5 noviembre, 2020

El vampiro deja la ciudad

por Christian Mendoza

La historia del Lazarillo de Tormes, novela anónima española, narra la vida de un muchacho cuya existencia está fuera del sistema de clases renacentista. Esta condición es lo que define sus aventuras y sus desventuras, la manera en la que mira el mundo y cómo establece relaciones con representantes de aquellas jerarquías que están asimiladas a lo que podríamos nombrar como “normalidad”. La relevancia de este texto es que el punto de vista no es omnisciente. Desde el siglo XVI hasta el siglo XXI, sucede que la vida de los estratos sociales más bajos se cuenta desde una voz que todo lo ve y todo lo sabe. Lazarillo está dicha en primera persona y, por lo tanto, irrumpe en una tradición literaria que se abocó a hablar de caballeros y de amores cortesanos. El protagonista camina por una metrópoli que se dice fastuosa, cuando la realidad es que debe dividir los mendrugos de pan que consigue por limosnas con un hidalgo que se niega a trabajar por el prestigio que lo enviste. En gran medida, la escatología de estas páginas, repletas de vómito y maltrato físico, se deben a que Lazarillo habita la calle, aspecto que lo pone más en contacto con la “suciedad” pero que pareciera ser el pretexto de aquellos a quienes sirve para explotarlo.

En 1978, el escritor mexicano Luis Zapata publica El vampiro de la colonia Roma. El escándalo que provocó en el medio literario de la época no fue un hecho aislado. Dice Carlos Monsiváis en “Alto contraste (a manera de foto fija)” que el machismo mexicano fue una cosa de instituciones y no de comportamientos individuales. La misión del México posrevolucionario era cosa de obreros y hombres bigotudos; de marxistas viscerales que pasaran de la teoría a la acción en plazos cortos de tiempo. El muralismo se encargó de dejar clara esta pedagogía no sólo a través del enaltecimiento sino también de la humillación. En los murales para la Secretaría de Educación Pública, Rivera puso, literalmente, en cuatro patas y con orejas de burro a Salvador Novo, mientras era sometido por hombres revolucionarios. Antonio Ruiz “El Corsito” retrató al grupo de Los Contemporáneos, al que pertenecía Novo así como Xavier Villaurrutia, caminando por una plaza agarrados del brazo, muy delicados y, por ende, muy repulsivos para el gigantismo de la modernidad mexicana. En su autobiografía, concluida en 1945 y publicada hasta 1998, leemos cómo Novo y Villaurrutia llevaban a sus amantes a un departamento secreto en el Centro Histórico y, todavía más contundente, cómo se encaminaban a eventos culturales en camiones que tomaban en Paseo de la Reforma. “Ahora nos bajamos todas o no nos bajamos”, recuerda Novo que alguno de ellos dijo cuando estaban a punto de llegar a su destino. Ellos, los Contemporáneos, los grandes vanguardistas y los poetas exquisitos. 

Luis Zapata ganó el primer lugar del Premio Grijalbo por contar la historia de Adonis García, un prostituto homosexual que, así como el Lazarillo, no tiene padre ni madre ni tampoco un lugar en la estructura social del México priísta. La relación entre El vampiro de la colonia Roma, Lazarillo y otros grandes personajes de la literatura picaresca está clara. Cada capítulo abre con un epígrafe de alguno de estos muchachos que legaron su atrevimiento a hablar en primera persona, aunque no al gay refinado coleccionista de arte —cliché que vuelve más aceptable al homosexual. El personaje de El vampiro de la colonia Roma es singular por la clase a la que pertenece. A Adonis no le alcanza para comer al otro día; vive en cuartitos de una colonia Roma previa a su gentrificación; liga en los baños del Sanborns y en plena Avenida Insurgentes. Y a veces recibe algún dinero y un par de comidas de parte un político que se jugaría su carrera por salir del clóset. Pero la novela de Zapata no sólo es la historia de un muchacho gay, sino también una novela sobre ciudad. La intimidad de su práctica sexual se vuelve una cuestión de espacio público. Y a pesar del hambre que Adonis llega a pasar y de la precariedad de los cuartos que renta, no deja de estar afuera. “Es que esta ciudad es muy cachonda”. 

Y si Lazarrillo irrumpe en los espacios de los caballeros y de las princesas, Adonis se apropia de toda una ciudad sin necesidad de construir una trama coral y prolongada como sucede en La región más transparente (1958) de Carlos Fuentes, quien en su primera novela pretendió abarcar todos los estratos sociales y todas las capas históricas de la ciudad. El personaje que imaginó Zapata no se volvió un héroe ni un monumento, y aun así, pudo adentrarse en una ciudad en la que no tenía permiso de estar. Desde su publicación, El vampiro de la colonia Roma fue famosa, viéndoselas al tú-por-tú con los grandes mamotretos de los intelectuales orgánicos como el anteriormente mencionado. Esto puede ayudar a establecer un leve paralelismo con lo que vivieron Los Contemporáneos. Las humillaciones de los muralistas no vuelven una víctima a Salvador Novo y a sus “amigas”. Sobre todo, Novo fue quien estuvo a la altura de sus enemigos. Definitivamente, fue más venenoso que ellos. Y Novo, así como Adonis García, colocó su cuerpo en el espacio público. Coqueteaba con cadetes en la entrada del Colegio Militar, se acostaba con taxistas o encontraba a sus amantes en la Alameda o en las calles del Centro Histórico.

El día de ayer se dio la noticia de la muerte de Luis Zapata. Todos pensamos que la literatura iguala a los seres humanos hasta que se señala que él y los personajes de su pasado inmediato fueron figuras incómodas en el canon de las letras y del arte mexicano. En los obituarios sobre Zapata se habla sobre los derechos ganados por la comunidad LGBT mexicana, pero poco se habla sobre el derecho a la ciudad. “Las ciudades tienen género, y sí, es masculino”, dijo recientemente en una entrevista Zaida Muxí. La arquitecta dice que el diseño de las ciudades privilegia la experiencia masculina heterosexual y que, por esto mismo, las mujeres sufren acoso. Esta asimetría urbana puede ser analizada tomando como caso a la ciudadanía homosexual en México. Sus humillaciones quedan grabadas en los muros de instituciones públicas. O bien, se reprueba su narración detallada en círculos literarios supuestamente progresistas. Quién camina la ciudad y cómo la vive importa. La historia de Adonis García es una de cómo la orientación sexual y el estrato socioecónomico definen una manera de estar en las avenidas centrales y en las colonias céntricas, en esa supuesta fastuosidad moderna llena de Museos de Antropología. Con todo, El vampiro de la colonia Roma es una carta de amor a la Ciudad de México, una menos nacionalista, una más sincera.

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