1 junio, 2017

Espacio, patrimonio y protesta: tres puntos de vista

por Arquine | @arquine

 

Hace unos días se inauguró la Feria de las Culturas Amigas, este año transformada en Feria Internacional de las Culturas Amigas. Originalmente se instalaba a lo largo de los camellones en parte del Paseo de la Reforma y desde hace cuatro años ocupa la plaza principal de la Ciudad de México: el Zócalo. Este año, se extendió además a la cercana Plaza de Santo Domingo. Esta instalación hace pensar, como casi cualquier actividad en el espacio público, cotidiana o extraordinaria, autorizada u organizada por el Estado o surgida de manera contestataria, en las formas de ocupar la ciudad, en especial cuando pensamos en sitios calificados como patrimoniales: ¿se debe cuidar el patrimonio a costa de anular la agenda cultural que es un estimulante de convivencia social? O bien, ¿esta clase de encuentros cancela o estoraba otras posibilidades de ocupación, como la protesta? A partir de este hecho específico, presentamos tres puntos de vista sobre temas más generales relacionados a los espacios urbanos: la noción de patrimonio, las políticas de uso y la posibilidad o el rechazo de la protesta.

ColectivoDeUno_FICA_2340FICA 2017 | Colectivo de UNO | Fotografía © Rafael Gamo

 

El espacio urbano como patrimonio
José Ignacio Lanzagorta

Reducido a una mínima expresión de laboratorio, patrimonializar significa un acto performativo que le confiere a un objeto un valor intangible que mandata su conservación. Los términos de su valorización, así como los de lo que significa conservarlo entrarán siempre en disputa: es más que un acto performativo. Esto, además, tiene más particularidades cuando hablamos de un patrimonio que es público, inmueble y de carácter histórico, cultural y estético. Diferentes actores, diferentes imaginarios entran un en un complejo proceso cultural, político, económico, jurídico y socioespacial de alcances históricos, es decir, con cambios y continuidades sobre el por qué, para qué y cómo lidiar con esto que nombramos “patrimonio”.

Cuando (un tramo particular de) la ciudad es considerada patrimonio, no refiere a una sola forma de entender su valorización. Por su puesto, la explotación turística de la admiración estética es quizá su faceta más dominante en nuestro tiempo, pero no la única. La ciudad como patrimonio también se vincula a imaginarios nacionalistas, a memorias colectivas que activan procesos políticos y, sobre todo y muy frecuentemente, a centralidades urbanas que sostienen múltiples rutinas cotidianas. La densidad de usos y valoraciones sobre el entramado patrimonial rebasa por mucho la de otros objetos llamados “patrimonio”. Las tensiones de un espacio urbano patrimonializado tampoco pueden ser las mismas que las de uno que no lo es, pues es valorado, reconocido y deseado por mucho más que vecinos y paseantes. No es necesario visitar el Zócalo, por ejemplo, para que a millones les importe lo que ahí sucede.

En el mar de imaginarios y posiciones políticas nos encontramos a los (más) conservadores. Aquellos que quieren tratar el patrimonio espacial de una centralidad urbana como el de una obra de arte: fetichizada, exenta de cualquier dinámica, objeto o situación que obstruya su perenne contemplación; un consumo exclusivo y controlado de un relato histórico-estético que a su vez es propiedad de pocos. Se deriva, entonces, una lógica moral sobre los usos apropiados e inapropiados del espacio que es, por definición, excluyente. Realizar una feria popular en la plaza de Santo Domingo, por ejemplo, es un agravio al espacio.

No muy lejos y con algunas intersecciones está el imaginario del patrimonio como capital. Dado que el patrimonio espacial es un objeto de deseo y más cuando comparte una centralidad urbana, se trata de habilitar la llegada masiva de los consumistas y extraerles cuanta renta sea posible. ¿Quién puede pagar una renta comercial en Madero? ¿Quién quiere pagar una renta habitacional en Madero? Vaciar el espacio de los usos que no generan más valor, para llenarlo de los otros. La conservación no la dicta la moral, sino el mercado. Y, como sabemos, el mercado preserva y canibaliza simultáneamente.

Si el patrimonio es solo un acto performativo, están, por supuesto, los que no le confieren valor alguno. Hoy son impensables proyectos como algunos que existieron hace no tanto de destruir el centro histórico de la Ciudad de México para modernizarlo. Y, sin embargo, desde algunas vertientes urbanistas no falta a la fecha quien encuentre fastidio en considerar el valor patrimonial a la hora de gestionar el espacio. El patrimonio es, por definición, conservador y, por tanto, un ancla a cualquier otra proyecto progresista, por más bien o mal intencionada que sea.

En cualquier caso, la ciudad patrimonializada es algo más complejo que una postura política, pero la incluye. A lo mejor es un acto performativo, pero devino en un proceso social y espacial por sí mismo y a la vez enmarcado al proceso económico y político de la ciudad, del estado y del mundo. Su gestión, por tanto, no es sencilla, pues lidia con cuestiones a toda escala; lidia con una multiplicidad de imaginarios y representaciones. Cuando se gestiona el espacio público patrimonial, se delibera sobre los ejes de siempre, pero el de la conservación/renovación adquiere una dimensión profunda ineludible.

2015_05_MMX_FCA_1216-1024x683FICA 2015 | Estudio MMX | Fotografía © Rafael Gamo

 

Políticas de uso del espacio
Conversación con Jorge Pedro Uribe

Desde otro frente, el cronista Jorge Pedro Uribe declaró en una entrevista telefónica que sostuvo con Arquine: “Las políticas de uso del espacio público son justo eso, políticas. Son usos impostados, no son usos naturales. En primer lugar, ¿qué es el espacio público? Creo que hay mucha discusión al respecto y vale la pena discutir el tema a profundidad, y no sólo entre los expertos desde sus cubículos”. Uribe, refiriéndose a ciertos usos gubernamentales del espacio público, menciona que “una plaza no es un espacio vacío, no es un lugar que necesite ser dotado de cultura, porque la cultura ya sucede en la plaza. No son espacios vacíos las plazas del Centro. Sin embargo, y lastimosamente, se les ha visto así, como lugares vacíos. Le hemos escuchado a algunos funcionarios que llevarán la cultura a las calles. A mí me preocupa esa idea, me parece demagógica y peligrosa”. Más adelante, agrega: “Las plazas no sólo sirven para ser cruzadas, o fotografiadas, o visitadas extemporáneamente. Naturalmente ya tienen a sus propios usuarios habituales. Estas formas políticas de usar el espacio público siempre tienen una fachada biempensante y bonita, que siempre aboga por atraer nuevos usuarios, por hacer que otras personas visiten otros espacios. Estas plazas siempre han estado abiertas para que cualquiera las visite. No se necesita del gobierno para que nos diga «ahora sí podemos ocuparlas.» Esas plazas siempre han estado abiertas a todo mundo, no sólo a sus usuarios habituales, intervenga o no intervenga el gobierno. Es inaugurar algo que ya estaba inaugurado, como abrir las puertas de algo que no tiene puertas. Además, usar el espacio público para atraer multitudes puede dañar el patrimonio en un sentido material. Las plazas del Centro Histórico no están hechas para recibir multitudes, y esto también se puede leer en un sentido simbólico. Las plazas como Santo Domingo, no hay que olvidar que también tienen una función simbólica. Y ahora, con la Feria de las Culturas Amigas, que no tengo en nada en contra de que se organice, la Corregidora queda tapada. Me parece muy grave que se imposte un uso que ulteriormente es político a un espacio que ya estaba abierto, un uso que pone vallas, policías, bocinas, carpas. Están «abriendo» el espacio a través de cerrarlo. Los usuarios que ya usábamos la Plaza de Santo Domingo, los que íbamos a tomar nuestros 20 minutos de solecito, los que íbamos a bolearnos los zapatos, los de las imprentas que van a trabajar, se encuentran con música, anuncios de restaurantes, una peligrosa privatización de un espacio que ya estaba abierto. Yo creo que estos asuntos responden más a una moda, o a hacer visible que el gobierno está trabajando. Si realmente les interesara el espacio público no lo tocarían, o lo tocarían sólo para darle mantenimiento, para cuidarlo”. Sobre el patrimonio, Uribe abunda: “El gobierno administra el patrimonio de la misma manera en que el administrador de mi edificio cuida que se le de mantenimiento a las escaleras, al elevador y al lobby. El hecho de que se administre un espacio no quiere decir que se posea. El patrimonio es propiedad de todos los mexicanos. Lo administra el gobierno, pero es propiedad de todos los mexicanos. Eso no significa que el gobierno vaya a decidir cómo se va a usar ese patrimonio”. En cuanto al espacio público utilizado para protestas, Uribe comenta: “No es ningún secreto que el 99% de las marchas son intervenidas o manipuladas y hasta impulsadas por el gobierno. Pocas son las manifestaciones sociales que son espontáneas. Pero bueno, aún cuando sean espontáneas o impulsadas por el gobierno, todas son legítimas. Que el espacio público se utilice para manifestaciones sociales me parece un uso apropiado. La propia ciudadanía es la que puede darle ese uso. Si los maestros deciden instalarse en la Plaza de Santo Domingo, pues tienen todo el derecho de hacerlo. A ellos también les pertenece ese lugar. Que se dañe el patrimonio, que se pinten las estatuas de Reforma, que se descuiden las plazas y que se les llene de basura a partir de estas manifestaciones, muchas veces tiene que ver con la intervención del gobierno. Lo sabemos: los famosos infiltrados, la gente que se mete para quitarle legitimidad a una marcha. Vivimos en un país de simulaciones, pocas marchas están impulsadas por la ciudadanía. Yo sospecho que se usan estos espacios con ferias para impedir que el magisterio haga sus plantones ahí”.

LGM Studio . Fotografia de Arquitectura FICA 2014 | PRODUCTORA | Fotografía © LGM Studio . Fotografia de Arquitectura

 

La protesta en el espacio público
Antonio Martínez Velázquez

La administración de Miguel Ángel Mancera al frente del gobierno de la ciudad ya puede calificar como una de las más desastrosas de las que se tenga memoria en la época post-regencia. Cada política pública que parece buena tiene su “política sombra” que es rapaz, extractiva y antisocial. Así por cada acción a favor del ambiente tenemos cientos de árboles talados, por cada metro de ciclovía un nuevo desnivel o edificio de cajones de estacionamiento, por cada mercado de trueque dos malls.

La gestión del espacio público ha estado desarticulada, los proyectos en curso se hablan tan poco entre sí que algunas colonias se van transformando en un pastiche irreconocible. Aunado a esto, los gobiernos delegacionales (especialmente el de la delegación Cuauhtémoc) son agujeros de corrupción que depredan todo a su paso. En cuatro años hemos retrocedido veinte.

Entre este desbarajuste, se pueden advertir por lo menos dos objetivos claros de esta administración policial: la persecución de la noche y la despolitización del espacio público. La primera se puede justificar a partir de la negación del gobierno central de la existencia de crimen organizado en la ciudad. Cerrar bares, antros y centros culturales parece mejor idea que aceptar que hay un problema grande de narcomenudeo. Durante meses el corredor gay de República de Cuba permaneció cerrado, centros culturales autogestivos en las colonias Cuauhtémoc y Roma fueron desalojados arbitrariamente y espacios de esparcimiento de distinta índole fueron clausurados. La lógica es la siguiente: al no hacer visible el problema, no existe.

En el uso político del espacio público, la fijación del gobierno ha llegado a niveles obsesivos. El Zócalo capitalino solía ser nuestro espacio más concurrido, abierto y político. Allí se culminaban las manifestaciones lo mismo de sindicatos, estudiantes o partidos políticos. La ciudad-mall ha sustituido a la ciudad-protesta. Se ha tomado la tarea de desmovilizar el descontento al restringir los espacios para expresarlo. El gobierno no se ha conformado con los espacios que ocupa y ha decidido ocupar aquellos que configuran el espacio público.

La última ocupación oficial se concretó en la Feria de las Culturas Amigas que tradicionalmente se ponía en el Paseo de la Reforma. Se puede argumentar el beneficio público de la feria si la premisa es la exposición de la gente a otras formas de vida y algo de diplomacia local. Sin embargo, preocupa la estrategia deliberada de acotar los espacios para el descontento social, como si ocultar los signos del malestar acabara con las condiciones que lo causan. No sorprendería ver de regreso la propuesta del “protestódromo” promovido por Isabel Miranda de Wallace.

La memoria del disenso sigue grabada en los muros de la ciudad, aunque la pintura se empeñe en ocultar esos “nos faltan 43”. En el piso siguen las huellas de quienes caminaron quizá cientos de kilómetros con su causa a cuestas. La protesta social tiene la naturaleza de ser incómoda, de invadir, ocupar, visibilizar. Quizá sería una buena idea protestar para que liberen el zócalo para protestar. Desocupar el zócalo para #OccupyElZocalo.

Captura de pantalla 2017-06-01 a las 18.17.25FICA 2016 | Ambrosi | Etchegaray | Fotografía © Rafael Gamo

 

Entrevista e introducción editada por Christian Mendoza

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