9 noviembre, 2021

Escenas Indigenistas: Regreso al ombligo de la luna

por Alfonso Fierro

Para Concepción Obregón

 

Lo primero que uno ve al llegar al sitio arqueológico de Tulum es un enorme estacionamiento lleno de autobuses de pasajeros, taxis, coches rentados en el aeropuerto y camionetas con el logo de alguna agencia de turismo pintado al costado. Pasando el asfalto, entre el estacionamiento y la entrada a las ruinas propiamente, uno tiene que atravesar por un laberinto de comercios y entretenimientos de distintos tipos, de puestos de gomichelas a la Tulum Tower —para ver la vista—, de artesanías de alta manufactura a souvenirs tipo Mi abuela fue a Tulum y solo me trajo esta camiseta. Llegando al lugar o comiendo mariscos o poniéndose tatuajes de henna se puede observar a los chavorucos europeos y gringos que, una vez instalados en alguno de los hoteles supuestamente sustentables y budistas de Tulum, sacan del armario los atuendos hippies, pasan tardes espirituales en el cenote y noches locas con MDMA, nadan en playas invadidas por el sargazo —una molestia más del cambio climático— y se dejan atender por los habitantes del “pueblo” de Tulum que está allá por la carretera, aislado de la zona hotelera por una selva. Pero además de ellos están también turistas de Cancún, de Playa del Carmen y de toda la zona brandeada desde los noventas como la Riviera Maya, en cada caso con su propio perfil. A diferencia de los hoteles en Tulum, el mercado del sitio es inclusivo, para cada tipo de turista hay algo disponible.

Finalmente uno llega a la entrada de las ruinas, el verdadero parque de diversiones, el centro de gravedad que alimenta toda la economía de alrededor. Después de pasar la taquilla, pero antes de ver ni un edificio, el recorrido te interna por unos senderos entre la selva que desembocan, tras cruzar un arco de piedra, en el impresionante sitio arqueológico con vista al mar Caribe. El pretexto museográfico de este recorrido previo entre la vegetación es entender el ecosistema, pero el efecto buscado es que sientas como si te estuvieras adentrando en el mundo salvaje y selvático de los mayas del pasado, mundo de grandes astrónomos y grandes guerreros, de dioses serpiente y calendarios exactos, de un arte sofisticado y salvaje a la vez. Un mundo domesticado por el hombre moderno, por cierto, con un pasto bien podado que no se puede pisar y unos caminitos bien trazados que te van llevando de templo en templo, que te avisan qué zonas son ideales para una buena foto y que van escupiendo a las multitudes hacia afuera como una gelatina de bolsa. La conservación del sitio se trata de controlar tanto al pasado que se empeña en deteriorar como a las multitudes que aceleran este proceso todos los días. Y es que esta es la contradicción con la que coquetea el INAH: Tulum hay que conservarlo (a eso se dedican, en teoría), pero es capital invertido en la Riviera Maya, una de sus grandes atracciones, así que también hay que utilizarlo para el turismo de masas, y manejar la situación como mejor se pueda. Cada cierto tiempo sale un anuncio en internet diciendo que Tulum podría dejar de recibir visitantes en unos años, pero ya no se sabe si el clickbait es motivado por algo diferente a una estrategia de marketing. 

La verdad es que, sin las ruinas mayas y los cenotes, la Riviera no habría tenido ese extra que le permitió competir en el Caribe desde los años 90. Porque playas y selva hay de sobra por ahí, incluso en mejores condiciones. Pero si Cartagena podía presumir una bonita ciudad amurallada y Puerto Rico el estar a tiro de piedra de Estados Unidos, la Riviera, en cambio, contaba con los mayas (del pasado) a su favor. La justificación, por su parte, estaba ya lista, porque todo gobierno en México siempre ha podido echar mano de nuestro bien formado indigenismo para justificar un desarrollo como éste: ese indigenismo que vimos en el Gamio que llamaba a la incorporación de las poblaciones indígenas a la economía nacional, en el Amábilis obsesionado por presentar a los mayas como una cultura clásica (y muerta), en el Vasconcelos que aseguraba que éramos una síntesis armónica de civilizaciones contrarias o en el gran templo estatal que es el Museo Nacional de Antropología. Con este nuevo proyecto ahora sí se resolverá el “problema indígena” en el sureste —se anunciaba—, se generarán empleos, se traerá un Elektra. Y de las ruinas se encargará el equipo de arqueólogos y restauradores del INAH, y así de paso le damos de comer a ese sector. 

Como dispositivo turístico, el Tren Maya se está montando sobre este aparato, aprovechando su funcionalidad. De hecho, busca entramarlo y extenderlo, vinculando la Riviera con los desarrollos turísticos que se han dado por su parte en Yucatán (para los fifís, según la terminología en uso) y en Chiapas (para los chairos). Y para justificarlo, como cualquier otro gobierno en México desde la Revolución, vuelve a echar mano del indigenismo clásico, a pesar de que desde el 94 el zapatismo y otros movimientos indígenas no han dejado de denunciar esta operación. Pero este gobierno lo quiere de regreso, y promete a cambio girarlo como popular, verlo desde “la visión de los vencidos.” De ahí lo del espectáculo de la pirámide en el zócalo de la capital o lo del “árbol de la noche victoriosa.” Pero, si somos honestos, en la iconografía nacionalista la conquista siempre se ha narrado como una tragedia fundadora, así que el gesto resulta más bien reiterativo. Lo mismo podría decirse de los planes para el Parque Aztlán que reemplazará a la Feria de Chapultepec, que pintan para un auténtico revival del nacionalismo posrevolucionario en su máximo esplendor (muralismo, prehispanismo, volcanes, cine de oro y lucha libre todo incluido). Al final, un discurso indigenista tan rancio, como libro de texto deslavado, delata lo poco diferente que suena la tirada Tren Maya como para venir de un gobierno que se considera un nuevo episodio de la nación. Desarrollista, innegociable, medio militarizado, consultado de forma bastante opaca con las comunidades de la zona y, sobre todo, planeado desde los diagnósticos, los supuestos y las recetas cocinadas, a la vieja usanza, en el ombligo del país. 

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