15 agosto, 2018

Engañosas transparencias

por Miquel Adrià | @miqadria

Con este título Jacques Herzog y Pierre de Meuron abordan el tema de la transparencia como forma de expresión en la arquitectura y en el arte, tratando de indagar las intenciones de algunos arquitectos y artistas fundamentales del pasado siglo. “La transparencia —escribe Herzog— no es simplemente transparencia. La transparencia tiene muchos matices, lo que supondría un potencial artístico interesante para expresar ambivalencia. Sin embargo, la transparencia tiene que ver principalmente con asociaciones positivas y con la esperanza: en la política, en el mundo de las finanzas, en los edificios. La transparencia se considera como un tipo de polo opuesto a todo lo oculto; incluso sustituye a la duda, por que con ella nada está encubierto, todo sale a la luz, aunque también este ‘salir a la luz’ sea tan solo una apariencia.”

Esta aparición de la transparencia se analiza en algunos ejemplos famosos, para corroborar que en la arquitectura, pero también en el arte, la transparencia se produce con medios físicos, sobre todo con vidrio, cristal y espejos. La selección de autores, en principio, no tiene nada en común: Bruno Taut, Iván Leonidov, Marcel Duchamp, Ludwig Mies van der Rohe, Dan Graham y Gerard Richter. Sin embargo, como afirma Herzog, sí hay algo que los une, ya que sus obras marcan las etapas decisivas en la evolución desde la modernidad hasta los tiempos contemporáneos. 

Con esta muestra que proponen los autores del libro vemos que los artistas desconfiaron de la transparencia, mientras que los arquitectos la asociaron con la esperanza. Unos —Duchamp para empezar— profanaban el mundo del arte, y los otros —especialmente Mies van der Rohe— aspiraban a un mundo platónico, ideal y universal. “Un mundo nuevo y mejor, sin dudas ni preguntas.”

La Città del Sole de Leonidov y la Corona de la ciudad de Taut, comparten afinidades: el ideal de una sociedad más libre a partir de utopías sociales, se vincula con formas puras. Sus volúmenes transparentes asociados a la levedad, fueron una novedad en la arquitectura, hasta entonces tan vinculada con la gravedad.  Con el Gran vidrio de Duchamp se abrió la caja de pandora del arte moderno, desatando un sin fin de interpretaciones y enigmas encriptados, para ampliar el concepto del arte. La casa Farnsworth de Mies van der Rohe sería su contraparte, ya que el prisma palafítico es un manifiesto que no responde ni al programa, ni al contexto o a los deseos de su propietaria, sino a expresar los valores esenciales y atemporales de la arquitectura moderna. Si el Gran vidrio proponía múltiples lecturas a partir de la materialidad transparente del vidrio, en la casa Farnsworth –para Herzog- “el vidrio no hace más que cumplir la función técnica de separar el espacio exterior del interior; no desempeña un papel propio. El vidrio no tiene valor ni identidad. Lo ideal sería que no estuviera.” De algún modo, las fotografías de Pierre de Meuron que ilustran el libro pasan de dentro a fuera aseverando la ausencia de reflejos ni de espejismos, a diferencia de otras tantas lecturas, como aquella foto de José Llinás, en la que desde afuera y entre sobreposiciones de las ramas del arce negro, se trasparentaba una foto en blanco y negro de Edith Farnsworth de niña, entre otros reflejos de su propio vidrio, y a partir de ahí Llinás sugería que solo se podía levitar (y no habitar) por este pabellón frente al rio Plano. Herzog asevera que Mies “miraba sus croquis, sus planos y maquetas, pero solo veía lo que quería ver, lo que ya sabía” y que se concentró en la levedad del prisma que flota sobre el terreno, desatendiendo temas centrales de la arquitectura (la ventilación y la protección solar en verano, la condensación en invierno), si bien —discrepo aquí con el autor— llegó a sublimar en este pabellón lo que empezó con la Casa Razor, su primer proyecto en los Estados Unidos, donde el prisma no solo provee del confort de la modernidad, sino que se convierte en el marco para gozar del paisaje, detrás de la membrana transparente: el gran salto final de la arquitectura desde la apropiación de la cueva. 

Los pabellones de vidrio de Dan Graham aportan otra mirada a la transparencia, sustituyendo una superficie sólida de la fachada de cualquier casa suburbana por vidrios y espejos, violando así la vida privada y hermética. Para Herzog, al “desnudar el interior y exteriorizarlo completamente para hacerlo visible genera una reacción de pánico (…) y podría considerarse como un alter ego artístico de la casa Farnsworth.”

Ocho gris de Gerhard Richter es la última pieza que destaca el autor y quizá sea la más cercana al propio trabajo de Herzog&deMeuron. Ocho espejos que recuerdan la disposición repetitiva de la arquitectura moderna, donde su color gris “es a la vez banal y sublime”, como no-color. Tanto Richter como Graham “utilizan la transparencia y el reflejo como medio para poner en funcionamiento una percepción crítica en el espectador; es decir, para activar su propia energía creativa. (…), mientras que “la casa Farnsworth fue proyectada justamente al revés, y no es más que una declaración: es forma hecha construcción. Una forma mínima con transparencia máxima. Para Mies, el vidrio solo es necesario para separar el exterior del interior.”

Este pequeño libro editado por el IIT de Chicago es el resultado de una visita a la Casa Farnsworth, cuando Jacques Herzog y Pierre de Meuron recibieron el primer premio otorgado por el MCHAP (Premio Mies Crown Hall de las Américas) en 2014. 

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