Barcelona: Gustavo Gili, 2007. 

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