18 enero, 2021

Émile Aillaud, el arquitecto mexicano que más construyó en Francia

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

El 2 de enero de 1902 Porfirio Díaz colocó la primera piedra del Monumento a la Independencia, diseño de Antonio Rivas Mercado, que nació en 1853 y a los once años sus padres enviaron a estudiar a Inglaterra y que luego estudió arquitectura en Beaux-Arts, en París, y regresó a México habiendo cumplido veintiséis años. Un par de semanas después de aquella ceremonia, el 18 de enero de 1902 nació, también en la Ciudad de México, el pequeño Émile. Su padre, también llamado Émile, había nacido en Barcelonnette, la comuna en Provenza, de la que cientos de jóvenes emigraron a México desde las primeras décadas del siglo XIX. Según las notas biográficas que sobre Émile, el hijo, escribió Mathilde Dion, Émile, el padre, vino a México a hacer fortuna buscando oro y murió en una mina antes de que naciera su hijo. La madre de Émile era Isabelle Plaisant, hija de Charles Plaisant, quien nació en Jausiers, poblado del distrito de Barcelonnette, en 1827 y habrá emigrado a México antes de 1852, año en que se casó, aquí, con Marie Louise Bonnet. Isabelle nació en 1863, en México, lo que hace que, al menos por línea materna, el pequeño Émile fuera mexicano de segunda generación y, visto así, sin duda, Émile Aillaud es el arquitecto mexicano que más ha construido en Francia, y por mucho.

En 1910 se inauguró el Monumento a la Independencia en la Ciudad de México. Ese mismo año Isabelle, viuda, regresó con su único hijo a Francia y se instalaron en la rue Rodier, en el 9º distrito de París. Años después, en una entrevista, Aillaud dirá: “Nací en México. Llegué [a Francia] al final de la infancia, a los ocho años. A los ocho años ya pasó la primera infancia, que viví en ese medio semicolonial, hablando español y apenas hablando francés. Fui educado por religiosas y religiosos. Fue una existencia fácil y tierna en un universo que era tierno.” Aillaud contrasta ese universo tierno con su llagada a la rue Rodier: “Tenía miedo de la estructura de la escuela, de los profesores, de los adultos. Tenía miedo de ese rigor que la rue Rodier representa para mí hasta el día de hoy: un sector feroz de la vieja pequeña burguesía francesa.” Aillaud entró a estudiar arquitectura en la École des Beaux-Arts de París en 1921, en el taller de Georges Gromort —donde, años después, se conocerían como estudiantes Mario Pani y Vladimir Kaspé. Aillaud recibió su diploma de arquitecto en 1928. En 1937 fue uno de los arquitectos, junto con Etienne Kohlmann y André Ventre, para quien había trabajado, a cargo del Pabellón de la elegancia, en la Exposición Internacional de Artes y Técnicas de la Vida Moderna. En una reseña de un libro dedicado a Aillaud publicada en 1983 en la revista AS —arquitectura suiza—, se lee que Aillaud “fue uno de los últimos maestros de las grandes fiestas nacionales” —Ventre había sido arquitecto encargado de la decoración de monumentos parisinos a la ocasión de funerales nacionales—, y se le confió la decoración de París para recibir a los soberanos del Reino Unido en 1938 y que fue suya la idea de colgar una inmensa bandera tricolor en el vacío del Arco del Triunfo. En sus notas, Dion dice que durante la guerra, Aillaud fue reclutado en 1940 “para enseñar la teoría del camuflaje de los aeropuertos militares” y que después, y hasta 1945, durante la Ocupación estuvo “en una casa en ruinas cerca de Nemours, consagrando casi todo su tiempo a la lectura y a la jardinería, viviendo de lo que había ganado antes de la guerra en las exposiciones internacionales.”

Pabellón de la Elegancia, París, 1937. Foto Thérèse Bonney

Cité ouvrière de Creuzwald, L’Architecture d’aujourd’hui, 1946

Tras la guerra, Aillaud deja los pabellones y los decorados y su primer proyecto, realizado entre 1946 y 1949, será la Cité Bellevue, un conjunto de 330 viviendas unifamiliares para trabajadores de minas de carbón en la ciudad de Creutzwald, realizadas con muros de concreto prefabricados. Aillaud siguió realizando proyectos de vivienda obrera, y a mitad de la década de los 50, la escala de sus propuestas cambió. Escribe Bénédicte Chaljub:

«Construidos entre 1955 y 1980, los grandes conjuntos fuera de lo común de Émile Aillaud, renovaron el pensamiento sobre la habitación en masa. Su plan singular y la forma inédita de los edificios, la organización generosa de los espacios públicos, que tenían la ambición de romper con la monotonía de la repetición y del anonimato inherentes a este tipo de programa. Situados en su mayoría en los alrededores parisinos —principal sitio de la exploración del arquitecto—, suman más de 15 mil unidades. Como otros de sus colegas de generación, Émile Aillaud probó su habilidad para lo urbano y lo constructivo. Pero su originalidad reside en un acercamiento muy personal: es a la vez arquitecto, poeta y pintor. Regresar a su producción, desgraciadamente muy maltratada, levanta el velo sobre una práctica inédita de la arquitectura: artesanal —a pesar de la cantidad construida—y nutrida de intercambios entre pintura y escultura.»

“Las familias para las que construyo alojamientos —dice la voz femenina que lee las ideas de Aillaud en el documental que le dedica Sonia Cantalapiedra— viven con la nariz apenas a ras del agua. Lo que quisiera darles, sobre todo a los niños que podrían volverse adultos distintos por haber vivido aquí, es la posibilidad de acceder a la individualidad gustando de la soledad.” Ante el nuevo problema de la vivienda masiva —lo incontable o innombrable, lo llama Aillaud—, el arquitecto subraya la necesidad de individuación, tanto de lo construido como de sus habitantes. En relación a lo construido, Aillaud escribe:

“Para evitar la desesperación que nace al confrontarse con lo incontable, tal vez haga falta desarticular y hacer legibles las series (ventanas, edificios); no recurrir a ordenamientos y esquemas de composición antiguos, hechos para cantidades pequeñas; recurrir a ritmos más amplios, más complejos, más perceptibles al ojo; estos desórdenes aparentes contienen un orden secreto que, como en el ‘diseño de tapices, sólo se aprecia a la larga, por azar o quizá nunca.”

Para Aillaud la uniformidad en la construcción es una condena para los individuos. En un artículo titulado «¿Qué es una ciudad?», publicado en 1968, dice que el “horror de la planeación urbana es hacer de todos lo mismo, asignando a la gente edificios iguales, hay que crear singularidad, la oportunidad de la soledad, la oportunidad de la individualidad.” Aillaud insistirá en ese tema al hablar de La Grande Borne, proyecto que realiza entre 1964 y 1971, como de una ciudad “construida para los niños. No como Disneylandia, sino como un lugar para que los niños puedan ser otros de los que hubieran sido de haber crecido en otro lugar.” Curiosamente, Aillaud, el arquitecto que recordaba su primera infancia en México como un universo tierno y su encuentro con la escuela y la sociedad burguesa parisina de 1910 como algo aterrador, piensa sus ciudades para los marginados y los pobres como espacios que ofrecen posibilidades “para los niños solitarios.”

 

La historia sería diferente a lo que Aillaud imaginaba. En una entrevista, un habitante de uno de sus conjuntos, sin trabajo desde varios meses atrás, explica que está aislado y que su vivienda, a 20 kilómetros de París, se ha convertido en un encierro. En su texto La ciudad de los niños (perdidos): La Grande Borne o las derivas de una utopía urbana, publicado en 2015, Mame-Fatou Niang, directora de cine, dice que al cumplir cincuenta años, “el sueño de Émile Aillaud parece haberse desmoronado y la ciudad de La Grande Borne se empantanó en la mitología urbana francesa […] junto a territorios cuya sola evocación moviliza una red de imágenes que van de la violencia endémica a la invasión religiosa.”  Niang describe cómo durante los años setenta, debido a la crisis económica, los grandes conjuntos ven crecer la llegada de familias pobres y de inmigrantes de las antiguas colonias francesas, y los espacios concebidos por Aillaud como una posibilidad para construir un mejor futuro, se habían convertido en lugares de marginación para poblaciones doblemente excluidas, en especial para niños y jóvenes. En su libro Fictions of the City. Class, Culture and Mass Housing in London and Paris, Matthew Taunton menciona la película de Matthieu Kassovitz, La Haine (1995) como un ejemplo de esa situación. También podemos pensar en la más reciente Les Misérables (2019), dirigida por Ladj Ly. Para hacer más compleja esta visión, podemos escuchar a algunos jóvenes habitantes de La Grande Borne en el documental de Sonia Cantalapiedra, Émile Aillaud, un rêve et des hommes, decir que harían si se encontraran con el arquitecto de ese lugar: unos piensan en felicitarlo, otro en decir que lo único que puede hacer la arquitectura es cubrir las apariencias, sin cambiar nada de fondo.

Otro proyecto de Aillaud, La cité Pablo Picasso(1973-1981) en Nanterre, que fue parte de sus planes para el desarrollo de La Défense, a las afueras de París, sufrió recientemente la amenaza de ser demolido, dado el deterioro de los edificios y el alto costo que implica su mantenimiento. La obra también ha sido defendida por algunos de sus residentes. Además de sus propuestas para La Défense, Aillaud participó en la consulta para renovar Les Halles, en París, fue miembro del jurado que otorgó el premio a Renzo Piano y Richard Rogers en el concurso para el Centro Pompidou, y realizó una propuesta para una ciudad flotante en el Sena, para conmemorar el bicentenario de la Revolución Francesa en 1989.

Proyecto para La Défense, París.

Propuesta para una ciudad flotante en el Sena, París.

 

Aillaud se consideraba un arquitecto poeta. Sus lecturas favoritas incluían a Rimbaud, Baudelaire, Joyce, Valery y Mallarmé. Fue cercano a la élite cultural y artística francesa —su segunda esposa, Charlotte Gréco, era hermana de la cantante, musa de los existencialistas, Juliette Gréco. En París vivió en un departamento en el número 245 de la roer Saint-Honoré, a un par de cuadras del Jardín de las Tullerías. Aillaud murió el 29 de diciembre de 1988.

 

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