27 agosto, 2018

Entre imágenes y palabras

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

Fotografía de Santiago Arau.

Now only an expert can deal with the problem

Because half the problem is seeing the problem

Laurie Anderson

 

Pensar es entrar en contacto, pensar es entrar en combate

Marina Garcés

 

Que una imagen dice más que mil palabras, reza el dicho. Y se equivoca. Una imagen muestra lo que puede mostrar y de lo que deja fuera habrá siempre algo o mucho que decir. Las palabras, por su parte, tampoco dicen siempre todo lo que quien las profiere o las escribe busca. Quienes reflexionan a profundiad sobre las posibilidades del lenguaje —escritores, filósofos, poetas— han dicho bastante, jamás suficiente, al respecto.

 

Hace unos días el fotógrafo Santiago Arau publicó en sus cuentas de Instagram y Twitter una serie de fotos y videos del sitio donde se construye el polémico Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Una de las fotos, la primera, iba acompañada de una simple frase: en donde antes había un lago, hoy se construye un aeropuerto. En principio, lo dicho parece irrefutable. El lugar donde hoy se extiende y comienza a alzarse el aeropuerto es el lecho, ya seco, de uno de los cinco lagos que ocupaban la cuenca del valle de México. Pero entre las respuestas que la imagen y la frase que la acompañaba suscitaron, varias descalificaban la afirmación o pretendían demarcar su contexto. “La Ciudad de México se levantó en donde había lagos y nada tiene que ver el aeropuerto,” escribió uno; “donde había un lago se construyó una ciudad, no es nada nuevo,” agregaba otro. “Pero la ciudad se inunda cada temporada de lluvias,” advertía uno más, a lo que con seguridad alguien respondió: “para eso está el túnel emisor oriente.” Y uno finalmente agregó: “¡Híjole, me encantan tus fotos, lástima que las politizas!”

Una serie de imágenes y una frase que, insisto, es cierta, desataron un pequeño debate —aunque el calificativo parecerá exagerado para lo que habitualmente sucede en las redes. Era inevitable, por supuesto. La discusión sobre el aeropuerto en construcción y el lago extinto pero acaso recuperable es hoy central. Y es —más allá del “lástima que las politizas”— política. Entre las reacciones a la imagen y la frase, no faltó quien resumiera la posición que algunos han tomado ante la idea de someter el futuro del aeropuerto del futuro a una consulta pública: “Me da gusto saber que aquí hay tantos expertos en mecánica de suelos, aeronáutica, ingeniería civil, planeación urbana, entre otras disciplinas. Seguro el voto va a ser muy fundamentado.”

La confusión, me parece, debiera resultar evidente: una consulta pública —la que se propone o cualquiera— no busca determinar asuntos técnicos sino, de nuevo, temas políticos —y el término consulta incluso se queda, por tanto, corto si sólo se imagina como una elección entre un si o un no sin debate alguno. Los expertos y los técnicos analizan, presentan sus conclusiones —que tampoco hay que asumir que son siempre y necesariamente neutrales—, informan, pero ¿sobre qué pueden decidir? Deciden —y el término también es impreciso pues no serían ellos sino los datos los que, finalmente, dictarían las decisiones— sobre el tipo de concreto y el espesor de una pista o su orientación, por ejemplo. Y pueden informarnos sobre los beneficios y los perjuicios de una propuesta, pues nunca habrá proyecto de infraestructura de esa escala sin ambos. Nosotros decidimos si es ése el tipo de proyecto que imaginamos el mejor posible o el más deseable y si los beneficios que esperamos superan a los perjuicios que advertimos. Nosotros decidimos, pues, el futuro, que es un tema político. Nosotros, ¿quiénes?

«Dependemos unos de otros, más que nunca, y sin embargo no sabemos decir «nosotros»», afirma la filósofa Marina Garcés en su libro Un mundo común. El problema del “nosotros” no sólo atañe aquí a quienes tienen el derecho a tomar una decisión política o la capacidad de dar una opinión técnica sino también, de paso, a quienes serán beneficiados o afectados por dicha decisión y en qué medida —no sólo cuantitativamente sino, sobre todo, en lo qué se toma como referencia para medir los beneficios y las afectaciones.

La Ciudad de México requiere un nuevo aeropuerto, sin duda —en estas afirmaciones parece no caber duda alguna. Y de su construcción, dicen, no sólo nos beneficiaremos los usuarios habituales del aeropuerto —menos del 20% de la población del país ha viajado alguna vez en su vida en avión, según alguna encuesta, muchos menos lo hacemos con cierta regularidad. El beneficio será, dicen, para nosotros, todos los mexicanos. No importa si el porcentaje de mexicanos en la pobreza se ha mantenido por tres décadas sobre el 50%, se sigue repitiendo que el “desarrollo” nos beneficiará a todos, tarde o temprano, y el aeropuerto, por supuesto, es garantía de “desarrollo.” En otra discusión en la red sobre el mismo tema, alguien escribía, que los pobladores de Atenco “no entendían” los “beneficios” que les traería el aeropuerto —“aunque no lo usen”— con trabajos “en la hotelería o como taxistas.” Así, se decide por otros que “desarrollo” es tener trabajo en un hotel o como chofer y que no aceptarlo o desear algo distinto, para el lago o para la propia vida, es “no entender.”

El efecto nocivo del nuevo aeropuerto en términos ambientales ha sido documentado por científicos tan expertos en sus áreas de estudio como los ingenieros en trayectorias de aterrizaje o los economistas —una “ciencia” que quizá tenga mucho más carga ideológica que la ecología o la aeronáutica—, pero hay quienes lo desestiman juzgándolo —equivocadamente— menor o, peor, irreversible. En el proyecto que hasta ahora se nos presenta y en la visión de “desarrollo” que supone, se apuesta por un futuro que probablemente cancele otra visión de un porvenir compartido, común. Esas ideas de “desarrollo”, de lo que es conveniente para todos y, por tanto, inobjetable, se afirman como resultado de decisiones “técnicas” más allá de toda discusión política. Es, casi literalmente, una imagen del futuro que está más allá de cualquier discusión y, por tanto, una imagen que no deja lugar a las palabras, al diálogo, al debate. Una imagen que se quiere superior no sólo a mil palabras sino a millones de voces.

Por otro lado, la consulta no debiera tratarse de elegir entre un aeropuerto sofisticado, costoso y que define un rumbo de mucho riesgo para el desarrollo urbano y la sustentabilidad de la zona metropolitana del valle de México, y otro, austero y menos costoso, diseñado sobre las rodillas por algún equipo improvisado, en un lugar que algunos expertos estiman inviable para tal fin y del que tampoco se han pensado ni los medios de transporte que lo conectarán con la ciudad ni sus implicaciones ambientales. El debate va más allá del costo —sin duda excesivo— y la opacidad —notoria— del proyecto para el nuevo aeropuerto en construcción y la respuesta que hace falta es más que un proyecto determinado por la austeridad y con transparencia —necesarias. El problema es, primero, qué podemos imaginar como futuro y como porvenir para una ciudad en la que por siglos se han realizado inmensos esfuerzos materiales, económicos e intelectuales, tomando decisiones equivocadas que han tenido como resultado algo que ya debemos calificar abiertamente como un desastre ecológico y, segundo, qué podemos imaginar como futuro y porvenir de una población para la que promesas de mayor desarrollo y progreso, como se han entendido hasta ahora, no sólo resultaron incumplidas sino que, no pocas veces, han tenido efectos contraproducentes: mayor desigualdad, mayor exclusión, mayor pobreza.

Así, negar la dimensión política de las distintas imágenes de futuro que se nos presentan y el debate que inevitable y afortunadamente suscitan, reduciendo el problema a una cuestión técnica es, en el fondo, una negación tanto de la posibilidad de pensar ese futuro y ese porvenir como de pensarnos, todos, responsables y capaces de hacerlo democráticamente. Es la negación de pensarnos como nosotros.

Por otro lado, el gobierno formado tras las elecciones del 1º de julio, que resultaron un ejercicio notable de participación, está obligado a que la consulta sobre el aeropuerto y cualquier otra que promuevan resulten ejemplares, cuidando —contrario a lo que hasta ahora hemos visto— que la información sea clara y pertinente, el debate serio y profundo y, sobre todo, no apresurando las decisiones. Sólo así podrá una consulta pública diferenciarse de hacerse de palabras por una serie de imágenes aparecidas en las redes sociales.

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