7 mayo, 2015

Empezar la casa por el tejado

por Paco Pérez Valencia

AQR

¿Qué le seduce más, resolver un problema o descubrirlo?

El hombre siempre quiso saber; en su espíritu cohabita esa extraña necesidad desde su origen, por eso siempre se preguntó por cuanto le rodeaba, siempre buscó un por qué y un cómo. La sola existencia en el universo, la muerte y el vacío que esta deja, el amor o el dolor, todo le resulta fascinante. Son modos de estar y de existir; al fin y al cabo, eso es vivir.

La búsqueda de respuestas es el modelo en el que se edifica nuestro sistema educativo, para ello se nutre de conocimiento al estudiante y todas las metodologías, habilidades y competencias se dirigen a estructurar un pensamiento práctico, competitivo y con soluciones que satisfacen el mismo desafío como una finalidad.

Por el contrario, la vida siempre nos sorprende y hay hombres que mantienen una mirada cautivada por el mundo, una actitud que no esquiva lo incierto, lo desconocido; una actitud desafiante y crítica, también cuestionable, que busca indagar sin temor a no encontrar, deseando lo imposible, lo inalcanzable.

Tal como expresa Jorge Wagensberg, gran divulgador de la ciencia viva y especialista de lo incierto, esencialmente hay dos tipos de hombres, los que buscan respuestas y los que preguntan al mundo.

La resolución de todo problema pasa por su enunciado. Por esta misma razón, prefiero como profesor enseñar a pensar en cómo se formulan las preguntas, no a buscar las respuestas. Especular antes que teorizar. Sin embargo, nuestro modelo educativo sigue construido desde unas bases contrastadas que sirvieron a los hombres, pero hoy la vida exige algo más, algo que no sabemos qué cuerpo tiene, pero sí intuimos, al menos, que no está en los patrones reconocidos que funcionaron hasta nuestro presente. Las preguntas están por hacer y con ellas las respuestas posibles para mejorar el mundo. A este ya no le sirven las soluciones de siempre, porque los problemas y las necesidades han cambiado.

Se habrán dado cuenta que en este mundo se necesitan mentes creativas. Toda posibilidad de crecer, de innovar, de buscar otras perspectivas, de ser valientes en momentos de pánico, pasa, tal como la Historia nos ha enseñado, por esas personas capaces de no doblegarse ante el fracaso, de luchar por sus sueños a pesar de la soledad con la que el resto de los conciudadanos les pagaron, de todos aquellos que solo miraron por sus ojos y pensaron como hombres libres, con sus propias normas. Hombres y mujeres que dejaron atrás la comodidad y que se embarcaron en proyectos por los que vivieron y amaron. Y también murieron

Todos nacemos creativos, este es un hecho incuestionable para la ciencia, como lo argumenta Howard Gardner, Premio Príncipe de Asturias, por su aportación al estudio del multitalento, pero esto es algo que vamos dejando a un lado en nuestro camino haciéndonos mayores, si no lo entrenamos, si no lo deseamos. Como los niños, necesitamos mirar más lejos y soñar, algo verdaderamente atrevido en estos tiempos. Porque el sueño es la puerta de lo distinto, de lo increíble. Soñar nos permite encontrar posibilidades donde los demás se rinden, nos alimenta la curiosidad y la osadía, nos hace amar el riesgo, donde todo es único. Para soñar necesitamos soledad, silencio, secreto. Este es el factor más preciado para los creativos, tiempo para pensar. Porque pensar es una forma de estar en el mundo, nos abre a todo, nos exige estar atentos a los detalles, a prestar atención y observar. Cuando este momento se nos presenta, el tiempo desaparece.

Otra cosa, el fracaso siempre estará presente en este lance de vida. Eso está bien, nos recordará a nuestra imperfección, pero también a nuestros deseos y, con ellos, que nunca hay límites, que no estamos solos, que cualquier cosa puede ser la clave. Posiblemente el fracaso y tener conciencia del mismo, sea el mejor agente de cambio en la vida que tenemos a nuestra disposición. Saber que todo es relativo nos ayuda a marcar una posición, a decidir, a afianzarnos y sobre todo, a seguir aspirando las estrellas a pesar de todo. Fracasar constantemente es mostrar tu verdadero ser inconformista, porque fracasa aquel que está en lucha, que siempre lucha, que es vencido y se levanta, que sigue, que insiste, que cae, que comienza de nuevo. Así es como se construye el mundo.

A los estudiantes les pido al inicio de curso que cada proyecto sea comenzado por el lado equivocado. Ya estoy muy cansado de las espléndidas y correctas respuestas a cada enunciado, a cada problema por resolver. Respuestas brillantes, hechas con ingenio, pero carentes de vida. Necesito alma, valor para caer, pasión de los que viven, amor por nuestro trabajo. Empezar la casa por el tejado; deshacer una idea que parecía buena; construir con nada o sobre algo; ser invisible, sensible, inasible; dar forma a lo imposible; poner voz a lo que no puede hablar; enamorar siempre a todos los que tienen que ver con nuestro proyecto, incluido nosotros mismos.

El pensamiento creativo obliga a salir de lo que otros establecieron como correcto, incluso, aunque aquello nos aleje del mundo o altere el curso de la rutina de una vida que nunca se permitió cambiar. Las recetas que antes sirvieron al mundo, hoy son inocuas. Busquemos de otra forma, soñemos despiertos, preguntemos al mundo. Porque todo se cae a pedazos a nuestro alrededor y, a pesar de ello, hay que seguir en este empeño por construir un mundo propio, único, nuestro. El mundo funciona mal, lo hemos hecho así, unos con la indiferencia y otros con un conocimiento que creía tener casi todas las respuestas. Ahora hay que mirar a otras direcciones, tenemos que preguntarnos cómo cambiar las cosas que no nos sirven, que no amamos.

Podremos hacerlo. Este es un país de ciegos que ven el mundo con el corazón; un país lleno de almas jóvenes que necesitan sentir su valor, que son necesarios; un país que grita por vivir, que comete errores con los que llegan de fuera, que parece que no escucha a quien le demanda asilo; un país que deja en manos ajenas su presente; un país que tiembla, pero es un país lleno de soñadores que lo transformarán.

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