27 mayo, 2019

El placer del viajero

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

No se consideraba un turista; él era un viajero. Explicaba que la diferencia residía, en parte, en el tiempo. Mientras el turista se apresura por lo general a regresar a su casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra.

Paul Bowles, El cielo protector

La imagen es impresionante. Casi un par de cientos de personas hacen fila para llegar a la cima del Everest. El turismo masivo ha llegado hasta el punto más alto de la Tierra. Cada año visitan el parque nacional Sagarmatha, en Nepal, una 35 mil personas. De ellas, unas setecientas intentan ascender el Everest hasta su cima, la mayoría en el mes de mayo, cuando es relativamente menos difícil y riesgoso. El costo de una excursión a la cima, organizada por una agencia internacional ronda los 45 mil dólares, gestionada localmente se pueden encontrar gangas por 25 mil, que incluyen los 11 mil del costo del permiso para escalar. En la temporada de primavera de este año, el gobierno de Nepal expidió 381 licencias para subir la montaña más alta del mundo. La semana pasada casi doscientos lo intentaban al mismo tiempo. Dos murieron en ese intento. Diez en total en la semana.

 

La misma semana se publicaron en varios medios notas sobre el efecto del turismo en Venecia, acompañando a otras sobre la Bienal de Arte, que se inauguró el 11 de mayo. En Venecia actualmente viven de manera permanente unas 55 mil personas. En promedio, cada día hay más de un turista por habitante, al rededor de 60 mil, es decir, 22 millones al año. Las notas publicadas repiten que tal cantidad de turistas ponen en riesgo la viabilidad de la famosa ciudad en la laguna. No falta la insinuación de que las islas se hunden literalmente por el peso de los visitantes. Lo cierto es que, como los turistas no se distribuyen regularmente por la ciudad y, salvo los despistados y los conocedores, todos terminan visitando los mismos lugares, sí hay sitios específicos sometidos a mayor desgaste a causa de la presencia de los visitantes. Además, están los costos que aumentan en respuesta a la demanda del turismo, y más que por el de gran lujo, por el nuevo turismo masivo de quienes duermen en un espacio alquilado vía Airbnb y comen en pizzerías que nada tienen de la comida local. Y pese a los ingresos que genera esa poderosa industria, como explica una nota publicada en La Vanguardia y titulada Venecia nos enseña que las ciudades pueden morir de turismo, los 2 mil millones de euros en ingresos por turismo parecen ya insuficientes para cubrir los costos de gestión, mantenimiento y preservación que su misma operación genera. Sin contar los efectos ambientales que, no sólo en Venecia o el Everest, causa el desplazamiento de millones de personas. El placer del viajero no va sin sus costos. Aunque, siguiendo a Bowles, la abrumadora mayoría de estos visitantes son turistas, no viajeros.

En 1976 el sociólogo Dean MacCannell publicó su libro El turista, una nueva teoría de la clase ociosa, en referencia al clásico texto de Veblen. Para MacCannell, el turista, “excursionistas —palabra que no traduce el inglés original sightseers—, principalmente de clase media, desplegados por el mundo en búsqueda de experiencias,” es “uno de los mejores modelos disponibles para entender al hombre moderno en general.” El turista ejemplifica, dice, la democratización de cierto modelo que incluye al conquistador heroico y singular y al viajero aristocrático, ése que de acuerdo a Bowles tiene todo el tiempo a su disposición —y, sí: time is money. Los efectos de dicha democratización no son del todo distintos a los de la democratización del automóvil privado, que según André Gorz es un bien, como castillos o las fincas a orilla del mar, inventado para el placer exclusivo de una minoría muy rica. Un lujo. Y el lujo, dice Gorz, “por definición, no se democratiza: si todo el mundo tiene acceso al lujo, nadie le saca provecho; por el contrario, todo el mundo estafa, usurpa y despoja a los otros y es estafado, usurpado y despojado por ellos.” Por supuesto Gorz no pretende defender el aristocratismo de ciertos bienes sino más bien denunciar el despojo, la usurpación y la estafa a la que muchos son sometidos debido a la supuesta democratización de los mismos.

Hoy junto al turista de MacCannell habría que colocar como figura del hombre moderno a su contraparte en espejo: el refugiado. En Venecia, mientras Banksy hace otra aparición sorpresiva montando un puesto en el que se dice que hizo una crítica al turismo masivo, entre otras cosas.

 

A unos pasos de la instalación efímera de Banksy, en el Arsenal, los turistas culturales que asisten a la Bienal se toman selfies frente a Barca Nostra, obra de un equipo liderado por el suizo Christoph Büchel y que exhibe, sin más, el bote que se hundió el 18 de abril del 2015 causando la muerte de entre 700 y 1100 personas que salieron de Libia buscando refugio en Europa.

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