18 mayo, 2021

Escenas Indigenistas: La mirada exterior

por Alfonso Fierro

 

Río de Janeiro

Mi edición Porrúa de La raza cósmica de José Vasconcelos tiene la virtud de contener, además del famoso ensayo filosófico, un texto titulado Notas de Viaje. Se trata del diario que Vasconcelos escribió durante su misión diplomática a Brasil y Argentina en 1922, cuyo propósito era llevar un pabellón de estilo colonial construido por Obregón Santacilia y Carlos Tarditi a la Exposición del Centenario en Río de Janeiro. Vasconcelos escribe su diario a modo de cuaderno antropológico, tratando de hacer de Brasil un objeto de estudio para pensar México. Latinoamericanista en la línea de Martí y Rodó, Vasconcelos pensaba en Brasil y Argentina como culturas hermanas. En sus registros del viaje, parece como si estuviera ejercitando la explicación que daría ante el público internacional del significado del pabellón colonial (el cual, curiosamente, apenas y menciona de paso). ¿Por qué un pabellón colonial representaba al México posrevolucionario en la exposición? 

En sus descripciones de Bahía y Río, el ojo de Vasconcelos se aproxima a todo aquello que le parezca signo del mestizaje cultural, resultado del encuentro fundacional entre Europa y América. La arquitectura y el paisaje urbano, las lenguas y los cuerpos, la dieta y la religión, la cultura letrada y la música popular, todo se le aparece como un producto mestizo. ¿No era éste el centro de nuestras culturas, la unidad enriquecida de nuestro origen bicéfalo? Hasta coincidía con la naturaleza de los territorios, pensaba Vasconcelos, la cual no era sino derivación, ensamblajes entre especies, generación espontánea de formas. Para Vasconcelos, los misioneros habían sido la clave, pues ellos habían hecho un trabajo de traducción que poco a poco derivó en síntesis. Él quería ver en esto más acuerdo que conquista. Al filo de la revolución, pensaba que este trabajo misionero era necesario otra vez si México iba a pacificarse. De ahí el estilo colonial del pabellón. De ahí las misiones culturales a las “profundidades” del México indígena. De ahí la exigencia de un arte público construido desde el centro por los grandes artistas del momento, un arte que supiera expresar la (ficticia) idea de México como un ensamblaje pacífico de culturas diversas. 

 

 

Sevilla

En Architecture as Revolution, Luis Carranza nos cuenta la fascinante historia de Manuel Amábilis y el pabellón neomaya que diseñó para la Exposición Iberoamericana de Sevilla en 1929. Oriundo de Mérida, estudiante en París, Amábilis era un conocedor de la antigua arquitectura maya. Para Amábilis resultaba particularmente intrigante el que los mayas utilizaran la proporción áurea en sus edificios. ¿A qué podría deberse semejante anomalía? Armado de ciertas lecturas en boga, creyó descifrar el enigma: los mayas eran descendientes de la ciudad perdida de Atlantis, cuyos habitantes eran griegos. Resultaba que, después de todo, tras una conquista y siglos de colonización, siempre habíamos sido occidentales. Esto lo cambiaba todo, empezando porque justificaba la adopción del lenguaje arquitectónico maya como un estilo “clásico”. Carranza es generoso con Amábilis y lee en esto un intento de pensar la arquitectura moderna desde lo indígena. Sin embargo, no insiste lo suficiente en que Amábilis no podía imaginarse la legitimidad de las culturas indígenas más que a través de una teoría que las vinculaba con la civilización occidental. Tampoco en que el gesto de Amábilis era arqueológico, buscar en el pasado rastros de una etapa de la cultura maya que él consideraba perdida. El pabellón era un verdadero collage, un arte de residuos con nula referencia a cómo los pueblos mayas vivían en 1929. 

Como director de Obras Públicas en Yucatán, él había experimentado con este lenguaje “clásico” como parte de un discurso gubernamental que se presentaba dispuesto a atender “el problema indígena”. Como la arquitectura, sin embargo, la respuesta a ese problema se diseñaría en la ciudad, por los expertos. Carranza entiende la elección del pabellón neomaya para Sevilla como un gesto diplomático con el que México buscaba remarcar su autonomía de España, revalorando el legado precolombino. En mi lectura, la elección es mucho más sintomática de un proceso re-colonizador en donde los actores culturales de la ciudad asumieron el rol de juez de todo aquello que valía la pena “salvar” de la cultura indígena (y lo que no), reafirmando por este medio la autoridad del centro para diseñar una política “indigenista” de acuerdo con sus propios diagnósticos, puntos de vista y fines. 

 

San Francisco

En mis salones en Berkeley suelo tener estudiantes latinxs, hijos, nietos o tataranietos de migrantes. En una clase en la que hablábamos sobre muralismo, escribieron sobre los murales de la Misión, el ex-barrio latino de San Francisco, ahora gentrificado. Hay murales en todas partes: mezclados con graffiti en las calles, como decoración en las taquerías, en las paredes de edificios enteros. Al principio, me incomodaban algunos de estos murales porque me parecía que reiteraban los símbolos nacionalistas del mestizaje y el indigenismo creados por gente como Amábilis y Vasconcelos, el lenguaje oficial del PRI. Además, me parecía que en Estados Unidos se prestaban para el consumo nostálgico: del restaurante mexicano “auténtico” o de la Misión entera como un barrio con un pasado marginal que ahora le daba onda. Al leer sus ensayos, salvo algunas críticas certeras al méxico-centrismo de las representaciones de la latinidad en California, la mayoría hablaba de otro tipo de nostalgia, una hacia su identidad cultural, la cual era sistemáticamente rechazada. Explicaban que una universidad (supuestamente) pública como Berkeley apenas y ofrecía clases sobre y para la comunidad latinx, contaban que sus prepas no tenían fondos, hablaban del dolor de ir a México y que los trataran como extranjeros. 

Decidí entonces incluir Borderlands/La Frontera para ver qué pensaban del famoso texto de Gloria Anzaldúa. Vimos cómo Anzaldúa se apropiaba del discurso nacionalista mexicano para teorizar la frontera, empleando el mestizaje para defender la posibilidad de habitar entre géneros, sexualidades, culturas nacionales y lenguas. Revisamos la noción chicana de Aztlán, que Anzaldúa usaba para enfatizar el vínculo entre poblaciones nativo-americanas y migrantes, hijos de los pueblos que en algún punto bajaron al sur. El salón me hizo ver que Anzaldúa aspiraba a la articulación entre migrantes y comunidades originarias en el suroeste de Estados Unidos, en tanto ambas partes compartían la historia del desplazamiento forzado. Dijeron que en los barrios de Estados Unidos existía un indigenismo que no era pura nostalgia, como yo creía, sino un discurso de resistencia activa. Y me hicieron ver hasta qué punto seguimos ignorando esta mirada en México, pese a que quizá dialogue con la reivindicación popular de lo indígena en barrios urbanos y movimientos sociales del país. 

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